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Cultura 28 Feb 2013 - 10:00 pm

Aniversario del Museo de Arte Moderno de Bogotá

Un museo a los 50

Dos curadores cuentan las experiencias de sus años de trabajo con el Mambo.

Por: Adriana Marín Urrego
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Exposición de Alexander Calder en la sede del edificio Bavaria. / Cortesía Mambo

Eduardo Serrano había acabado de llegar de Estados Unidos cuando entró como curador del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Entró a desempeñar esta función por escogencia propia, porque lo invitaron a trabajar y le preguntaron cómo quería participar: “Yo quiero ser curador”, dijo cuando nadie en Colombia sabía lo que era eso. “Pensaban que era curandero”, cuenta, “me preguntaban, incluso, que yo qué curaba”. Tenía los estudios y conocía de museología internacional, fue por eso que Gloria Zea, ya directora en ese entonces, pensó en él. Cuando empezó con sus labores, las obras que se tenían en la colección no eran muchas, pero eran. Fue el primer curador que tuvo el Mambo y que tuvo el país.

Gloria Zea estaba concentrada en potenciar lo que Marta Traba había dejado iniciado. Traba, de Argentina, había llegado años atrás a la dirección con la idea de convertir el museo en un lugar que difundiera las obras de los artistas más representativos en el terreno nacional y el internacional. Era 1962 y Colombia ya tenía una historia de arte qué contar, sólo que no había una institución que la contara. Antes de Traba se había intentado, a través del movimiento de numerosos papeles legales, tener una sede propia, pero no se había conseguido nada. Traba tomó entonces la decisión de iniciar un museo sui géneris, sin obras y sin sede, sin nada. No muchos se hubieran atrevido a seguir esa iniciativa.

En la historia de los museos más importantes del mundo no se dejan cabos sueltos y no existe evidencia de que se hayan tomado riesgos semejantes. El Louvre, en París, se fue creando lentamente con las colecciones de la monarquía francesa y el esfuerzo, más adelante, de los hombres de la Ilustración. El recinto ya existía y las obras fueron llegando sin esfuerzo. En el Museo Británico la cosa fue relativamente distinta: la colección estaba primero. Fue una donación de la colección privada de Hans Sloanal al Estado británico, expuesta en una casa, para empezar.

Si hay alguna entidad cuya historia se parece a la del Mambo es la del MOMA de Nueva York, que inició con pocos cuadros y sin sede propia. Los dos son museos de arte moderno; la diferencia es que los creadores del segundo eran multimillonarios neoyorquinos en un país, si se puede decir, benévolo con la cultura. En Colombia no existe y no ha existido tal interés, ni multimillonarios en tal medida, lo que hace que las apuestas en su dirección sean más exigentes.

Cuenta Eduardo Serrano que, durante los 20 años en los que trabajó allí como curador veía cómo Gloria Zea lograba reunir todos los recursos necesarios para sacar la institución adelante. Cuenta cómo se hacían rifas y comidas para buscar el apoyo de la empresa privada. Cuenta que alguna vez hicieron un afiche con un ladrillo, pintado por Santiago Cárdenas, en el que se leía: “Done un ladrillo al Museo de Arte Moderno”. La gente compraba el afiche y ellos compraban ladrillos. Mientras tanto, Rogelio Salmona trabajaba en el diseño de la estructura: “El museo fue construido por la comunidad”, dice Serrano.

De esa comunidad también hacía parte la empresa privada, que fue la que ayudó, en gran medida, a que el MAM abriera su primera sede en la carrera Séptima con calle 23. Luego de estrenar la sala con una exposición de Juan Antonio Roda, funcionó por año y medio, recibiendo muestras de distinguidos artistas, fotógrafos y escultores. Ni el espacio ni los fondos privados alcanzaron, sin embargo, y el museo dejó de ser sostenible en ese lugar. Fue entonces cuando la Universidad Nacional le abrió sus puertas.

A pesar de la nueva ubicación, continuó con su filosofía inicial: dar a conocer a los artistas colombianos más importantes y presentar a los internacionales sin dejar, por supuesto, de dar apoyo a artistas jóvenes con exposiciones que permitieran mostrar su evolución. En ese momento la relación era recíproca: el museo aportaba una programación adecuada de aprendizaje artístico y la universidad ofrecía una audiencia joven, sin prejuicios.

Lo que vino después parece sacado de una película policíaca: problemas políticos y estudiantiles en la universidad y en el país, Marta Traba expulsada de Colombia por criticar el hecho de que el ejército estuviera dentro de predios universitarios y Gloria Zea —desde su nueva posición como directora— rescatando las obras de arte por el techo de un edificio destruido, mientras que en la parte baja se libraba una guerra entre los estudiantes y la policía.

Las obras se salvaron y el museo comenzó de nuevo en el primer piso del edificio Bavaria. Luego se pasó a un salón en el Planetario. Cuando estuvo lista la sede construida con ladrillos donados, la sede actual, pasaron las piezas una por una a su nueva casa que las ha acogido hasta hoy, cuando celebra el aniversario número 50. “Yo creo que las obras ya pasaban de 1.000 y había que trasladarlas a esta nueva sede, cosa que se hizo en su mayor parte a pie, atravesando el Parque de la Independencia”, afirma Serrano.

Los retos fueron cambiando con el tiempo. Para Eduardo Serrano el desafío fue iniciar la curaduría en un museo que apenas se estaba formando; para María Elvira Ardila, curadora actual, ha sido actualizar el registro y el inventario de obras que ya asciende a 4.500. El uno y la otra lograron su cometido. Gracias a su contribución y a la dirección de Gloria Zea, ahora existe un museo sólido y un libro de su colección en el que, de manera ordenada, se presentan todas las obras que posee la institución.

El problema, sin embargo, vuelve a ser el mismo: el espacio. Ya no hay lugar para guardar tantas piezas y, mucho menos, para mostrarlas todas al mismo tiempo, como se quisiera. En la exposición que comenzó ayer, dentro de la celebración de sus 50 años, y que abarca todo el edificio, sólo se alcanzan a exponer 400 obras, un 10% del total. Por eso se planea construir una nueva sede, justo al lado, cuyo diseño dejó Rogelio Salmona antes de fallecer. ¿Habrá que pedir, nuevamente, donación de ladrillos?

Eduardo Serrano y María Elvira Ardila, él al comienzo y ella al final de una línea que se sigue extendiendo, se sienten orgullosos de haber sido partícipes del crecimiento de un museo tan importante para el arte en Colombia y de haber sido parte de su historia. Ellos contaron lo que no aparece en los libros de arte, el subtexto de las fechas y de los eventos: la parte humana.

Museo de Arte Moderno de Bogotá, MAMBO, Calle 24 No. 6-00. Teléfono: 2 86 04 66. Más información en: www.mambogota.com

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F.L.Olmstead

Vie, 03/01/2013 - 09:39
La República de Colombia y la ciudad de Bogotá deberían ser mas agradecidos con El Museo de Arte Moderno de Bogotá y especialmente con su directora Doña Gloria Zea, y financiar la obra de ampliación del museo y ayudar significativamente en su sostenibilidad económica y su mantenimiento.Esos costos son exhiguos respecto al presupuesto de la Nación y de la ciudad y en cambio serían un aporte muy valioso a la paz y a la cultura del país. Es una suerte que los colombianos podamos contar con una institución como el MAMBO y que tenga una historia de 50 años que contar gracias al liderazgo de una mujer tan importante para la cultura nacional como Gloria Zea
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