Cine independiente

“Mamá”: cuando el tiempo se acaba

La nueva película de Philippe Van Hissenhoven se estrena este jueves en las salas de todo el país. Una historia inspirada en dos esencias de la vida: el amor y el tiempo.

“Mamá” se presentó en el Festival de Cine de Málaga, España. / Cortesía

Fue en esa ciudad, Villa de Leyva, y en una finca cercana donde sucedieron los hechos. Cuando era tiempo de alegría, esta se hacía infinita y cuando la escena estaba a disposición de las lágrimas, estas se fortalecían de desesperanza, imponentes, arribaron luego de uno o dos otoños de malas noticias, que al descubrirlas, uno de los personajes ya se encontraba encaminado hacia la imposibilidad del ser, como diría el filósofo alemán.

“Mamá”

Así se titula la nueva película del director del Festival Internacional de Cine Independiente de Villa de Leyva, el colombiano Philippe Van Hissenhoven, quien además estrenó su película en el XIX Festival de Málaga (España).

Este director hizo oídos sordos ante la aseguración que volverse cineasta en Colombia solo promete una carrera satisfecha de miseria y fracasos. Estudió dirección de cine en Madrid y regresó a Colombia con la convicción de hacer reales sus proyectos. Empezó con el festival de cine en Villa de Leyva, que después le serviría para sembrar las primeras semillas de Mamá.

Van Hissenhoven contó al espacio virtual español AforoLibre que “esta primera película viene por una necesidad extrema de hacer cine”, sin caer en melancolías ni formato de telenovela, Van Hissenhovendes deja una marca sencilla e intenta plasmar la cotidianidad.

Desde las tierras de Boyacá, Victoria (Helena Mallarino), Sara (Julieth Restrepo) y Nicole (Alejandra Zuluaga) llegan a la pantalla grande para reencontrarnos con el vínculo afectivo entre una generación y otra, donde es el amor el que nos da lecciones del fugaz valor del tiempo.

En Mamá se retrata la particularidad del amor de una madre con disposiciones que no se deterioran con la edad. Pero ese retrato no es el del rol de madre e hija en su forma vertical acostumbrada.

Hace un tiempo el director estadounidense Martin Scorsese dijo: “Las películas tocan nuestros corazones, despiertan nuestra visión y cambian la forma en que vemos las cosas. Nos llevan a otros lugares, abren puertas y mentes. Las películas son la memoria de nuestro tiempo de vida”.

Retirado todo del ambiente agobiante de la ciudad, nos sentimos parte del paisaje, que si no fuera por la ropa del tendedero que cambia a medida de que los días avanzan, este tomaría aspecto de fotografía que reposa en alguna galería, sin embargo, además de la ropa del tendedero que cambia a medida de que los días avanzan, la sucesión de la película, la no quietud del paisaje, permite que los espectadores interioricemos la magnífica sensación de que aquello que estamos viendo no ocurre por medio de una telecomunicación artística, sino en el corazón de la crisis de nuestra memoria y en el apuro de qué será del futuro.

Sin necesidad de acudir al lujo en las locaciones, a la acción de las armas, las persecuciones, el narcotráfico o a la ridiculez de la mala comedia colombiana (sí, esas películas colombianas que se estrenan en diciembre), esta nueva cinta logra trastocar los sentimientos –no el orgullo del sicariato–, el corazón resurge ante las peripecias de la inocencia, la valentía y la nobleza representadas en el guion; este no es más que una concientización de la finitud del tiempo y la vulnerabilidad del cuerpo ante el atiborramiento salvaje del capitalismo hoy en día: no puedo extenderme con esto, porque si no, ya sabrían de qué se trata el asunto.

Mamá, como vocera del movimiento de cine independiente, pretende, entre otras cosas claro está, que desde el más pequeño hasta el más veterano se interesen por conocer de otro tipo de historias. Ahí está la grandeza de la película: llega hasta el fondo de la otredad y dialoga introspectivamente con nuestra humana condición melancólica. Todo ocurre en la sumersión de la cotidianidad.

La señora Victoria, símbolo de compromiso, lealtad y la encarnación de la infinitud del amor hacia una hija, que como muchas, ha sido ingrata.

Sara emana el carisma, la resistencia y la valentía, además de que carga con el peso que la imposibilita estar por completo para su hija, callando sus lamentos hasta el final para no hacerle daño.

Y la querida Nicole, como el personaje más interesante de la película. Cuando vaya a ver la película y esté saliendo de la sala, respóndase la siguiente pregunta: ¿ella se aprendió algún guion o actuó bajo la libertad de su imaginación? Nicole devuelve a la memoria la belleza que hay entre un jardín de inocencia, ternura y ocurrencias de una niña que adapta sus brillantes ideas y deseos a un mundo extensamente caótico. Sacar belleza de este caos es virtud (Cerati), es precisamente lo que nos enseña Nicole en la película: una frase de siete palabras que acechamos al abismo día tras día, cuya vida está en manos de la mayor autenticidad humana: la niñez.

Esta película invita a valorar con mayor tacto y precisión a la mujer y su vigor para enfrentar el reto de ser mamá en la actualidad, como también lo ha hecho, por variar, en todas las épocas de la historia humana, no obstante, la película no trata de confiarle al espectador que la mujer vive en función de la reproducción, trata de hacer un homenaje al amor, sobrepuesto a cualquier circunstancia: ese lazo fraternal y sagrado que se forma entre una madre con su hija. Además, enaltece el valor de ellas cuando personifican su mejor sonrisa, guardando el llanto en los túneles más profundos de los lagrimales, para que sus hijos no sean expulsados de su universo feliz.