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Cultura 16 Jun 2013 - 9:00 pm

Quinta entrega de Arte Siglo XXI

Un cuerpo que baila

Radiografía de la danza colombiana desde la perspectiva de directores y coreógrafos de diferentes compañías nacionales.

Por: Adriana Marín Urrego
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/ Fotoilustración: Heidy Amaya

Ese es el grito que se repite, una y otra vez, desde diferentes voces, con diferentes tonos: no hay apoyo para la danza, no alcanza, no es suficiente. El grito recorre el país, las ciudades, los escenarios, las tendencias. Es uno de las primeros temas que se tocan cuando se habla de la danza en Colombia. Para los artistas es inevitable, tienen que decirlo. Eso es lo que viven todos los días.

Bogotá, Cartagena, Medellín, Chocó. Danza clásica, danza contemporánea, danza afrocaribe, danza popular. Son algunas —sólo algunas— de las cabezas que se levantaron. Pero vamos por partes, sin pretender abarcarlo todo, centrándonos en ciertas voces para intentar entender —un poco— lo que está pasando en danza en el país.

Bogotá. Ballet Anna Pavlova. “En danza no estamos yendo para adelante, estamos yendo para atrás. No con relación a la calidad de las obras que se montan sino al apoyo que se recibe para montarlas”, dice Ana Consuelo Gómez, su directora. Y es que lo vive, en carne propia, todos los días. Para ella el problema es la extranjerización: “Considero que el apoyo estatal y el de la empresa privada están más dirigidos a favorecer a los grupos de otros países y los vínculos con el exterior que a fortalecer los vínculos con el interior”, dice. Gómez crea espectáculos para que la gente vaya, vea y se emocione. Y la gente va, por supuesto, pero no lo suficiente. Muchas veces prefieren a las compañías extranjeras, no porque sean buenas ni mejores. Las quieren por eso, por ser extranjeras. El Ballet Anna Pavlova recibe ayuda del Gobierno en su temporada de fin de año, para nada más. El resto del tiempo tiene que buscar patrocinadores, a quienes no siempre les interesa el tema de la danza. Y los teatros siguen cobrando igual, $15 millones por espectáculo, aproximadamente, lo mismo que les cobran a los grupos de afuera. “Pero es que ellos, los extranjeros, vienen a pagar en dólares o en euros y nosotros tenemos que pagar con los pesos que nos ganamos acá”, afirma Gómez. El análisis lo hace Mónica Pacheco, de Ballarte: “Un par de puntas para una bailarina cuesta $300.000, un tutú de ballet profesional puede costar un millón o dos millones de pesos. Entonces nos dan $13 millones para todas las compañías y eso no cubre absolutamente nada”.

Son los apoyos, son los teatros, es el público. Es un círculo vicioso que no acaba. Primero están los estímulos, que son pocos con relación al presupuesto de los espectáculos; luego, los teatros, que son caros para las compañías nacionales, y finalmente está el público, que no asiste (no lo suficiente). Y cuando se habla de público se da la vuelta y se vuelve a llegar al tema del presupuesto. Y al Estado. Al presupuesto porque “la publicidad es la base de los espectáculos grandes y a ti nadie te la regala”, sostiene Gómez. Al Estado porque se necesita educación. En Colombia no existe la cultura de la danza, no se ha entendido como un lenguaje diferente, no se conoce, no es masiva. Aunque ya hay compañías que se han puesto en la tarea, crear una cultura dancística, según Pacheco, toma años: “Se necesitan proyectos de más impacto social”, sostiene.

Tino Fernández, director de la compañía L’Explose y del Festival de Danza Contemporánea Impulsos, tiene una opinión diferente con respecto a la creación de públicos. Piensa que, aunque todavía queda mucho por construir en comparación con el teatro y otras artes, la gente va acostumbrándose, de a poco, a ver danza. “Lo experimentamos en el festival”, afirma, “vamos en la tercera versión y de la segunda a la tercera el público aumentó en un 40%”. Es consciente de que no hay suficiente financiación y sabe que desempeñarse en este arte implica una lucha constante, pero mira las cosas desde otra perspectiva: “En Colombia no hay mucha ayuda para la danza. Eso hace también que la ‘política del rebusque’ haga que surjan nuevas cosas, nuevos proyectos”, dice.

Y eso es cierto. Es en momentos de crisis cuando surgen las mejores ideas. No por nada Ballarte y el Ballet Anna Pavlova continúan ahí, a flote, con esfuerzo pero sosteniéndose en la escuela que lideran. Ballarte sigue firme con la danza clásica, fortaleciendo su reconocimiento en festivales internacionales, y el Ballet Anna Pavlova, además de continuar con su formación tradicional, le ha apostado a la experimentación, a mezclar las dos cosas: el ballet y la danza contemporánea. “En los ballets extranjeros hay una fusión real y total entre la contemporaneidad y el clasicismo. Acá ni los clásicos quieren volverse contemporáneos, ni los contemporáneos aceptan lo clásico. Por eso es todo un mérito haber convencido a 25 bailarines de entrar a un grupo de danza experimental”.

A pesar de la crítica de la extranjerización en los estímulos y en el público, Fernández, Pacheco y Gómez están mirando para afuera a la hora de afirmar la calidad de la danza colombiana. Todos coinciden en que, comparado con otros países, en Colombia se están haciendo cosas de excelente calidad. Pero no se reconocen. No acá, por lo menos. Hay que salir o dejar que compañías extranjeras entren a mirar lo que se está presentando, sólo así se obtiene el reconocimiento. Nadie es profeta en su tierra, según el dicho popular.

“Nadie es profeta en su tierra”, repite Álvaro Restrepo, director del Colegio del Cuerpo, en Cartagena. Pero él no mira para afuera, todo lo contrario. Mira adentro, muy adentro, donde están los bailarines en potencia que no tendrían otra manera de conocer la danza como oficio: él baila con los muchachos de los sectores populares y crea, con ellos, espectáculos de danza contemporánea. Aunque Cartagena no sea una buena plaza, como dice él, lo llaman de Medellín, de Bogotá y de Cali para que se presente, con sus muchachos, en esas ciudades. Ha ganado reconocimiento en el país por su labor y por la calidad de su trabajo. Y, aunque conseguir recursos para cubrir la totalidad de las necesidades aún sigue siendo difícil “una lucha sin cuarteles”, afirma, la suya es de las pocas organizaciones reconocidas, por su labor, como de impacto nacional. Por eso recibe apoyos, mientras se puede.

Porque el Estado sí está buscando hacer cosas en ese sentido, a pesar de que la implementación de las políticas no se sienta tan fuerte. Cuenta Ángela Beltrán, coordinadora de Danza del Ministerio de Cultura, que, además de las convocatorias por creación, se han ampliado las posibilidades para que las compañías colombianas puedan participar en festivales nacionales e internacionales de larga trayectoria. También existen estímulos para el desarrollo de redes colaborativas en la parte de formación y de dotación de insumos básicos: pisos, barras y sonido. “Todo para que las escuelas dignifiquen sus espacios”, sostiene Beltrán.

Y entonces se oye un grito, por allá, en el Pacífico. Es el de Rafael Palacios, director del grupo Sankofa, de Medellín. Se mueve entre los dos lugares gracias a que lidera un proceso de “formación a formadores” en el Pacífico, en convenio con el Ministerio de Cultura. Por eso grita. Porque ve, desde su experiencia en ambas regiones, la realidad de muchos grupos que no tienen acceso a las becas de creación. “Hay parámetros en esas convocatorias que, tal vez, no son tan flexibles o que no permiten que ciertas comunidades puedan acceder a estos recursos. Yo creo que si bien es primordial entregar estos estímulos, también es importante pensar desde la región, desde lo local; allí se demuestra que hay muchas maneras de construir danza en Colombia”, sostiene.

La danza, entonces, atraviesa todo el país. Va desde los grandes teatros en las ciudades hasta llegar a la periferia, en algún lugar, cerca de alguna playa, donde un grupo talentoso baila sin poder tener acceso a los recursos. Se están haciendo cosas, es cierto. Los festivales ayudan en la visibilización de grupos, en la creación de públicos, y el ministerio motiva con políticas. Pero falta. Bastante. “Yo creo que en Colombia hay una danza que vive, que pervive, a pesar de la soledad con la que los autores, los maestros y los sabedores de estos conocimientos trabajan para ello”, dice Palacios. Aun así se baila. Con el propio cuerpo. Con la propia voz.

[email protected]

@adrianamarinu

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