“Por eso había que parar la guerra”

El escritor Daniel Ferreira habla sobre el documental de Natalia Orozco, “El silencio de los fusiles”, la cinta que nació en el 2012 y que durante cuatro años persiguió detalladamente el proceso de paz.

"El silencio de los fusiles", de Natalia Orozco, es la crónica esperada sobre cómo transcurrió el acuerdo de paz y lo que se dijo de lo que pasó desde las dos instancias de representación del poder armado. Archivo particular

Hemos sido espectadores de la barbarie para los perpetradores del poder. ¿Hemos sido o nos han convertido? Nos han convertido en eso: espectadores pasivos de una barbarie que nos ha sido narrada como espectáculo. Hemos sido pasivos cuando tuvimos que gritar. Fuimos cobardes cuando tuvimos que enfrentar el miedo. Fuimos indignos cuando solo pensábamos en salvar el pellejo. Solo nos alivia descubrir que la tragedia es siempre la de los demás. Que lo que le ha pasado a otros nunca nos pasaría a nosotros. Eso, nuestro alivio. Extendemos las condolencias de marras, o nos ausentamos de la discusión con disimulo. Nos distraemos en los simulacros de la felicidad entretenida, nos regodeamos en la guerra como espectáculo, para no sufrir, porque estamos a salvo, protegidos, de la contemplación del dolor ajeno. Lo que ha ocurrido, ocurrió lejos. En el espacio y en el tiempo. O cerca, pero a desconocidos. No a nosotros, para nuestro alivio. Pero la guerra no era un simulacro, como sí lo es su espectáculo. La guerra no era un relato ni una representación. Era un cilindro bomba que cae en una iglesia donde se refugia un pueblo y mata a cien personas. ¿Qué es dolor para el que no lo siente? ¿En dónde se siente el dolor de las mutilaciones? ¿Qué hacemos con el dolor de los demás aquellos que no lo hemos sentido nunca? La evidencia de los hechos políticos es tomada de forma tangencial, como noticias distantes o duda de la realidad o como espectáculo ahora que empieza la paz. Lo que ha ocurrido, ocurrió lejos, en el espacio y en el tiempo, en un no lugar que desconocemos, del que dudamos. El final de esta guerra es el comienzo de esa duda.

El silencio de los fusiles, de Natalia Orozco es la crónica esperada sobre cómo transcurrió el acuerdo de paz y lo que se dijo de lo que pasó desde las dos instancias de representación del poder armado: equipo negociador y representantes de la guerrilla. Tiene demasiadas omisiones críticas a las versiones dadas por cada bloque de entrevistados. Es decir: lo que responde el secretariado de la guerrilla no se contrasta con la evidencia fáctica, igual aquello a lo que responde el equipo negociador. Son versiones muy personales, lo cual aproxima a la persona que da su testimonio al espectador, pero vuelve superficial el documental en un contexto más amplio.

Es acrítico en momentos clave: las interrupciones del acuerdo por actos de guerra, por el secuestro del general que nunca supimos si traqueteaba o representaba el ala militarista de la oposición para sabotear la mesa de La Habana, en los hechos de guerra de la guerrilla cuando rompen el cese al fuego y matan a los 11 soldados en el Cauca (15 de abril 2015), y el silencio frente a los desmanes del ejército cuando contestaron esa ruptura con bombardeos brutales y mataron 26 guerrilleros en diciembre de 2015. Si no fuera por las imágenes de guerra, parecería que el conflicto no hubiera alcanzado la degradación total que obligó a las partes a sentarse. Es benévolo, por usar un vocablo neutral frente al show de fango en que se revolcaron los semovientes candidatos de la campaña electoral de 2014. No rastrea el efecto que tuvieron en la percepción colectiva la propaganda. Pero la prensa y los aparatos de control de la verdad de los empresarios mostraron el acuerdo como una negociaciones entre facciones que le mentían al país, que además negociaban la guerra de Colombia en una isla lejana, Cuba, y aunque era el espacio más cómodo para la guerrilla y para evitar el sabotaje, la distancia mostraba los embates de la realidad local desconectada de las mesas de negociación.

Es acrítico en omisiones flagrantes como el cinismo de la guerrilla cuando se negaban inicialmente a recibir a las víctimas, porque la masa de víctimas eran de los paramilitares y del Estado según la guerrilla, y a repararlas (y hay suficiente material con esa negación en la prensa colombiana). Cierra con el balde de agua fría del plebiscito donde gana el No al acuerdo, pero omite la campaña de sabotaje de la “pandilla del rayo homosexualizador” y el jingle del “castrochavismo” que lo explica con suficiencia en boca de uno de sus miembros entrevistados en El Colombiano.

Las respuestas de los guerrilleros en distintos momentos del acuerdo muestran los altibajos de los puntos sensibles de lo acordado. Devela algunos remordimientos imborrables como la petición de perdón en Bojayá tan sobrecogedora como los vestigios de la masacre y, por momentos (el reencuentro de Catatumbo con su madre, la entrevista al cofundador de las Farc) alcanza a ser una aproximación sin patetismo a los sentimientos que el rol de “enemigos del estado” les había negado y los hacía figurar solo con el mote “narcoterroristas” o gente desnaturalizada.

Las respuestas de Timochenko en el documental, ya no son las de TimoFarc, sino las de Londoño, captadas tras la firma, lo que lo muestra un siempre sonriente y locuaz y optimista ex guerrillero que observa el camino en retrospectiva. Jaramillo: habla invocando la autoridad dejando claro el control omnipresente de Santos, es decir desde el lugar de mediador o subalterno y se niega a reconocer los errores de las políticas nefastas como El Plan Colombia. Iván Márquez: habla siempre en la línea de las demandas sociales. Pastor Alape: como luchador comprometido con las ideas sociales. La compañera de Catatumbo: como sobreviviente y víctima. El propio Catatumbo: como un teórico de las ideas políticas de la guerrilla y un embajador para la guerrillerada. De La Calle: un humanista y un estadista que asume el mandato de la paz como la apuesta de una nación por el futuro. Santos es el gran cínico burgués de esas cabezas parlantes (el documental apela por un lenguaje directo de las entrevistas con cortes directos a material de archivo exclusivo). Santos, Premio Nobel, satisfecho de su condición y origen de clase, se solaza en una elipsis semiótica digna de Pastrana, no como quien traiciona, sino como el que la rescata de una amenaza de despojo a la clase que representa. Propició la firma del acuerdo, porque intentaba reparar el pasado, es decir negoció como quien juega rol, pero olvida que lo consigue, el acuerdo, por la vía legislativa, pese a los costos de popularidad con que pagó su muerte política. No hablan los generales del acuerdo, salvo Naranjo, la paradoja negociadora, ex consueta de Uribe Vélez convertido en negociador y luego en contradictor, ex general Naranjo. No habla Mora Rangel: que los llamó siempre Bandidos Narcoterroristas en tiempos de tropero. Habla poco Uribe Vélez porque le apagan el micrófono. No habla Romaña. No habla Joaquín Gómez. No hablan los civiles. No hablan los que no somos la historia. Tampoco hay material que se aproxime a la forma en que se desarrollaron los puntos clave del acuerdo (secreto que sigue en veto oficial), y elude el contexto de los temas que el gobierno vetó de la mesa como requisito innegociable, el modelo de economía, por ejemplo.

Solo por la selección del tema, la aproximación positiva a las minucias del desarrollo del acuerdo de paz, por el material inédito invaluable y exclusivo, el documental se vuelve un caleidoscopio del acontecimiento más relevante y trascendental de la vida política colombiana en medio siglo.

Aquello en que se convierta Colombia en 30 años, la interrupción de la violencia entre generaciones, todo el arte que se parte de aquí, todas las novelas que se escriban, se desprenden de este acuerdo que muchos no querían que nos contaran en la tras escena, porque la paz cambia todo el futuro de un país.

Pero falta una mirada crítica y sin velos (apocalipsis quiere decir sin velo) que ajuste cuentas con la vergüenza de un pueblo que no deseaba la paz, y que aun así es cambiado por la decisión de hacerla de dos poderes ya ahítos y extenuados por el derrame de la sangre.

“Por eso había que parar la guerra”, dice Timoleón Jiménez en un instante: porque hace tomar decisiones equivocadas. Una manera muy elíptica de reconocer los errores que costaron tantas vidas. Santos nunca reconoce errores.