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Cultura 15 Mayo 2011 - 10:00 pm

William Ospina y Héctor Abad en la FILB

"No siempre estoy de acuerdo con lo que escribo"

Los dos escritores hablaron con su colega Juan David Correa sobre el oficio de crear columnas de opinión.

Por: Juan Villamil
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Foto: Cortesía

Hay un poco más de 120 personas; por alguna razón, más de las que se asumían invitadas: unos se acomodan en el suelo para escuchar. Héctor Abad Faciolince aguarda, en el salón contiguo, a que William Ospina aparezca. El murmullo en aumento hace suponer que viene por el pasillo. Los dos se abrazan, entran uno detrás de otro, y sin que medie ninguna distracción empiezan a hablar de sus primeras columnas de opinión: Héctor Abad fue suspendido en el colegio por un editorial que, por supuesto, no llegó a publicarse, y en la universidad fue expulsado por una columna titulada “La metida de Papa”. Sus palabras son ágiles y no temen atropellar a quien se interponga: “En El Colombiano me censuraban columnas, y el pago era una limosna para las hojas y la tinta”, dice.

Juan David Correa, el moderador, pregunta cómo procede esa difícil labor que es inventar una columna por semana. William Ospina lo deja en claro: no hay un procedimiento fijo. Los temas aletean en el aire, y es labor del escritor atraparlos en el vuelo. Razón por la que Ospina, confiesa, debe de ser uno de los escritores que más tarde en la noche envían sus columnas al diario. Aunque, para su fortuna, nos dice, se ha podido librar de la tiranía de la actualidad: “A mí me abruma tener que seguir las noticias a diario y hablar de actualidad”. Por eso sus columnas han sido dedicadas más a la cultura que a la política; y por eso sus lectores le agradecen ese breve espacio que, en domingo, los sustrae de una realidad en tonos grises.

Faciolince confirma: nada de procedimientos. Y revela que escribir una columna por semana –o dos o tres, como ahora–es la causa de su mal genio de jueves y viernes.

Ahora hablarán de la columna de opinión como género. Hay acuerdo: se escribe enteramente para los lectores, quienes, en este género como en ningún otro, parecieran estar allí detrás del hombro viendo en tiempo real lo que el autor escribe. Ospina recuerda que Shakespeare pudo alimentarse de la reacción del público en el teatro El Globo para corregir sus obras, y que esa maravillosa interacción con el lector es posible hoy en día a través de las columnas de opinión y los foros en internet. Faciolince y Ospina coinciden, además, en que los límites espaciales y temporales de la columna de opinión favorecen a la formación del escritor. El número de caracteres, dice Faciolince, hace que la elaboración de una columna sea como la de un soneto.  “Cuando una columna sale bien, es un ensayo breve”.

Es tiempo de polémicas. Juan David Correa, tocando las fibras sensibles de recientes discusiones, les pregunta a los escritores por esos académicos que parecen interesados solo en controvertirlos.

Ospina cree que esas polémicas son necesarias, pero también que en nuestro país hace falta atender más a los argumentos y menos al nombre del argumentador. Es la antesala de una frase que sin duda causará eso que pidió, polémicas: “Si algo funciona bien en Colombia es la literatura, y si algo funciona mal es la ciencia y la economía”.

Faciolince adhiere a la opinión: la polémica es necesaria. “Yo no siempre estoy de acuerdo con lo que escribo”, dice, “pero lo hago para escuchar argumentos”. Para Faciolince una discusión perdida es una oportunidad de aprender. Y considera que ha perdido muchas.

Lo último es lo menos apetecido por los escritores, pero la solicitud unánime de la sala: política. Faciolince compara a Colombia con una plaza de pueblo en la que el alboroto es tal que uno termina no escuchando nada. “Por fortuna”, termina, “el que más grita en la plaza ya no es presidente”.

Cinco minutos, tres preguntas del público después, el conversatorio finaliza. Flashes aquí y allá. Un apretón de manos, la firma de un libro, la anécdota que seguramente no pueden recordar, pero lo mismo reciben con agrado. Héctor Abad y William Ospina abandonan la sala, pero sus ideas persisten en las paredes. A la salida de los escritores el público, en pequeños grupos, continúa la discusión. En eso ambos se equivocaron: su opinión sí tiene una influencia, casi magnética, que atrapa a los lectores y los obliga a cuestionar eso que sucede allá afuera y llamamos Colombia.

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Opinión por:

maribmar

Vie, 05/20/2011 - 11:40
Excelente. Que bueno seria escucharlos en Medellín. Este pueblo mío es sordo para los argumentos y caldo de cultivo de la tirania, o si no porqe creen que se habla de "raza paisa".
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