Un tortuoso recorrido

Partiendo de la introducción de América Ferrari a la ‘Obra poética’ del poeta peruano César Vallejo, publicada y comentada en Colección Archivos, contamos la historia de los tropiezos en el proceso de publicación de una obra que casi se pierde en el camino.

César Vallejo es uno de los más grandes poetas latinoamericanos del siglo XX. También fue profesor, traductor y periodista.

Vallejo tuvo mala suerte en lo que concierne a la publicación de su obra: murió en 1938 sin ver gran parte de ella publicada, salvo los poemas que aparecían en revistas, y aunque Los heraldos negros tuvo éxito entre la crítica, nunca fue reeditado mientras el poeta vivió. Luego de una primera edición en 1919, tuvieron que pasar treinta años para que fuera reimpreso en 1949.

Trilce, en cambio, se perdió en un principio, y luego revivió en 1930 con una segunda edición a cargo de “los hados benéficos”, un grupo compuesto por Gerardo Diego, José Bergamín y Juan Larrea que, preocupados por rescatar a Vallejo, se encargaron de reeditarlo y así sacar a la luz una obra rica y enigmática. Sin embargo, según Ferrari, su labor no fue del todo benéfica, pues a veces le “metieron la mano” a la obra, alejándola en ocasiones de las versiones originales de algunos poemas –pues durante mucho tiempo algunas estuvieron perdidas–, poniendo títulos inventados y trastocando el orden.

La primera edición de España, aparta de mí este cáliz desapareció, y sólo unas décadas después fue descubierta en un monasterio y publicada en facsímil por Julio Vélez y Antonio Merino. En lugar del texto de la primera edición, antes circulaba una edición de la viuda de Vallejo, Georgette, y Raúl Porras, que se difundió desde París. El problema de esa edición era que los poemas estaban ordenados arbitrariamente, y contenía, en un solo volumen, otros poemas póstumos que se publicaron por primera vez con un título inventado por los editores, Poemas humanos, y con muchísimas erratas, reproducidas y aumentadas en reimpresiones posteriores.

Por treinta años, desde la muerte del poeta, los originales de los poemas póstumos quedaron ocultos, hasta que la viuda decidió publicarlos en facsímil en la edición Moncloa de 1968. En esa edición aparecen todos los poemas, pero barajados de nuevo, en base a una incierta. Esa nueva edición, que también tuvo un título imaginario, Poemas en prosa, fue la que difundió por el mundo los poemas de Vallejo a lo largo de veinte años o más. Mientras tanto, Larrea creaba otra edición, en 1978, con otros títulos y otra cronología.

Como si eso no fuera suficiente, una parte de los originales mecanografiados del poeta y algunos manuscritos estuvieron desaparecidos hasta la muerte de Georgette Vallejo, en 1984.

Por eso, la edición de Colección Archivos de 1988 se propuso, en un momento en que todavía había mucha confusión alrededor de la obra de Vallejo, hacer una nueva edición crítica, tratando de comparar las ediciones príncipe, los manuscritos rescatados, las muchas versiones de un mismo poema, los muchos poemas publicados tanto en compilaciones como en revistas.

Se trató entonces de un esfuerzo verdaderamente crítico e investigativo: partiendo de los materiales disponibles, cotejando ediciones, examinando las pocas primeras versiones existentes y justificando las clasificaciones en la medida de lo posible, se hizo una presentación de la obra poética que, en lugar de ocultar las incertidumbres que subsisten, las puso en evidencia.

Pero el trabajo todavía continúa. La obra de Vallejo todavía se sigue reeditando, corrigiendo, actualizando y estudiando a profundidad, y seguramente encontramos muchísimas nuevas ediciones en esta versión de la Feria del Libro de Bogotá.

Esta historia nos permite pensar sobre el concepto de originalidad. ¿Por qué ir hacia atrás, por qué la necesidad de encontrar el origen? ¿Qué significa tener claridad sobre lo que Vallejo quería, sobre lo que Vallejo pretendía hacer con su obra? ¿Por qué sigue siendo tan importante remitirnos al autor y sus intenciones –por demás imposibles de determinar, por infinitas razones– para leer su obra? ¿Acaso él mismo tenía completamente claro el orden en el que quería organizar sus poemas, o incluso, sus formas y palabras definitivas? ¿Acaso importa verdaderamente la cronología? No tener certeza sobre todo esto ¿afecta en algo nuestra manera de leer y recibir la obra?

Creemos que acercándonos al autor y a su voluntad tendremos claridad; cuando la claridad, la unidad, la definida identidad, ni siquiera existe en nosotros mismos. Me pregunto qué sucedería en un mundo en donde leyéramos textos sin firma, sin importar de dónde provienen, quién los escribió, cuándo fueron escritos. Me pregunto qué pasaría si a todos los miles de libros de esta Feria del Libro les quitáramos los nombres. ¿Caos total?

 

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