Razones y mentiras sobre el descubrimiento de América

Afirmar que Cristóbal Colón descubrió América el 12 de octubre de 1492 es absurdo y anacrónico, y no porque murió sin saberlo a pesar de sus cuatro viajes trasatlánticos.

 En los relatos de su diario abundan el oro, las perlas, las piedras preciosas y una naturaleza exuberante que motivaron el patrocinio de más viajes. Con la cantidad de almas con las que se encontró, Colón pensó en 1495 en organizar un gran tráfico de esclavos entre las Indias y España, un tema muy pertinente para reflexionar en Colombia, una nación en la que existe una festividad llamada día de la raza.

A pesar de la hazaña del almirante, el descubrimiento de América no fue un logro individual y se pudo afirmar cuando papas, reyes, cronistas, élites letradas y políticas, pero en especial cartógrafos, reconocieron y se pusieron de acuerdo sobre los nuevos límites que permitieron afirmar la existencia de un cuarto continente. En las máquinas del imperio y el reino de Dios. Reflexiones sobre ciencia, tecnología y religión en el mundo atlántico del siglo XVI, investigación de Mauricio Nieto, doctor en historia de la Universidad de Londres, reconstruye la relación entre conocimiento, prácticas tecnocientíficas, factores políticos, religiosos y geográficos que le permitió a España soñar con el control del mundo.

Si hubo algo que Colón descubrió fue la ruta trasatlántica y a lo largo del siglo XVI las naves españolas desarrollaron técnicas para dominar el mar. Los viajes de exploración fueron una conquista de las velas y de “la capacidad humana y técnica de transformar la fuerza natural de los vientos en una fuerza de propulsión para los cascos de las naves”. Para garantizar la seguridad de los viajes trasatlánticos y proveer a los pilotos la información geográfica y astronómica necesaria para continuar la conquista del Nuevo Mundo, se le encargó a la Casa de Contratación de Sevilla la elaboración de manuales de navegación y el diseño de mapas, especialmente un nuevo mapa del mundo: el Padrón Real.

Para la descripción de las nuevas tierras fue obligatorio desarrollar material inédito. A los modelos de cosmografía clásica de Ptolomeo se le sumaron las experiencias de los viajeros y así, comenzó a aparecer en España una tradición científica al servicio de las necesidades concretas del imperio. A mediados del siglo XVI surgieron dos géneros literarios: la historia natural y la historia moral. La primera se dedicaba a la geografía, los animales, las plantas y los minerales. La segunda, a los humanos y al encuentro entre culturas. Los nativos fueron vistos como pueblos salvajes, condición que justificó la imposición de la doctrina cristiana, pero también se hizo evidente el problema que implicaba la invasión en la tierra de otros. Por ejemplo, la Suma de Geographia de Martín Fernández de Enciso, publicada por tercera vez en 1546, narra que cuando los españoles llegaron a leerles a los indios del Sinú las leyes que anunciaban y autorizaban por mandato divino la conquista de las tierras y el sometimiento de los indígenas que se negaran a la evangelización, los caciques respondieron: “que muy generoso con lo ajeno había sido el Santo Padre, que borracho debía estar cuando dispuso lo que no era suyo, y que el rey de Castilla era un atrevido al amenazar a quien no conocía”.

La iguana, el manatí, el cactus, los felinos americanos, la piña y el armadillo se resistían a las clasificaciones comunes y no era claro su lugar en las categorías establecidas por Aristóteles. A través de analogías y comparaciones se bautizó lo desconocido y se crearon vínculos para incorporar lo ajeno con referencias familiares. Desde el siglo XVI fue necesario comenzar a replantear los cánones de la historia natural, la medicina, la estrategia militar y el comercio.

La ciencia moderna se caracteriza por la superación de los autores clásicos y por el triunfo de la razón y de la experiencia sobre el dogma y la fe, por ende, en la historia de la ciencia no aparecía la contribución científica de los imperios católicos de España y Portugal. La empresa católica ibérica del siglo XVI tuvo como efecto secundario el desarrollo y la sistematización de un conocimiento científico para explicar al Nuevo Mundo, pero también desarrolló tecnología: las máquinas del imperio que utilizaron también para la expansión de su fe.

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