Más allá de las pantallas

País animal

“La mujer del animal” se está muriendo en los cines: estrenada en 42 salas, la cinta apenas fue vista por 7.000 personas.

El cinema está lleno. Claro, es viernes en la noche. Pero el cinema no está lleno como yo quisiera que estuviera. El cinema no está lleno en la sala 3. Seguro las salas 4 y 5 están a reventar, seguro Logan o Jackie sí saben cómo ser taquilleras. Me aguanto la fila, desvío la mirada a las parejas cariñosas, muy cariñosas, y por fin compro la boleta.

“Pantalla abajo, sillas azules libres”, dice la mujer que me vende el boleto. Casi todas las sillas son azules. La que yo quiero está ocupada, pero puedo contar no más de ocho asientos rojos. ¡Ocho asientos rojos!

–¿Cómo le ha ido a La mujer del animal entre ayer y hoy? –le pregunto a la mujer.

–Pues… pues… por los horarios yo creo que no muy bien –contesta como si nadie nunca le hiciera tal pregunta.

–Pero si es un buen horario –afirmo.

–Sí puede ser. Creo que a la gente no le gusta venir a ver cine colombiano –responde.

Es una dicha para mí, porque prefiero las salas de cine vacías. Pero no es una dicha para mí, porque prefiero a los ciudadanos de a pie enterándose de sus realidades, así sea por medio del cine. En la sala 3 empieza La mujer del animal, de Víctor Gaviria. Sí, el mismo de La vendedora de rosas.

En la sala 3 hay algunas parejas, dos que también llegaron solos y la pantalla. Si usted la ve, como yo, luego recordará “boba hijueputa” como la frase estrella que parece una plana en el largometraje. Los primeros minutos son las primeras oportunidades para que esos “non-actors” o actores naturales, escupan cinco mil groserías e insultos. Los dichos paisas denigrantes hacia la mujer que usa el animal son los protagonistas de esos primeros minutos. De toda la obra.

Generalmente, este tipo de películas vienen acompañadas de una función de prensa. Sí, periodistas muy serios y analíticos son los primeros en apreciar tal historia. Yo fui a verla tarde, o no tan tarde si me salgo de mi rol profesional.

No parpadeo, “boba hijueputa” repite el animal. “Te lo voy a zampar…” y diez mil dichos más. Y entre cada nueva relación de palabras, una rola, una de esas como yo que tampoco conoce la jerga paisa, se ríe. Está, para mi desgracia, sentada a dos sillas de donde estoy. Pero los insultos son contra una mujer, la mujer del animal, una que podría ser ella misma, una que también es mujer. ¿Recuerdan que les hablé de los periodistas analíticos y hasta posudos? Qué dicha ver esta película con estos de a pie. Estos que muestran cómo somos en realidad. Y no me tuve que ir a una comuna, no tuve que hacer el magnífico trabajo que hace Gaviria. Me senté a verla y hasta en la sala 3 pude encontrar tal desfachatez.

Pero la que está a dos sillas se ríe. Y como ella, miles. Cada escena es más fuerte que la otra, cada palabra, más dolorosa. Y es que esta película es un espejo, un claro espejo de lo que nos rodea y no reconocemos, lo que los poderosos conocen y ocultan y lo que nosotros, los que vamos a la sala de cine a ver lo que los de las comunas viven, no dimensionamos.

Parezco una bailarina en mi silla, es como un baile de angustia. Las manos son cómplices de la aterradora historia y aprietan la botella de agua que tengo al lado. Golpes, encierro, más de la “boba hijueputa”, violaciones, asesinatos, todo en menos de dos horas. Todo, reflejando lo que muchos colombianos viven las 24 horas.

Gaviria desmenuza a los olvidados, a los que nos recuerdan lo que en realidad somos. Porque animales o no, nos reímos cuando los insultos, que no son para nosotros, van para otro. Animales o no, andamos por la vida denigrando, animales o no, vamos tras nuestros caminos egoístas.

La sala 3 nunca se llenó, la rola dejó de reír cuando el animal viola a su mujer por primera vez. Ojalá esa mujer alguna vez entienda que desde la “boba hijueputa” de los primeros minutos ya había violencia.

A La mujer del animal aún le quedan algunos días en cartelera, a la sala 3 varios asientos que merecen estar en rojo, a nosotros algunos días para empezar a reconocer qué es Colombia y empezar a desaparecer a un país animal.

A Gaviria, gracias.