Tres comidas en libertad

Esta población de Sucre se libró de la violencia, pero aún no ha escapado de sus secuelas ni del abandono.

En Libertad no hay acueducto ni alcantarillado. No hay calles ni andenes, no hay viento ni agua potable. En Libertad tampoco hay guerra porque ya la hubo. Hay perros, burros y cerdos, hay cultivos de arroz y yuca, hay tierras fértiles que no son de los liberteños. Tiene casas de bahareque, tiene el mar cerca y está rodeada de montañas. En Libertad hay 7.000 habitantes, la mitad son niños y la otra mitad sobrevivientes.

Salimos del aeropuerto Los Garzones hacia Cereté, compramos el tiquete del bus de Brasilia que partía media hora más tarde y caminamos por el parque principal mientras esperábamos. Nos comimos dos carimañolas que nadaban en aceite y las coronamos con suero atollabuey. El calor comenzaba a enrojecerme la piel y el sudor me bañaba la nuca. En la droguería más cercana compramos un jabón en barra, dos sobres de champú, un paquete de pañuelos y uno de pañitos húmedos. Estábamos listos. Nos montamos al bus y emprendimos camino hacia el norte.

Las tres horas de viaje calmaron el miedo que tenía desde la noche anterior. El día era brillante, el cielo despejado. La sabana majestuosa me invitaba a recorrerla y el miedo se transformó en ansiedad. Pasamos Lorica y San Antero antes de que la sabana se convirtiera en mar. De Córdoba cambiamos a Sucre y dejamos atrás las playas de Coveñas. Llegando a Tolú le escribí a Ralán para coordinar la recogida. Me dijo que los mototaxistas ya habían salido del pueblo y estarían esperándonos. Seguimos nuestro viaje.

—¡San Onofre! —gritó el conductor del bus media hora después.

Nos levantamos de nuestras sillas y bajamos sin saber muy bien a dónde ir. Llamé a Ralán y me dijo que aún se tardaban media hora más porque el pueblo estaba a una hora y media de San Onofre. Mario me miró asombrado.

—¿Tú sí sabes para dónde vamos? —me preguntó.

Intimidada y con un poco de nervios, le respondí con sinceridad que no me habían dicho que fuera tan lejos. Eran las 2:30 de la tarde. Cruzamos la vía en busca de un lugar donde almorzar y encontramos un rancho con dos mesas largas cubiertas por un mantel de cuadros azules y blancos. Dos mujeres gordas cocinaban en un fogón al lado de la carretera. Pedimos agua y nos ofrecieron Kola Román. Después llegó la sopa: un caldo turbio encapotado por el aceite que se separaba en pequeñas burbujas amarillas. Tragué saliva y sumergí la cuchara en la taza. Me lo comí todo a pesar de lo feo que estaba e imaginé lo que me esperaba en la cena. Todo podía ser peor. Tenía sed. Quería agua, pero nos dijeron que sólo conseguíamos gaseosa. Tan pronto como terminamos de comer, dos hombres morenos se bajaron de sus motos y se acercaron a donde estábamos. Nos vieron con los morrales y nos identificaron.

La sonrisa de los dos hombres y su amabilidad me llenó de alegría. No había nada que temer, pensé. Me regañé por tener una imaginación tan trágica y pensar con la mentalidad citadina del peligro latente. Me subí a la moto de Vellanor y me agarré con firmeza a la parrilla trasera. Salimos por la carretera y a unos 20 minutos nos desviamos a mano izquierda por una trocha en cuya entrada decía “Pajonal”. Vellanor comenzó a hablarme. Me indicó que después de Pajonal seguían otros tres pueblos antes de llegar a Libertad. A ambos lados del camino había fincas enormes donde pastaba ganado o donde la maleza y las palmas crecían sin límites. A los 10 minutos pasamos por el primer pueblo. Todas las casitas eran como las pintaba cuando era niña: dos ventanas a cada lado, la puerta en el medio y el techo triangular. La mayoría eran de bahareque, unas de tabla y otras estaban pintadas de colores.

—Aquí hasta los extraños son queridos —me dijo Vellanor con la voz temblorosa por los resaltos del camino.

Sonreí detrás de él y me reconforté con su afirmación. Me señaló a lo lejos una antena y me dijo que allá estaba Libertad.

Mientras esquivábamos los huecos y las piedras del camino, empecé a imaginarme el pueblo. Con el material que había leído en los informes de la Unidad Nacional de Víctimas, el Centro de Memoria Histórica y algunos diarios y portales nacionales como Verdad Abierta y El Espectador, sabía que Libertad, corregimiento de San Onofre, fue epicentro del bloque paramilitar Héroes de los Montes de María hasta 2004. Sabía, también, que sus habitantes se unieron para expulsar al grupo armado de su territorio y que por ello son un símbolo de resistencia y reparación colectiva a nivel nacional, que a través de sus costumbres y tradiciones afrodescendientes, como la música, las rondas, los peinados y el baile, reivindicaron la época en que todas esas prácticas fueron censuradas por los paramilitares e hicieron visible la riqueza cultural que los volvió a unir como un solo pueblo.

Me imaginé la estatua de la libertad que tienen en el parque principal y que había visto en fotos. Supuse que todo el pueblo era tan colorido como el parque, que la iglesia era el centro de reunión de los pobladores, que sus casas eran abiertas y la gente se mecía en los zaguanes durante las tardes.

No tuve tiempo de seguir construyendo el pueblo en mi mente. Habíamos llegado. Las calles eran iguales a las del camino, sin pavimento y pedregosas. Cruzamos el parque principal. Seguimos derecho y pasamos frente a un par de casas coloridas, como me las había imaginado. Vellanor frenó en seco frente a una cerca de madera y se quitó el casco.

Me bajé de la moto y sentí el calor asfixiante. El cielo de Libertad no tiene nubes y los rayos del sol te hacen hervir por dentro. Mi garganta estaba seca. Entramos a través de la cerca y nos encontramos con dos ranchos grandes anclados sobre la tierra. Un montón de ropa pendía alrededor de las enramadas y le daba color al entorno de tonos marrón. Luis Miguel Caraballo, conocido por todo el pueblo como Ralán, salió a nuestro encuentro. Con él había hablado desde Bogotá, pero no me lo imaginé tan joven. Era alto, delgado, moreno, de unos 22 años, con un ojo apagado. Nos saludó y nos dio la bienvenida a la casa de Isabel Martínez.

Hablamos con la mujer, cuentera, cantadora y madre de 16 hijos. En la enramada de su casa había tantos niños como animales. Cerdos, burros, chivos, pavos y perros jugaban con los 23 niños que me miraban como si mi piel blanca fuera una revelación. Nos sentamos a oírlos cantar y más tarde salimos a la escuela a ver su taller de danza. Todos sonreían felices bailando con los tambores.

En Libertad, la mayoría de las mujeres fueron violadas, los homosexuales fueron humillados, los animales fueron la moneda con la que se pagaban las vacunas, los favores y los caprichos de alias el Oso y sus subordinados. Las fincas fueron invadidas, los cultivos mermaron y la cotidianidad se vio regida por las normas que impusieron los paramilitares.

Después de la clase de baile caminamos a oscuras por las calles, de vuelta a la casa de Isabel. Teníamos mucha sed, no habíamos tomado sino café desde que llegamos. En la casa nos tenían servida la comida. Isabel y su hija, Nergina, se habían quedado preparándola mientras nosotros estábamos en la escuela. Nos sentamos a la mesa y clavé mis ojos en la comida. Un pescado, cuatro patacones y una montaña de arroz con fríjol verde que equivalía a unos seis pocillos para cada uno. Me aterré de ver la cantidad de comida y empecé a cucharear el arroz. La sed no me dejaba tragarlo fácilmente porque estaba seco. Como si me hubiera entendido, Nergina sirvió una jarra de jugo de guayaba en el centro de la mesa. Me tomé dos vasos a tiro sin importarme la calidad del agua que bebía. Comíamos solos, los demás nos miraban. Los niños se hicieron a mi alrededor y me sentí incómoda frente a ellos. Les ofrecí patacones. No pude comerme sino la mitad del arroz y cuando iba terminando el pescado llegaron dos mujeres con una paila de pescados frescos. Se sentaron con Nicolás, el esposo de Isabel, y le vendieron algunos. Mario me abrió los ojos al otro lado de la mesa como queriendo decirme algo. Lo miré y le alcé las cejas.

—¿Qué pasa? —le susurré para que no nos oyeran.

—¿Viste los pescados que compraron? Son los mismos que nos estamos comiendo.

—¿Y qué pasa? —le pregunté.

—Es el barbudo. El que se come la mierda.

Lo miré con angustia. En Colombia, hasta los peces han sido víctimas de la guerra y se han acostumbrado a comerse los muertos que bajan por los ríos. Por ejemplo, recordé una historia que leí en El Tiempo sobre los habitantes de orillas del río San Juan, en Chocó, que no volvieron a comer barbudo porque cuando los tajaban encontraban gusanos y esa era una señal de que habían comido muerto. En el resto de los ríos, el pez tiene fama de comerse la mierda que va a dar al agua. Mi mamá me contaba que en el Atrato los veía saltar para atrapar los bollos que caían en picada desde las casas elevadas sobre el río. Tragué saliva. Agradecí la comida y le dije a Nergina que necesitábamos comprar agua. En medio de la penumbra del rancho, su sonrisa blanca iluminó el recinto, levantó los platos de la mesa y nos dijo que nos acompañaba a la tienda del parque.

Caminamos por el pueblo mientras escuchamos a Nergina hablar de los abusos de los que fue víctima. Compramos diez bolsas de agua porque en el pueblo no hay acueducto y el agua con la que cuentan los liberteños reposa en tanques donde conviven larvas, insectos y hojas. Regresamos a la casa y salimos a donde Ralán para pasar la noche.

Al acostarnos en la cama volví a tener miedo. Tuve miedo de los militares que rondaban el pueblo y sabían de mi visita. Tuve miedo de lo que me contó Ralán en algún momento del día: que en la época del conflicto todo el que llegaba de afuera era desaparecido para que no dijera nada. Cerré los ojos, pero cualquier ruido me inquietaba. Pensaba en no estar viva al otro día, pensaba en los horrores que se han cometido en el país, en las violaciones, en la historia de Nergina. Me atemorizaba sentir esa zozobra que han sentido por tantos años los liberteños y me sentí abandonada en el mundo, perdida y sola, tal y como deben haberse sentido tantas poblaciones de Colombia. Cantó un gallo y me consoló saber que pronto amanecería. Al fin me dormí.

La voz de Ralán me despertó. Fui al baño y encontré tres arañas inmensas. Me devolví corriendo y le dije a Mario que entrara él primero. Luego me bañé como pude con la totuma mientras controlaba con la mirada el movimiento de las arañas. Salimos con Nergina y fuimos a la casa de Isabel a desayunar. Un plato de las mismas dimensiones que el de la cena nos esperaba en la mesa: patacones, buñuelos de maíz dulce y un vaso de chicha de arroz. Comí hasta donde pude y el resto se lo di a Dana y a Yélani. En la cocina los cerdos olfateaban las ollas y las gallinas picoteaban sobre las mesas. Rogué en vano por que lo que me estaba comiendo no hubiera sido rozado por el hocico de ningún animal.

Afuera, los niños pilaban el arroz del almuerzo y lo venteaban en totumas mientras entonaban canciones. Salimos a caminar por el pueblo y conocimos a sus líderes comunitarios, sus historias, los lugares donde se asentaron los paramilitares y los proyectos que están por realizarse. Supimos que la comunidad planea una marcha pacífica hasta Sincelejo para protestar por los programas que les ha prometido el Gobierno para resarcir los daños y los crímenes que se cometieron contra el pueblo.

Volvimos hacia el atardecer y la comida estaba lista. Un caldo de hueso humeante con arroz recién pilado y una jarra de agua de maíz nos esperaba sobre la mesa. Comí aún cuando no tenía hambre y con la plena conciencia de que llegaría a Bogotá con amibiasis. Al lado, un niño bogaba agua del tanque estancado y yo pensaba en todas las defensas que los pueblos marginados de Colombia desarrollan para sobrevivir.

Me dieron ganas de orinar. En la casa de Chavela no había baño. Me dijo que fuera atrás del corral y orinara por ahí. Le hice caso y caminé alumbrando el camino con mi celular. Pasé por debajo de la ropa que colgaba y llegué al sitio que me había indicado. Un niño de cuatro años estaba acurrucado haciendo popó. Lo vi y seguí de largo. Antes de agacharme, una rana blanca saltó cerca de mí y casi me arrepiento de orinar. Vi que el niño que estaba delante se levantó y se subió la pantaloneta sin limpiarse la cola. Pensé en cuántos niños de la casa había cargado sobre mis piernas y había tomado de las manos. Cuando ya caminaba de vuelta, uno de los perritos de la casa llego al baño comunal y olfateó la mierda del niño. Luego se la comió.

Antes de despedirnos de Libertad y de todos los que nos recibieron, le pregunté a Ralán qué significaba la paz para él.

—Para mí la paz no es más que un entorno donde todos somos bienvenidos, donde todos buscamos el bien común, donde somos felices, donde la tristeza no es ocasionada por armas. Yo digo que la paz es amor, la paz es un entorno y es un entorno para vivirlo.

En Libertad se liberaron de la violencia, pero aún no han escapado de sus secuelas ni del abandono. Si la paz es un entorno para vivir y no para sobrevivir, entonces todavía faltan recursos para la paz de Libertad. Desde entonces, las tradiciones, la economía, la estructura social y hasta la gastronomía han sido dictadas por la guerra.