R.H. Moreno: el hombre que soñaba novelas

La periodista Mónica Sarmiento compartió diecisiete años con el novelista Rafael Humberto Moreno-Durán, fallecido en 2005. La publicación de “El hombre que soñaba películas en blanco y negro” fue la ocasión propicia para recordarlo.

Entre las obras principales de Rafael Humberto Moreno-Durán se encuentra la trilogía “Femina suite”. / Carlos Duque

¿Qué recuerdos conserva de las rutinas de escritura de R. H. Moreno Durán? ¿Tenía horarios fijos? ¿Escribía a mano o a máquina? En fin, ¿qué nos puede compartir de este lado de su faceta de escritor?

R. H. era un hombre muy disciplinado. Trabajaba únicamente con luz solar, siempre en su escritorio, rodeado de libros y revistas. Iniciaba labores cuando estaba bañado, vestido y tenía la habitación arreglada y todo perfectamente organizado. Se tomaba por lo menos seis tazas grandes de café bien cargado. Suspendía su labor para ver noticias y almorzar en forma simultánea. Recuerdo que una vez la mamá de un compañero de colegio le preguntó a nuestro hijo Alejandro qué hacía su papá y él contestó: “mi papá trabaja incluso los domingos”. Mientras trabajaba escuchaba música clásica y la HJCK era su emisora predilecta. Recortaba noticias del periódico que le servían de fuente de inspiración. Nunca aprendió a usar el computador, que sin embargo tenía en su escritorio. Su máquina de escribir portátil fue su compañera fiel, incluso en Barcelona, donde vivió quince años.  (Recuerdos, el concepto que elegimos hoy para la Feria del Libro de Bogotá)

Escribía mucho a mano, incluso hay varios cuadernos, más de quince, en los que tenía anotaciones sobre sus lecturas, que hoy constituyen objeto de estudio en el taller de edición de los estudiantes de Literatura de la Universidad de los Andes, que están descifrando su letra, al mando del profesor Jerónimo Pizarro. Los cuadernos de R. H. eran cuadriculados y tienen anotaciones, revisiones en tintas de varios colores que empleaba para resaltar ciertos temas. No desperdiciaba ni un centímetro de papel, por eso llevar estos textos al mundo virtual ha representado todo un desafío para los jóvenes acostumbrados a escribir en computador, dada la complejidad de la letra, las flechas y notas a pie de página que escribía muchas veces con estilógrafo negro, aunque también aparecen varias líneas escritas con bolígrafos de tinta negra o azul. Han necesitado literalmente el uso de la lupa para descubrir el mundo fascinante y misterioso escrito de su puño y letra. (Ver especial de la Feria del Libro)

Amaba las libretas pequeñas, en las que tomaba notas, hacía reflexiones, anotaba datos curiosos que posteriormente utilizaba en sus escritos de ficción y de ensayo. Suspendía labores alrededor de las 5 p.m., ayudaba a Alejandro con sus tareas y retomaba las noticias de las 7 p.m. Solía ver televisión hasta pasada la medianoche. Era un lector voraz, meticuloso y organizado y documentaba sus impresiones en los cuadernos que imagino consultaba para hacer reseñas o preparar conferencias. Nunca leyó en aeropuertos o en cualquier otro lugar que no fuera su escritorio, para poder fundamentar sus impresiones, esto como herencia de sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional, que según decía él, le evitaban caer en las trampas propias de una fértil imaginación como la suya.

¿Qué tipo de lectura hacía Moreno Durán? ¿Subrayaba los libros? ¿Cuánto duraba la gestación de una nueva novela?

Su biblioteca cuenta con aproximadamente 6 mil volúmenes y la mayor parte de los libros tiene anotaciones, que confirman su visión crítica a la hora de leer y que dan fe de su pasión por las letras. Era misterioso con sus textos. Los guardaba por años, los leía una y otra vez, hasta que pasaban su propia censura. Por lo general titulaba antes de empezar a escribir sus novelas, cuentos o ensayos y por lo menos tenía dos o tres nombres para sus creaciones, que iba evaluando para ver al final cuál era el que más le convencía. Era obsesivo en eso e incluso solía decir con frecuencia; "El perfeccionismo es el brazo armado del masoquismo". Trabajaba varios libros en simultánea. De sus manuscritos y ponencias existe posibilidad de editar muchos libros más que siguen esperando el momento oportuno para ser publicados.

“El hombre que soñaba películas en blanco y negro”, la más reciente novela publicada de R. H. Moreno-Durán, entabla un puente de comunicación con el cine. ¿Cuál era su relación con el cine?

R. H. Moreno-Durán era un narrador histriónico. Su forma de contar historias siempre reflejó su pasión y amplio conocimiento sobre el cine. Era fetichista y es evidente que figuras emblemáticas del séptimo arte lo sedujeron hasta convertir a un par de ellas en protagonistas de las portadas de sus libros. Recuerdo también su fascinación por Claudia Cardinale y por Ingrid Bergman, en su inolvidable rol en Casablanca, una de sus películas predilectas.

Perseveró hasta convencer a los editores de que Mambrú debía estar ilustrado por alguna de las célebres fotos de Marilyn Monroe cuando visitó a las tropas norteamericanas en Corea. Para Pandora, Louise Brooks se convirtió en la imagen de este libro, que fue lanzado el mismo año en que fue diagnosticado su cáncer, que finalmente lo condujo a la muerte. Además de su belleza impactante, amaba la rebeldía de la actriz que desafió a Hollywood al marginarse de la llegada del cine sonoro. Figura de culto, vampiresa sexual, muy de su gusto y reflejo del universo femenino, evidente en su obra. Dato curioso: ella falleció en agosto de 1985, meses antes de que partiera su admirado Orson Welles, el gran protagonista de El hombre que soñaba películas en blanco y negro.

En Cuentos de cine (Alfaguara, 1996), obra de selección y prólogo de José Lus Borau, R. H. escribió el cuento Tercera persona del singular, que representa la antesala de la novela que se lanza hoy, tras doce años de haber sido culminada por él.

Para confirmar las conexiones cine-literatura de R. H. Moreno-Durán existe un guion de Juego de damas, primera novela de la trilosía Fémina Suite, escrito por el sociólogo Gabriel Restrepo y conversado tiempo atrás con Jorge Alí Triana como sueño cinematográfico. De igual manera, Cuestión de hábitos, su única pieza de teatro, ganadora del premio Ciudad de San Sebastián, fue compartida con Gabriel García Márquez, quien tenía, al igual que R. H., en mente a Salma Hayek en el papel de sor Juana Inés de la Cruz. Ya no está ninguno de los dos para confirmar cuál fue la escena final de esa quimera.

¿Y cuál fue el vínculo de Moreno Durán con la obra y la figura de Orson Welles?

Sobre Orson Welles hay varios libros en su biblioteca. El guion de Ciudadano Kane es uno de ellos. Ciudadano Welles, de Peter Bogdanovich, es otro, así como el volumen Ciudadano Kane de Pauline Kael. Todas estas publicaciones contienen anotaciones, preguntas y comentarios del escritor-lector curioso y revelan su admiración por ese célebre personaje, misterioso, como la obra misma de R. H. y su propia existencia. Seguramente estos materiales y la búsqueda de noticias que anunciaban la visita de Welles a Bogotá constituyeron parte de la información recabada para escribir esta obra. Yo misma, en el año 1989, cuando era periodista del diario El Siglo, tuve asignada esa tarea, como siempre sin saber cuál era el objetivo final.