Markos, con la revolución en las venas

La vida de Carlos Alberto Méndez dio infinidad de vueltas desde que decidió hacer parte del M19.

Carlos Alberto Méndez, quien fuera conocido como Markos cuando hizo parte del movimiento guerrillero M19.Elizabeth Andriópulos

13:25 hrs. Agosto de 2015. Aeropuerto internacional Benito Juárez de la Ciudad de México. Compró una chamarra café para llegar a la cita. Cerca de la playa, donde vive exiliado desde hace treinta años, taparse es una grosería, podría morir cocinado, pero a estas alturas, la muerte le ha susurrado tantas veces al oído, que morir acalorado le resulta un poema.

13:32 —¿Llegaste?

13:40 —Voy bajando del avión. Ansiedad…

13:43 —Mándame una foto para reconocerte

13:45 —Aquí va

Camisa amarilla, cabello negro, un mechón tapando el rostro completo, la imagen de perfil inconcluso muestra un asiento de avión; un ojo derecho. Medio bigote.

Como una especie de parodia donde el ladrón siempre logra escabullirse de quien lo espera, Markos sale por otra puerta. Las autoridades del aeropuerto de la Ciudad de México justifican la presencia del equipo de fotógrafo y videocámara que documentan su llegada como el arribo de un “escritor colombiano”. Apuntan su nombre real, así, completo, con nombre y apellido: Carlos Alberto Méndez Contreras*.

En México, Carlos Alberto Méndez es escritor, poeta, periodista, corrector de estilo, maestro de literatura y periodismo; en Colombia, sólo era Markos, así a secas. Estudiante de la Universidad Nacional de Bogotá, exmilitante del M19, encarcelado un año y ocho meses por subversión.

***

Ningún mexicano del común que te viera hoy con tu pantalón de vestir beige, cinturón café que hace juego con la chamarra, camisa amarilla de cuello perfectamente planchada y un bigote arreglado, pensaría que veinte años atrás eras un guerrillero alzado en armas. El estereotipo de un insurgente en este México donde decidiste venir a salvar tu vida, tiene que ver más con un campesino de rasgos prietos, inculto, tímido al hablar, medio ignorante, humilde hasta en el vestir. En cambio tú, Carlos, pese a tus raíces campesinas y un pasado de carencias, te pareces más a esta vida nueva que te has impuesto a kilómetros de distancia, ¡de verdad que luces como todo un famoso escritor!

***

—Markos era yo y escribía Markos con `k´, era un militante del M19, un joven rebelde colombiano, un revolucionario convencido desde muy chico, un joven lleno de ideales, que creía en que la humanidad tenía salvación.

Tus ojos se han llenado de lágrimas Carlos y has olvidado un detalle…

La silla que te ha elegido a ti para el confesionario da la espalda a una biblioteca con libros que no son tuyos; tu pantalón beige y tu estilo de profesor de literatura han construido una atmósfera más parecida al Carlos de hoy que al Markos del ayer con su melena larga, bigote descuidado y jeans para la ocasión.

En esa fotografía que sostienes con la derecha apareces delgado, con un bigote puberto apenas asomado. Tú estás sentado en una cama individual junto a una muchacha que te clava una mirada coqueta. Estabas en la cárcel de máxima seguridad de Bellavista en Medellín, donde pasaron grandes capos de la mafia colombiana.

¿Quieres llorar?

Agachas la mirada, te suda la nariz. Tu pose intelectual ha quedado sepultada. Ahora pareces más una víctima, un hombre consternado por el recuerdo de un proyecto perdido, porque lo reconociste, Carlos, los rebeldes como tú lucharon y perdieron.

—Realmente es la primera vez que cuento esta historia. Mientras yo estoy aquí sentado, muchos compañeros murieron y no pudieron contar la suya—.

Has olvidado un detalle Carlos…

A menos de dos metros de ti está un muchacho de quince años, la edad que tenías cuando ya leías a Marx y cantabas trova cubana. Comparte tus ojos miel y el lacio de tu cabello negro. Incluso ahora que los comparo, se parece mucho a ti en la foto que enviaste por whatsapp para reconocerte en el aeropuerto. Es como si el Markos que dejaste en Bogotá estuviera aquí presente, acompañándote a tus espaldas y quien habla es Carlos convertido en escritor. A tu lado está un adolescente que te acompaña mientras te entrevistan para sacar tus secretos desde el exilio para un canal de televisión de la ciudad que te vio nacer: Bogotá. Me habías contado ya, que el muchacho iba en la prepa en el Distrito Federal, que había algunos problemas con su mamá y que guardabas cierto enojo porque un día de pleito, la mujer quemó todos los recuerdos de Markos afuera de la casa donde vivían juntos y sólo alcanzaste a recuperar un dibujo entre las llamas. Hechos cenizas quedaron fotografías, una autobiografía, cartas de tus compañeros de lucha en prisión, dibujos, el periódico donde escribías, revistas de la época y entonces decidiste desterrar ese amor de tus entrañas, lo justificas diciendo que el día en que la mamá de tus hijos le prendió fuego a tu pasado, ella también se quemó por siempre.

El muchacho ha venido a escuchar tu entrevista, creyendo que viene a oír el testimonio de un periodista, escritor de poemas, de un literato, de su papá.

Pero insisto Carlos, obviaste un detalle

Tu hijo no conocía la historia de Markos, ¿cómo pudiste esconderle tu pasado tanto tiempo?

Cuando dijiste a la cámara “Markos era yo cuando era guerrillero”, el muchacho alzó la vista con asombro para tratar de encontrarse con tus ojos. Unos ojos contenidos en lágrimas.

El yunque y el martillo

Era un jueves de 1981. El bloque rural del M19 llevaba un año consolidándose en las montañas del sur de Colombia con la ayuda del gobierno cubano y su experiencia en táctica armamentista. La idea era crear una guerrilla cercana a la gente pero alejada de las grandes urbes donde el enemigo acechara. El brazo político del movimiento subversivo fue llamado a la clandestinidad, a ponerse las botas, a ser el brazo armado en las montañas colombianas que defendiera sus fines. Markos ya estaba lleno de selva sin imaginar que estaba por perder el único camino cierto para un guerrillero: la libertad.

Semanas atrás, un compañero alzado en armas había decidido hacer proselitismo político de puerta en puerta; llegaba a las casas de los campesinos para contarles la lucha que desde las montañas se gestaba, “por una Colombia justa”. Pero el Ejército detectó el secreto en las montañas cerca de la frontera con Ecuador. Alistó una cuadrilla de más de mil hombres dispuestos a todo con tal de detener a setecientos guerrilleros anclados en el espesor de la selva.

La travesía por la selva fue larguísima. Desde el río Mira, fronterizo con Ecuador, los combatientes entraron al Putumayo y subieron hasta el Caquetá. Desplazar ochocientos hombres en cayucos, con la amenaza de voltearse en el primer mal forcejeo, resultó el primer reto militar del grupo insurgente. Los poblados aledaños tenían reservas. Algunos cerraron las puertas de la casa para volver a salir tres días después, cuando los rebeldes se marcharan. Otros optaron por ayudar a embarcarlos, ofrecieron víveres. Un puñado dio aviso a las autoridades.

Llovió ayer, llovió hoy, lloverá mañana.

El río Mira crece en cuestión de horas, se desbordan sus orillas. Algunos campamentos de los guerrilleros se inundaron, evacuar cajas repletas de armas y municiones les tomó toda la noche, la lluvia no paró. Si no los mata el enemigo declarado, lo hará la selva, ese aliado voluntarioso. Traicionero.

14:30 hrs.

Como volcán en erupción, la falda de la montaña se llena de miles de hombres del Ejército de Colombia, enemigo a la vista.

Fusiles G-3, alemanes, lanzagranadas, granadas, bayonetas, armas cortas 9 milímetros, municiones, camuflados, sombreros, fornituras, botas gringas de cuero, así recibió la guerrilla maoísta al rival cerca del Caquetá. La moral estaba en alto pero no era suficiente para 700 hombres apertrechados. La debilidad del M estaba en su interior, en sus filas. Guerrilleros formados en las ciudades que desconocían la inmensidad de la selva.

Los fusiles de ambos bandos escupieron fuego, ruido, plomo y muerte. Algunos repelieron la agresión, otros cayeron de inmediato al pasto que en segundos se tiñe de rojo. El flanco fuerte del Ejército utiliza una longeva táctica militar puesta en marcha desde los tiempos de las tropas napoleónicas para combatir al enemigo: el yunque y el martillo.

Aprovechando el número inferior de guerrilleros enfrente, los militares fueron cercando a los guerrilleros del lado ecuatoriano intentando comportarse como un herrero que aplasta al enemigo. El primero en caer fue un líder campesino cuando una bala le alcanzó la ingle. Era de los pocos que conocían el terreno por donde transitaba Markos haciendo frente a un combate que más tarde lo llevaría al exilio.

El plan de llegar a fortalecer las filas de la guerrilla en el Caquetá se desmoronó al instante. Los pocos que quedaron del M decidieron entregarse, más de cuatrocientos hombres habían caído en la selva. Antes de subir las manos con las armas en tierra, escondieron algunas armas, documentos, cosas comprometedoras.

Un bloque militar rodeó la parte derecha, otro ocupó la izquierda y dos grandes frentes se fueron adelante. Para ese momento, Markos y sus compañeros retrocedían ante la presión, acariciando el límite internacional donde terminaron entregándose al Ejército ecuatoriano, que horas más tarde, los regresaría a las autoridades colombianas.

—El Ejército nos concentró en una finca, fuimos trasladados en helicópteros, vendados y esposados con las manos atrás. Íbamos de cinco en cinco, nos amenazaban con tirarnos desde las alturas. Luego comenzaron los interrogatorios, la tortura sicológica, la presión— Markos llora. Fue condenado a prisión por un consejo de guerra.

Presos hoy, revolucionarios siempre

Las lágrimas contenidas en la mirada, el tapón para tragar saliva, los recuerdos a flor de piel. La mano de Markos sostiene una fotografía con los trazos que hiciera entre 1981 y 1982 cuando la celda en una cárcel de máxima seguridad de Bellavista en Medellín, amenazó con enloquecerlo. Siete puños halando la cola de un caballo desbocado, tres tumbas del costado izquierdo y tu rostro también a lápiz con la lágrima de un país que se resbala por las mejillas.

No era solo el encierro. El Consejo de Guerra realizado en Ipiales había decidido enviar a los rebeldes a cárceles distantes de sus familias, dificultar el contacto con el mundo exterior, matarlos en vida cortando lazos sentimentales. Markos fue a dar a Medellín, diez o doce horas en camión desde Bogotá, hogar de sus padres.

Después vino el Consejo Verbal de Guerra. Si los rebeldes aceptaban haberse equivocado en su lucha armada, la pena se reducía a la mitad. No fue el caso de Markos, quien con aire altivo de adolescente retador, con aire de estupidez, pues, se paró y dijo lo que nadie quería escuchar, reivindicar su paso por el movimiento, sostener la lucha armada para quitar del poder a la clase opresora, clamar por una sociedad justa para todos. El yunque llegó primero, el martillo después: le impusieron ocho meses más a su condena de un año por su actitud sectaria y subversiva.

Un acto de valentía, un cementerio de hombres vivos, como dice la canción de Jairo Varela en el Grupo Niche, así describe Markos su paso por el encierro, en celdas para ocho personas que se convirtieron en espacio para veinte, veinticinco, con telas improvisadas para simular cortinas y divisiones en espacios de quince metros donde los pudientes podían dormir en la plancha fría de cemento, los otros, como él, en el suelo, amontonados. —Recuerdo dibujar unos carteles con unas manos esposadas pero con las cadenas rotas y un lema de mi autoría que resumía mis convicciones: Presos hoy, revolucionarios siempre—.

Pasarían meses para que Fermín, padre de Markos, pudiera dar con el paradero de su hijo; ver su rostro en el diario más influyente de la capital; llamar a las autoridades para conocer en qué cárcel estaba; volver a llamar para saber cómo podía verlo. Comprar boleto para el camión que lo llevaría a visitarlo. Mientras tanto, los presos del M se hicieron famosos fuera de las rejas, los estudiantes de las universidades públicas se convirtieron en sus fervientes seguidores, los visitaban los domingos decenas de jovencitas y adolescentes que honraban su valentía, Markos consiguió novia, entró a un taller de carpintería en el patio dos y organizaba actos culturales para los domingos, el único día que lograba salir de la celda.

La solidaridad era intensa. El Comité de Solidaridad con los Presos Políticos visitó a los rebeldes cada fin de semana, pero su mayor felicidad llegó un domingo, tres meses después de su detención. —-Recuerdo que mi padre que era de un mutismo asombroso, no ocultó su conmoción cuando me abrazó en la celda del quinto patio—.

El olor a mierda en las celdas era insoportable, nauseabundo.

Un compañero en cautiverio se dedicó a comer cucarachas. Las agarraba del piso mugroso con las patitas en movimiento y de un momento a otro crack, las masticaba en la boca. A otro guerrillero se le subía la causa a la cabeza y trepaba por los muros infinitos del patio gritando, clamando su inocencia. Dos más fueron apuñalados, y otro par, castigados por asesinarlos dentro. Las condiciones no mejoraban, Markos y sus amigos organizaron un motín después de que los guardias los extorsionaran para dormir en una plancha. La idea catapultó el pase a otra cárcel mejor y cerca de su familia en Bogotá.

Pasó más de un año antes de que Markos volviera a verse de frente con la libertad. Era un jueves, cuatro de la tarde. La amnistía decretada para presos políticos daría el pase de salida a 178 guerrilleros del M19. Los primeros salieron un lunes, el resto, un martes. Markos, apenas el jueves. Cuando por fin pisó la calle no había nadie ahí. Ni la prensa, ni familiares, la calle sola, el sol a punto de ocultarse. Tuvo miedo. Caminó cuatro cuadras sintiéndose perseguido sin estarlo hasta hallar un teléfono público. —-Mamá, estamos libres, avisa a los medios.

Mexilio

Esta es la parte de la historia donde la muerte ronda a Markos y sobrevivir se convierte en la nueva travesía de un joven que se resistió por años a abandonar su tierra, su causa, las botas mismas. Mataron a La Chiquis, también a Kike, Javier y Laura. Compañeros de lucha, amigos de adolescencia, intelectuales todos. Dice Olga Behar, periodista colombiana en su libro Noches de humo, que después de la toma del Palacio de Justicia, quedó sepultada una generación de hombres brillantes, los más cultos que había conocido en su vida. Se refería a Carlos Pizarro Leongómez, máximo comandante del M19, asesinado a sangre fría después de desmovilizarse; Jaime Bateman Cayón, el primer comandante general del M19, muerto tras caer una avioneta donde viajaba de Santa Marta a Panamá, Carlos Toledo Plata, quien ya había sido asesinado a quemarropa por dos hombres en moto, meses después de salir de prisión, la de Bellavista, donde estuvo Markos.

La muerte comenzó a colarse en su almohada, no hubo un solo momento en el que no le apuntara a la cara susurrándole: “eres el siguiente”.

Esta es la parte de la historia donde Markos deja las botas, el mimeógrafo, el campo donde estuvo años de manera clandestina, pide prestada una cuenta bancaria a su tío pudiente, el que le enseñó ajedrez, y saca visa de turista por 180 días para llegar a la Ciudad de México. Esta es la parte donde el joven de cabello largo, botas y pistola, se convierte en Carlos Alberto Méndez Contreras.

México siempre ha sido especial para Colombia, para Markos. Creció al igual que muchos amigos de la época con la música ranchera en las venas, viendo cine mexicano con Antonio Aguilar, Cantinflas, admirando la extensión territorial, esas grandes fincas con hombres que también usaban botas, bigotes, el sombrero bien puesto, llevando a la mujer de su vida en un caballo que se pierde en el camino. Pero para un revolucionario, México era más que novelas, tequila y mariachis. La relación sostenida con esa Cuba rebelde, ser el escondite de León Trotski, la morada temporal del Che, el surgimiento de algunas guerrillas en Guerrero y la hospitalidad de otros compatriotas que zarparon en el exilio primero que Markos, lo hicieron inclinar la balanza por el país de los manitos.

Años atrás, México había abierto la puerta a más de veinte mil refugiados españoles que huían del régimen franquista, más tarde acogieron a miles de argentinos, brasileños, chilenos y uruguayos, que escapaban de dictaduras militares.

Era septiembre de 1985 cuando pisaste por primera vez el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. Recuerdas esa sensación de sentirte minúsculo, provinciano ante la inmensidad de una de las ciudades más grandes del mundo. No había fincas a la vista, ni caballos, ni sombreros. Sí un país con un régimen priista gobernando por setenta años, represivo con los jóvenes, de mano dura contra cualquier oposición. Viste un Distrito Federal que se caía a pedazos por el terremoto más grande de su historia: abajo quedaron casas, edificios completos, carros sepultados, ¡más de 20 mil muertos! Y de nuevo la suerte echada, el destino haciendo de las suyas, la tragicomedia en vivo y a todo color: Markos pasó por Avenida Revolución, atravesó la avenida de los Insurgentes y fue a parar en Avenida de la Paz, su primera casa en el Distrito Federal, cerca de Gabriel García Márquez.

Los primeros años los siguió encauzando la lucha armada. Esa que venía persiguiendo desde Colombia y que ahora le hacía pensar en Latinoamérica. Participó en esfuerzos solidarios con la Nicaragua sandinista, la revolución salvadoreña, los exiliados chilenos, argentinos uruguayos. Y hasta aquí todo era lucha, utopía, botas, clandestinidad, mientras en su tierra natal, en vísperas del 91, se pactó el desarme del M19. Tus amigos creyeron en los diálogos, dejaron las armas. Meses después fueron asesinados a quemarropa, unos cuantos sobrevivieron y hoy tienen una curul en el Congreso de Bogotá o viven igual que Markos, en el destierro del exilio.

Para ese tiempo ya habías adoptado tu nueva identidad. Markos se fue, mutó, maduró, cambió, también lo escondiste.

Han pasado décadas de exilio. Subiste un par de kilos, tienes 46 años, cambiaste los jeans por pantalones de vestir y usas lentes. Pero ese acento tan cachaco, tan rolo, tan bogotano, tan colombiano, sigue ahí anclado en tu garganta. Sigues leyendo a diario las noticias de El Tiempo, El Espectador, Semana, El País. Conoces las fechas de los partidos de fútbol de la selección de Pékerman y James Rodríguez, hablas de música mientras te bailan los pies y cocinas arepas, sancocho, yuca frita, también uno que otro platillo mexicano ¡no te hagas! Estuviste a punto de no volverte mexicano, mexicano naturalizado, en un México que no permitía la doble nacionalidad: “eres extranjero o eres mexicano, ambas no se puede”. Algunos amigos te contaron que la Secretaría de Relaciones Exteriores te hacía romper frente a ellos el pasaporte colombiano para darte la carta de naturalización que te hacía un nuevo mexicano, pero era tan doloroso el episodio de sentirse desnacionalizado que lo retrasaste décadas enteras.

Dejaste el Distrito Federal a finales de los 90 para encontrar refugio cerca del mar y hacer literatura al compás de las olas. Dos libros, un par de poemas y una novela por terminar se han gestado en estos últimos años de exilio mientras Colombia ha vuelto a hablar de paz.

¿Sabías que el presidente Santos está preparando el terreno para que millones de colombianos regresen al país?, ¿que la guerrilla de las Farc aceptó dejar las armas y renunciar a reclutar niños?, ¿sabías del proceso de paz?, pregunta una periodista ochentera que cuando nació, Markos ya tenía puestas las botas y había oído hablar de paz.

—La paz sin justicia social no es posible, la paz con pobreza no es posible, la paz con paramilitarismo no es posible. La Paz es un sueño colombiano que se vuelve pesadilla cada vez que la proclaman —la última vez que escuchaste la monosílaba, también fue la última ocasión que viste con vida a tus compañeros de lucha.

Durante treinta años de exilio, Markos se quedó ahí, guardado en su pecho como una mariposa errante que encontró buen nido. Hace un par de años, Carlos mandó por celular una fotografía a Omar, su hijo de quince años. La imagen es la misma que traes contigo hoy, treinta años después del exilio que te arrancó de Colombia: Estás sentado en la celda de Bellavista con otros compañeros del M19. Tu hijo pensó que papá quería ratificar el parecido físico entre ambos, mismos ojos, pelo, hasta el perfil. ¿y eso? respondió el muchacho segundos después. Carlos no devolvió nada.

Pensaba Carlos que las botas, la pistola, la rebeldía, el mimeógrafo, era ya todo pasado. Entonces de nuevo el celular, el whatssap de una amiga en el Distrito Federal que pedía tu consentimiento para dar con tu paradero. Una periodista buscaba un compatriota colombiano que contara su historia desde el exilio frente a las cámaras.

Tardó semanas en dar respuesta. Hablar de Markos a treinta años de distancia, a un país con una tasa de asesinatos de 14 mil homicidios en promedio cada año, un proceso de paz en puerta y sus mismos enemigos merodeando, lo hizo actuar con cautela.

Ahora estás aquí.

Has volado al Distrito Federal, la ciudad que frecuentas de cuando en vez para reencontrarte con tus hijos. Con tu chamarra nueva para salir a cuadro, tus libros, las fotografías de ese Markos que sobrevivió al yunque y al martillo.

La pregunta obligada.

¿Jamás abandonaste la idea de regresar a Colombia?

La maleta con la que llegaste permaneció intacta por un par de años, esperando la oportunidad de subirte a un vuelo con retorno.

La pregunta obligada.

¿Estuviste tentado a quedarte para siempre cuando en los 90 pisaste suelo colombiano después de seis años en el exilio?.

Querías instalarte en un apartamento pequeño en el centro de Bogotá, incluso consideraste competir por la alcaldía de la capital después de ver algunos simpatizantes del M hacerlo. Pero no, no se pudo. No se puede.

Tampoco pudiste regresar a tu terruño ese sábado de 2009.

Veías por televisión el golpe de Estado al presidente Manuel Zelaya en Honduras cuando sonó el teléfono. Tu hermano del otro lado del auricular confirmó la muerte de mamá. Ella murió de vieja, Markos… murió esperando tu regreso.

La pregunta obligada.

A treinta años de distancia, una esposa, cuatro hijos, una carrera como literato, el mar danzando en los oídos.

—¿Regresaría Markos a Colombia?

—Quizás me suceda lo que el poeta Tuerto López se pregunta en unos versos: ¿Y qué hago yo con este fusil entre las piernas?