Marina Heredia en su tempo

Después de revivir a Manuel de Falla con su interpretación de ‘El amor brujo’ durante el concierto inaugural, la cantaora se reencuentra con Cartagena en una presentación denominada ‘Entre lo popular y lo culto de España’.

/ Joaquín Sarmiento

Marina Heredia empezó en la música a los 12 años de edad y ahora, cuando rebasa los 30, su presencia parece interminable. Poesía en movimiento animada por el duende flamenco. Cuando sus manos danzan acariciando el aire, haciendo palmas, evocando la gracia de su Granada natal, capaz de ser traducida al cante que se renueva en su voz. ¿O acaso la muerte cree que logró desvanecer a Enrique Morente, a la Niña de los Peines, a Camarón de la Isla? ¡Que la muerte escuche a Marina Heredia y sabrá que no pudo vencerlos y que su memoria avanza cuando Heredia canta! Si Antonia Gilabert siempre será la Perla de Cádiz, Marina Heredia será de Granada otra joya. Cantando y encantando mientras dialoga con la guitarra de José Quevedo, el Bola; cruzando con su voz por los rumbos de una rumba, de una bulería, de un tanguillo, de una seguiriya, de un fandango o de la felicidad hecha música cuando escuchamos una alegría. Logrando que el tiempo de la tradición y el tiempo impredecible del futuro se encuentren a su tempo; honrando el legado de aquellos que la precedieron —no pocos, felizmente, en Granada: el Calabacino; Antonio el Tejeringuero; Rafael Gálvez Aragón; Carmona el Habichuela y su hija, también llamada Marina; una cantaora que vive en la leyenda, la África, a quien se acredita en Maestros del flamenco (Vega & Ríos, 1988) hacer popular la letra que dice: “Soy de La Peza, pezeña, / de los montes, montesina, / y para servir a ustedes / soy de Graná, granaína”—. Y entre todos, el padre de Marina Heredia, Jaime el Parrón, cantaor, que le enseñó y dirigió su destino, su itinerario trazado con los dones del talento en sus discos: Me duele, me duele (2001), La voz del agua (2007), Marina (2010), A mi tempo (2013). Un rastro que Marina ha prolongado cuando su voz se desliza en las interpretaciones que reviven a Manuel de Falla y su Amor brujo. Cifrando su carácter y la conciencia que tiene de su personalidad. Asegurando en una entrevista que lo excepcional permite identificar la marca del cante cuando se escucha un “¡Ay!” y el público reconoce de quién es la voz que surge de manera incomparable. Invocando al duende. Su “encanto misterioso e inefable”, según la sabiduría portátil que presenta un diccionario. Pero también algo más: el duende, como lo definió José Manuel Caballero Bonald, como “la insospechada facultad del intérprete para hacernos partícipes de lo inefable, para aproximarnos de pronto al enigma último de lo que pretendía expresar”. El duende que está con Marina Heredia desde antes de que naciera en Granada y cuando vive el flamenco en su voz.