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Cultura 11 Sep 2013 - 10:00 pm

Esta semana en el Teatro Varasanta

Memoria nos piden

Grupos de diversas corrientes presentarán hasta el sábado obras alusivas a los estragos que ha causado la violencia en Colombia.

Por: Adriana Marín Urrego
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‘Piel de elefante’, de La Barracuda Carmela, creada por Catalina Medina. / Cortesía

En Varasanta no se hace teatro político. Por lo menos eso era, como cuenta Fernando Montes, su director, lo que ellos mismos decían en sus inicios. Estaban cansados del tipo de teatro que se hacía en los sesenta, en los setenta. Jóvenes universitarios que creían en la revolución y hacían teatro para denunciar, para gritar sobre lo que ocurría y sobre aquello con lo que no estaban de acuerdo. Muchos hicieron de las obras un panfleto de intereses políticos. No querían eso. No más, pensaban. El teatro, para ellos, era algo distinto.

Pero entonces había guerra, seguía existiendo la guerra, y los muertos se iban sumando uno a uno, dos a dos. Las cuentas se fueron perdiendo y ya no importó, dejó de importar cuántos fueron; cayeron en fosos, en ríos, se esfumaron, sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde. “Los amigos del barrio pueden desaparecer, los cantores de radio pueden desaparecer, los que están en los diarios pueden desaparecer, la persona que amas puede desaparecer”, cantaba Charly García sobre los desaparecidos durante la dictadura argentina. Ellos podían desvanecerse y lo hicieron y se acabó la dictadura y hubo un momento de silencio. Un silencio profundo, tan profundo, como cuando los grillos dudan, diría otro cantante.

Y después hubo memoria. Ellos no dejaron olvidar. Ese dolor no podía olvidarse, no debía olvidarse. En las calles está, en las esquinas, en placas, con letras claras: “De acá salió María González, una tarde de 1980 y no volvió nunca más”. Fue un dinosaurio cualquiera, uno de muchos. Dejó una familia que se quedó esperándola, primero, con angustia, mirando por la ventana por si algún día regresaba. Con lágrimas y gritos después, cuando supieron que ya no volvería. Y con resignación, más adelante, cuando les tocó aprender a vivir sin ella. Pero sin olvido y sin perdón. Nunca olvidaron. No querían, no podían, no debían olvidar.

Y es que los amigos del barrio se pueden olvidar, los cantores de radio se pueden olvidar, los que están en los diarios se pueden olvidar, pero no la persona que amas. Ella no se puede olvidar. “Uno puede perdonar, sí, a un novio que te fue infiel”, cuenta María del Mar Pizarro, del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación Distrital, “pero no puedes perdonar que hayan matado a tu padre. Eso no”. “Que te hayan matado una hija, por la guerra, porque decían que su abuelo era guerrillero. Eso no se justifica, eso no se puede perdonar”, dice una madre. Ella es como otros que también perdieron a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, en las manos de la violencia. Y es que en Colombia la guerra no acaba. Aún no existe la opción para detenerse un momento, hacer silencio, mucho silencio, y empezar a sanar después, recordando, como sucedió en Argentina, en Chile o en Alemania.

Fueron los artistas los que empezaron a hacer memoria. Los dramaturgos, los actores y los directores de teatro quisieron apostarle al recuerdo a pesar de que el país aún no había cruzado por ese período de transición. Empezaron a hacerlo en medio de las balas. Porque la sangre nueva iba borrando la antigua, y los viejos cuerpos servían de fosa para los que iban cayendo después. Fue la violencia la que hizo que los grupos volvieran a lo político en el teatro, como en los sesenta, como en los setenta, pero ya la motivación era diferente. Vieron la necesidad de reflexionar sobre el conflicto desde el pensamiento de una reparación simbólica. En curar, desde el arte, esa parte del alma que había quedado herida. “No hacemos teatro político, pero nuestra política es hacer arte”, sostiene Montes. La política, sí, desde otra perspectiva.

Y entonces se crearon obras como Si el río hablara, del Teatro La Candelaria; El ausente, del Teatro R-101; Homo Sacer, del Teatro de Occidente; Érase una vez una guerra, de Punto de Giro; Piel de Elefante, de La Barracuda Carmela, y Ánimula vágula blándula: frágil alma a la deriva, del Teatro Varasanta, en cuya sala se están presentando todas en la Semana por la Memoria.

Una madre en busca de su hija desaparecida, un hombre que lucha con los recuerdos que le deja la guerra y una mujer que recoge lo que dejan los muertos; tres hermanas viviendo la cotidianidad que se creó alrededor de un padre desaparecido 10 años atrás; muertes violentas que se abordan desde el arte; un grupo de soldados, en medio de la selva, esperando la orden para atacar a los rebeldes; una mujer que exige que la dejen recordar a los otros, recordar a su manera, y una fosa en la que los cuerpos son arrojados impunemente. Esos son los escenarios de estas obras, estos son los personajes. Esta es la visión global de una guerra en la que todos resultamos ser víctimas y victimarios.

La idea, con ello, es contar la historia que no se cuenta y que nadie conoce, porque no quiere, porque no le interesa. “Porque la violencia, para este país, es algo que llueve afuera pero que no nos toca”, afirma Pizarro. “De autocensura y parálisis”, le responde Claudia Girón, directora de la Fundación Manuel Cepeda Vargas, que trabaja en la pedagogía social de la memoria. “Somos el país del ‘deje así’, donde la memoria se diluye”. Y ellas se paran en la primera conferencia que se realizó en el Teatro Varasanta el pasado lunes, con la intención de ampliar, a través de la discusión, del teatro, ese marco de la memoria, esa esfera colectiva del duelo. Buscan, como los artistas que se presentan con sus obras, que todos entendamos que somos un tejido, uno solo. Que con una parte que salga herida, quedamos heridos todos. Buscan que entendamos que la lluvia sí atraviesa las ventanas. Buscan, como desea Girón, “que el espectador no sea un observador pasivo, que no vea la obra como la puesta en escena de un drama ajeno”. Porque no lo es.

 

 

 

amarin@elespectador.com

@adrianamarinu

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MuseosUN

Jue, 09/19/2013 - 12:40
Memoria nos piden y por la memoria también trabajamos. Y también procuramos curar desde el arte, desde la preservación del patrimonio, desde la cultura, desde la inclusión social. También brindamos el espacio para que se cuenten esas historias humanas desconocidas, mediante la implementación de actividades académicas, culturales, artísticas y pedagógicas. Las anteriores son parte de las tareas que desarrolla la Dirección de Museos y Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional de Colombia a través de sus exposiciones y sus diferentes líneas de acción. En el siguiente enlace, una nota de prensa relacionada con el relato de una cantaora de Tumaco, desplazada por la violencia . www.museos.unal.edu.co/sccs/noticias.php?mr=430&tipo=noti
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