“Once días de noviembre”

CON LOS RECUERDOS DEL HOLOCAUSTO DEL PALACIO DE JUSTICIA y la tragedia de Armero, vividos desde París y luego asimilados en Colombia, el escritor Óscar Godoy Barbosa enlaza los hechos a través de una novela que describe el inexplicable destino de una familia.

Hay días que dejan huella en la memoria de las naciones y en los últimos tiempos de Colombia existe una secuencia que nadie puede olvidar. La que empezó un miércoles de la segunda semana de noviembre de 1985 y tres décadas después sigue ensartando dolorosos recuerdos entre generaciones golpeadas por el horror y la tragedia. Es el recuento triste del holocausto del Palacio de Justicia y el desastre de Armero, paradójicamente cruzados en la misma semana en que las tradiciones del país destinan horas de diversión y asueto a la elección y coronación de su reina nacional de belleza.

Es el contexto en el que se desenvuelve la nueva novela del escritor tolimense Óscar Godoy Barbosa. Una obra que nace de la evocación de esos días vividos en París (Francia), tratando de descifrar a través de noticieros de televisión lo que estaba sucediendo en Colombia, y su posterior investigación de aquellos graves acontecimientos para encontrar y desarrollar una sorpresiva historia familiar que extrañamente los enlaza. Once días de noviembre que representan una catarsis colectiva con muchas verdades sueltas y la necesidad de unirlas a través del río avasallador de la palabra.

La muerte asomada al destino de casi un centenar de hombres y mujeres cercados en un laberinto de intolerancia y barbarie, o una semana después multiplicada por la furia incontenible de la naturaleza. La guerra y su degradación frente a la Plaza de Bolívar o la impotencia ciudadana, y luego presente en el anónimo saldo de 25.000 víctimas mortales sobre el playón de Armero. Un momento descrito literariamente por Óscar Godoy Barbosa, con la paciencia del escritor que sabe que cada oración es el eslabón de una cadena que no puede diluirse en el poder de los hechos.

Nacido en Ibagué en 1961, Óscar Godoy Barbosa siempre tuvo clara su vocación por la escritura. Desde los días de colegio en que por pudor literario no se atrevía a mostrar sus trabajos, hasta que ingresó al Taller de Escritores de la Universidad Central en 1983 y el maestro Isaías Peña lo forzó a hacerlo delante de todos. Aunque estudió periodismo en la Universidad Externado y desempeñó el oficio por aquello de la supervivencia, antes de asumirlo viajó a Francia y durante tres años en el Instituto de Altos Estudios de América Latina en La Sorbona, afianzó su interés por la narrativa.

Cuando regresó al país en 1987, ya la literatura era su norte, pero acudió al periodismo para acercarlo. Ingresó al diario La República con el propósito de acomodar su regreso, pero se quedó diez años. Con breves intervalos en La Prensa o El Nuevo Siglo, fue una década dedicado a explicar negocios. No obstante, su talento para escribir lo volvió editor y su persistencia con la lectura de ensayos y novelas lo llevó a conducir un suplemento dominical en el que recobró sus sueños. Únicamente esperaba una señal para quemar las naves y pasarse del todo a la esquina literaria.

El primer aviso apareció en 1998 cuando ganó en Medellín el VIII Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores con un relato titulado Mis jueves sin ti. El segundo llegó al año siguiente, cuando obtuvo el primer lugar en el XVI Concurso Anual de Novela de Pereira con su primera obra narrativa de largo aliento, Duelo de miradas. Entonces supo que había llegado el momento de hacer una pausa en el frenesí del periodismo y, tanteando el terreno en el universo de los guiones, encontró el aliado que buscaba para fortalecer su decisión: su amigo Isaías Peña Gutiérrez.

En su calidad de director del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central, el maestro Isaías Peña necesitaba un apoyo para su reconocido Taller de Escritores, y Óscar Godoy Barbosa fue el elegido. A partir del año 2000 entró a secundarlo y junto a otros escritores y académicos comparte los logros de haberlo convertido sucesivamente en Especialización en Creación Narrativa (2008), Pregrado de Creación Literaria (2010) y Maestría en Creación Literaria (2013). Un trabajo de formación que muchos escritores de las últimas generaciones agradecen.

Sin embargo, Óscar Godoy no se limitó a la enseñanza. En 2007, en desarrollo de una colección de 50 novelas colombianas, publicó su segunda obra, El arreglo. Un año después fue segundo lugar en el Premio Nacional de Cuento Bogotá Capital Mundial del Libro con su relato Susana y el sol. Entonces comprendió que necesitaba un segundo aire en el exterior para enfrentar la novela que seguía rondando en su cerebro. Con su familia a bordo se fue tres años a El Paso, en Estados Unidos, y entre 2009 y 2012 cursó una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Texas.

Esa novela fue su tesis de grado y la primera versión, casi definitiva, de su obra Once días de noviembre. Necesitaba tomar distancia de Colombia para desarrollarla. Lejos de la polarización política o la eterna discusión judicial del holocausto. Sin los ecos cercanos de la tragedia que sigue enlutando a su gente del Tolima. La trabajó con la misma dedicación que siempre pide a sus aprendices en los talleres. Frase a frase, sin la urgencia objetiva del periodismo que conoce a fondo, pero con los sonidos, percepciones sensitivas o licencias que permite la ficción narrativa.

En 2012 volvió con su manuscrito debajo del brazo para seguir puliéndolo después de largas jornadas pedagógicas en la Universidad Central, o entre las pausas que se inventa para escribir los cuentos que siguen haciendo parte de su menú predilecto. Hace dos semanas, cuando le entregaron el libro impreso, entendió que la obra ya no es suya, ahora es de los lectores, de sus estudiantes, de sus amigos, de su familia. Es su legado literario a las generaciones que hoy constatan como en una semana extendida de noviembre de 1985, la violencia y la naturaleza cambiaron la historia de Colombia.