Publicidad
Cultura 7 Mar 2012 - 9:48 pm

En la Sala Audiovisual de la Biblioteca Luis Ángel Arango

"Morir y dejar obra"

Cartas de amigos, primeras versiones de novelas, afiches de parrandas, guiones inconclusos y "poemitas" de Andrés Caicedo: expuestos para conmemorar los 35 años de su muerte.

Por: Angélica Gallón Salazar
  • 325Compartido
    http://www.elespectador.com/noticias/cultura/morir-y-dejar-obra-articulo-330989
    http://www.elespectador.com/noticias/cultura/morir-y-dejar-obra-articulo-330989
  • 0
insertar
Foto tomada por Eduardo Carvajal: Andrés Caicedo (en el medio), junto a sus amigos Ramiro Arbeláez (izq.) y Luis Ospina (der.). / Cortesía Biblioteca Luis Ángel Arango

Andrés Caicedo era tartamudo. Le costaba la conversación incluso con sus amigos más cercanos, a los que muchas veces les decía: “Tengo muchas cosas que contarte, pero mejor te escribo”. A los días, sus amigos, Luis Ospina, Sandro Romero, Carlos Mayolo, recibían debajo de la puerta unos manuscritos de 10 y 15 páginas. Gracias a esa costumbre, a esa incomodidad con la vida que lo obligó siempre a comunicarse mejor con la palabra callada, con la escrita, hoy en día sus narraciones íntimas de amistad, de viajes a Nueva York, de maratones de películas vistas, lo han sobrevivido.

“Son mis cartas en donde está mi mejor literatura”, dijo alguna vez el escritor caleño, que el 4 de marzo de 1977, con tan sólo 25 años, se suicidó unos minutos después de recibir la publicación de su segundo libro ¡Que viva la música!

Es justamente esa nutrida correspondencia que le escribió a su madre Nellie Estela desde Hollywood, cuando intentó vender un par de películas a un director de series clase B, o el memorial de agravios que le escribió a Carlos Mayolo por un desencuentro que habían tenido mientras intentaban hacer juntos una película, lo que se puede leer en la exposición Andrés Caicedo: morir y dejar obra, que organiza la Biblioteca Luis Ángel Arango y es curada por su amigo entrañable Luis Ospina, en la conmemoración de los 35 años de su muerte.

“La biblioteca recibió en 2007 una donación de las hermanas de Andrés Caicedo para que se conservara su legado. Este nutrido banquete de papeles y fotografías, ampliado con parte de mi archivo personal, permitió revelar nuevas facetas del escritor en esta exposición, como sus guiones de teatro, algunos sin terminar, sus incursiones en la poesía con textos que bautizaba “poemitas”, así como cosas personales que guardaba, como las invitaciones que hacía para el Cine Club de Cali, o los afiches para promocionar una película o una parranda”, explica Ospina, quien confiesa que gracias a que las cartas antes se escribían con papel carbón, quedaron tantos vestigios de la correspondencia de Caicedo.

En la exposición se puede apreciar la primera edición de El atravesado, que le publicó la mamá en hoja barata y pasta amarilla chillona. También hay una edición pirata de Que viva la música que se publicó en italiano y que tiene una fecha de edición que casi coincidente con la que se hizo en Colombia, y que es para Luis Ospina una de las tantas pruebas de que Andrés Caicedo no es, como algunos apuntan, “un mito inventado por los caleños”. “Este tipo de ediciones que resultaron del viaje de mano en mano de la obra de Caicedo; libros como el de Alberto Fuguet, Mi cuerpo es una celda; películas como Noche sin fortuna, realizada por una pareja de argentinos y que vamos a mostrar en esta exposición, dejan ver que éste no es un invento local, sino un mito que ha sobrevivido por la genialidad de su obra”.

Entre las vitrinas, que contienen su caligrafía de letras separadas y grandes, también están varias versiones de su novela Que viva la música, en donde un visitante cuidadoso podrá notar, entre los tachones, las anotaciones y sobre todo las transformaciones de su dedicatoria y la historia misma de la novela. En una hoja casi limpia escrita a máquina se lee: “Dedicada a Clarisol Lemos”. Luego, en una versión posterior, cercana a la que se publicó, la misma página limpia profesa: “Este libro ya no es para Clarisolcita, pues cuando creció llegó a parecerse tanto a mi heroína que lo desmereció por completo”.

Después de leer algunos de sus poemas y ver escrito entre las hojas “no pienso sino en morir, no pienso más que en mi niñez” y “Ya no soporto tener 20 años”; tras ver su reiterado NO en las respuestas de un test psiquiátrico que le hicieron en una clínica en la que lo internaron y en el que al final anotó con lápiz: “Creen que se las saben todas no”, para luego añadir unas chistosas groserías, parece emerger de entre las cosas de la exposición ese carácter, ese retorno profundo del tema de la muerte en su literatura, en su cabeza. Queda además rondando entre las salas una cierta certeza de que a pesar de su muerte temprana y presupuestada, el caleño del pelo largo dejó todo dispuesto para que sus palabras fueran publicadas, celebradas, recordadas.

Traducir a Caicedo

En los últimos años, la obra de Caicedo, que de desconocida pasó a ser de culto en Colombia, ha sido publicada en muy distintos países. Pionero de la narración urbana (lleno de registros de la jerga local) y del collage de referencias de cultura popular y medios masivos, los lectores de hoy lo reconocen como su contemporáneo más aventajado. Hoy a las 5:00 p.m. en la Biblioteca Luis Ángel Arango, Centro de Eventos, Bernard Cohen, quien actualmente se encuentra en el proceso de llevar la novela ¡Que viva la música! al francés, hablará sobre la novela y los retos de traducirla. Entrada gratuita hasta completar aforo.

inserte esta nota en su página
  • 0
  • 17
  • Enviar
  • Imprimir

Última hora

Publicidad

Suscripciones impreso

362

ejemplares

$312.000 POR UN AÑO
Publicidad
Ver versión Móvil
Ver versión de escritorio