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Cultura 30 Ene 2013 - 10:36 pm

"Todo tiene un ritmo"

"Todo tiene un ritmo", decía Fernando González Ochoa, el Brujo de Otraparte. Las calles tienen un ritmo, los árboles tienen un ritmo, y sobre todo las personas tiene su propio ritmo, cada quien decide qué ritmo darle a su vida, a sus pensamientos, a su caminar.

Por: Javier Martínez Duarte
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Creo entonces que las preguntas fundamentales de la vida no deberían ser aquellas que los grandes filósofos se han planteado: “¿Qué es el ser”, “¿de dónde venimos?”, “¿para dónde vamos?”, “¿cuál es el sentido de la vida?”. Y otras más... No. Creo que la tarea fundamental a resolver es la de encontrar la banda sonora de nuestras vidas, aquella que se fusione con nuestro ritmo, con el palpitar de nuestros corazones, con nuestros pasos...

¿Cuál es la banda sonora de mi vida? ¿Qué música acompaña mi destino? ¿Alguna vez se lo han preguntado? Yo lo hice una tarde nublada de esas que suelen darse en Bogotá, que ponen tristes a muchas personas, que las ponen down, sin ganas de salir a caminar, de encerrarse en las cuatro paredes de sus recintos. Caminaba por la calle 76 con 9ª, las nubes estaban cada vez más grises y el viento impregnaba con rumores el inminente caer de la lluvia... todo el mundo corría para llegar rápido a sus destinos, era un ritmo vertiginoso, acelerado, que casi me enloquecía.

Me puse mis audífonos y comencé a buscar una música acorde con mi estado de ánimo, con mi ritmo lento y tranquilo. Intenté un poco con rock clásico, luego con rock en español. Me gustaba pero no encontraba mi ritmo. De un momento a otro comenzó a sonar en mis oídos el Nocturno Op. 9 Nº 2 de Chopin, y dejé de caminar, me situé en una esquina y quedé estático, mirando todo a mi alrededor. La música de Chopin entraba en mis oídos pero lograba recorrer todo mi cuerpo como si de una suave corriente eléctrica se tratase. Y caí en cuenta. Mientras esa música se fusionaba con mi ritmo, también lo hacía con el ritmo vertiginoso de una Bogotá lluviosa.

Sentía que de alguna forma todos estaban escuchando conmigo esa suave melodía de Chopin. Todos comenzaron a caminar más lento, a dejar sus preocupaciones caer junto con la lluvia, todo parecía más calmado, y entonces lo supe, la música clásica no sólo es para escucharla, es también para transformar tu mundo, para transfigurar la forma en que ves y estás en él. Te cambia el ánimo, se fusiona con tu ritmo, con tu caminar, y de un momento a otro te conviertes en un director de orquesta, y todos los que te rodean son tus músicos, y tú los impregnas con tu ritmo, haces que toquen tu melodía, te vuelves un artista y creas tu propio mundo.

Eso es la música clásica, la oportunidad de encontrar tu propio ritmo. Es convertirte en director de orquesta una tarde cualquiera en una Bogotá lluviosa...

 

* Este texto es producto de la convocatoria realizada desde El Espectador.com para que los lectores escriban sobre diversos aspectos de la vida cultural, en este caso, la Caja Filarmónica, lanzada por la Orquesta Filarmónica de Bogotá a finales del año pasado.

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