Un país en exhumación perpetua

En la capital de Egipto, el Museo de Antigüedades reinició la catalogación de sarcófagos y momias y reabrió el Museo Islámico, semidestruido en un atentado de 2014.

El Museo Egipcio, que contiene el legado de Tutankamón, visto desde la histórica Plaza Tahrir. Será remodelado con un jardín faraónico.  / Foto: Nelson Fredy Padilla
El Museo Egipcio, que contiene el legado de Tutankamón, visto desde la histórica Plaza Tahrir. Será remodelado con un jardín faraónico. / Foto: Nelson Fredy Padilla

La profesión de egiptólogo, dominada por estadounidenses, británicos y alemanes, tiene futuro. Se comprueba aquí con el más reciente anuncio del Ministerio de Antigüedades, que el turista promedio no entiende en pleno siglo XXI: que están lejos de terminar la exhumación de momias de las tumbas descubiertas en las necrópolis de esta nación de más de 7.000 años de antigüedad y que en el sótano y las bodegas del Museo Egipcio —palacio de color rosa en uno de los costados de la famosa plaza Tahrir— hay 600 sarcófagos que no han sido estudiados ni expuestos por falta de presupuesto.

Como a esas zonas del museo no hay acceso a neófitos ni permiso para tomar fotos, el Gobierno difundió imágenes donde se ven ataúdes en el piso y en estantes, unos entre cajas y otros apenas cubiertos por bolsas de plástico transparente. Se ven completos, tanto el correspondiente sarcófago tallado en granito y su tapa esculpida con aves al vuelo como los cajones de madera depositados en su interior por tratarse de personajes de distintas dinastías, sus familiares y una sacerdotisa de la dinastía XXI, mil años antes de Cristo.

La revalación la hizo Moamen Ozman, jefe de conservación del que es considerado uno de los museos más valorados del mundo por contar con la mayor colección de arte faraónico: no menos de 100.000 piezas.

Dentro de este centro de Patrimonio de la Humanidad, la joya mayor es el tesoro mortuorio de Tutankamón, descubierto en 1922 por el egiptólogo inglés Howard Carter en el Valle de los Reyes, región de Luxor, al sur de esta capital. Para hacerse una idea de la crisis económica que afronta Egipto, la máscara de oro y joyas, elaborada tras la muerte del pequeño rey en el año 1327 antes de nuestra era, fue dañada durante una reparación de luces en 2014 por un golpe que causó el desprendimiento de la barba simbólica y apenas ahora está terminando de ser restaurada, pues la habían adherido con pegante común, causando graves efectos en la artesanía. Egiptólogos alemanes consiguieron 50.000 euros para la tarea.

También en este invierno egipcio, los restauradores locales terminan los arreglos de una veintena de piezas semidestruidas por manifestantes y ladrones el 28 de enero de 2011, durante la llamada Primavera Árabe que desde esta plaza revolucionaria acabó con el régimen de Hosni Mubarak. Otro tanto se perdió. El problema es que para el actual Gobierno, en cabeza del comandante del Ejército, general Abdul Fattah al Sisi, la prioridad no es la cultura sino la estabilidad económica y la lucha contra el terrorismo.

El beneficiado fue el cercano Museo de Arte Islámico —la decana colección de arte islámico del planeta, con piezas traídas desde China hasta España—, afectado el 24 de enero de 2014 por la explosión de un carro bomba que estacionaron junto a la comisaría del centro de El Cairo y cuyo acceso hoy parece una trinchera de guerra.

Como un gesto de que no cederá ante este tipo de ataques de extremistas religiosos, el Gobierno lo reabrió el pasado 19 de enero con estas palabras del ministro de Antigüedades, Jaled al Anani: “Esta inauguración encarna la victoria de Egipto sobre el terrorismo y su capacidad y voluntad de reparar lo que el terror dañó y enfrentarse a los intentos de destruir su patrimonio”.

En el Museo Egipcio claman por mejor presupuesto para desentrañar más misterios de los rituales de embalsamamiento y momificación del antiguo Egipto. En el museo de Mit Rahina, afueras de El Cairo, empieza uno a entender la dimensión de lo que Ozman dijo en la rueda de prensa, a acercarse a la mente de escultores pioneros que, como escribió Ernesto Sabato en Hombres y engranajes, “creaban obedeciendo a otra visión del mundo, a otra metafísica”.

En la que fuera la necrópolis de la ciudad de Menfis están las piezas que dan cuenta de la importancia que tenían para aquellos egipcios el fin de la vida y el tránsito a la inmortalidad. Luego de ver la colosal escultura de 120 toneladas del faraón Ramsés II queda uno listo para asimilar el significado de los grandes cementerios que rodean las pirámides y cuyas tumbas los egiptólogos reportan haber descubierto y estudiado un poco más de la mitad. Falta lo que hemos visto en documentales de Nat Geo y Discovery multiplicado por dos.

El caos de este país de monarquías y revoluciones se refleja en el desorden de los depósitos del Museo Egipcio evidente a través de las fotos liberadas por el Ministerio de Antigüedades. Hay sobres con cerca de 200 papiros jamás estudiados y en peligro de desintegración. El propio director admite que hay tantos objetos guardados que no tiene una cifra exacta de existencias.

Por ahora, entre 2017 y 2018, los 600 sarcófagos serán catalogados por 35 egiptólogos locales y una docena de norteamericanos, británicos e italianos. En 2019 pasarían a salas de exposición, porque primero deben fotografiarlos, documentar uno por uno, conservarlos y restaurarlos, en especial 20 que tendrían daños estructurales.

Acá el desentierro de la historia no da tregua. Cada año se reciben notificaciones de hallazgos que pasan a ser estudiados por el ministerio para ver si son dignos de hacer parte de este edificio neoclásico del Museo Egipcio, abierto en 1902. Los más recientes muestran la importancia de lo que permanecía bajo las arenas y rocas: en diciembre de 2014 los egiptólogos descubrieron el sarcófago y la momia de una cantaora del dios Amón, de hace unos 3.000 años; a finales de 2015 encontraron el sarcófago de Ankh-f-n-khonsu, un sacerdote de esa época; a mediados de 2016 se develó la historia de Sattjeni, una gran dama de finales de la dinastía XII enterrada en un pozo de la colina de Qubbet el Hawa, en la sureña ciudad de Asuán. Embalsamada, estaba envuelta en lino y puesta en un ataúd de madera de cedro libanés. Su momia es trascendental para entender la historia de la estirpe de los “gobernadores de Elefantina”.

Entre tanta riqueza cultural, quienes también viven atentos a la oportunidad son los cazatesoros, saqueadores y contrabandistas de arte egipcio, uno de los mercados negros más valorados en el mundo. Hasta el famoso egiptólogo egipcio Zahi Hawass, llamado el “Indiana Jones egipcio”, protagonista de documentales y películas, y quien fuera secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades del gobierno egipcio desde el 2002 y ministro de Antigüedades de la dictadura de Hosni Mubarak, fue acusado de ayudar a esas bandas. Lo absolvieron en 2014 por falta de pruebas.

Otro frente tiene que ver con la recuperación de piezas en el extranjero. El gobierno insiste en sus reclamaciones internacionales para que Inglaterra y Alemania devuelvan a su país originario la piedra de Rosetta y el busto de la reina Nefertiti.

Viendo esta cultura inconmesurable, uno se pregunta por qué las autoridades locales no invierten más en conservación, educación y promoción turística. La infraestructura por la que el visitante pasa es básica y deteriorada. Los turistas disfrutemos sin mayores controles por obra y gracia del espíritu folclórico de los promotores formales e informales.

En el ministerio me dijeron que están terminando el programa Scan Pyramids, basado en termografía infrarroja asistida por japoneses, para escanear todas las pirámides y revelar nuevos secretos de su construcción, así como posibles fallas estructurales.

Entre 2018 y 2020 se contempla un gran plan de mantenimiento de estas áreas cercanas a El Cairo. En inmediaciones de las pirámides de Guiza construirán, si el presupuesto y la ayuda internacional permiten, el Gran Museo de Egipto en un espacio de 120 hectáreas a las que trasladarían legados como el de Tutankamón, sin menospreciar al céntrico Museo Egipcio, al que se le añadirán atractivos dignos del turismo de hoy, como un crucero por el río Nilo y un paseo por un jardín botánico faraónico.

Mucho dependerá de la codicia que siempre ha rodeado el tema. Está latente durante la noche 566 de las anónimas Mil y una noches, en el capítulo del séptimo viaje de Sindbad el marino y en la historia de Alí Babá y los 40 ladrones, y al final, pensando en la muerte, se invoca al “aniquilador de los palacios y el constructor de tumbas”. El nobel de literatura portugués, José Saramago, dijo en Bogotá en 2007 que entre las naciones que más respetaba estaba Egipto, por el profundo respeto a sus cadáveres y a su memoria, y que la Colombia en trance de “vomitar sus muertos” debía mirarse en culturas como esta.

Tags