Versión número 14 de la Documenta

Una mujer llamada Tom

Martha Gertrud Freud pintaba, escribía y dibujaba libros para niños. A los 15 años decidió que no abandonaría su vocación literaria por los prejuicios de su época y utilizó un nombre de hombre para publicar su obra.

La artista con su hermana Lily. En ese entonces se hacía llamar Tom Seidmann-Freud. Documenta 14

Martha Gertrud Freud era esencialmente una artista. Decía su tío, el célebre Sigmund Freud, que la excéntrica hija de Moritz y de su hermana Mitzi estaba “un poco loca”. El filósofo, ensayista y crítico cultural Walter Benjamin la describía como una mujer de “mente profunda y mano ligera”. Para el historiador y filólogo Gershom Scholem era genial, “pintorescamente fea” y de presencia inolvidable.

Dicen que fumaba mucho y comía poco. Que un grupo de intelectuales y artistas de Múnich, donde fue a vivir después de la Primera Guerra Mundial, la recibió con los brazos abiertos. Que cuando tenía 19 años se encerraba en su cuarto durante largas horas. Arropada por una espesa bruma de humo, entre calada y calada, Martha Gertrud Freud pintaba, escribía y dibujaba libros infantiles. Conejos y ranas, un gato en el tejado, un carrusel con banderín, niños jugando, niños leyendo. Dibujos trazados con líneas simples, con colores pasteles y cierto toque surrealista. Su formación artística, primero en Londres y después en la escuela del Museo Real de Artes Aplicadas de Berlín, incluyó estudios de diseño gráfico, tallado en madera, pintura decorativa, impresión en piedra y repujado en cobre.

Lo supo desde muy joven: escribir no era una apuesta fácil para una mujer de su generación. Martha Gertrud Freud nació en Viena en 1892. Pertenecía a una acomodada familia judía que se estableció en Berlín cuando ella tenía 15 años. Allí empezó a publicar sus poemas y, de vez en cuando, a vestirse como un hombre. Creía que unos buenos pantalones y un nombre masculino la ayudarían a lidiar con los prejuicios. Que una mujer escritora fuera considerada un peligro público no impediría que siguiera su vocación literaria. Empezó a firmar sus trabajos como Tom Freud. Después, como Tom Seidmann-Freud.

Seidmann era el apellido de su esposo, el escritor y periodista Jakob (Yankel) Seidmann. Se conocieron en 1921. Un año después tuvieron una hija y fundaron una editorial de libros infantiles: Peregrin. Su primera publicación, El viaje del pez, cuenta la historia de un niño que se sumerge en las profundidades del mar a lomos de un pez que le descubre un mundo sorprendente. Seidmann-Freud, autora de La pequeña hada, El barco mágico y El jardín del dolor, entre otros títulos, tenía tres hermanos: Margit, Lily y Theodor, que era su debilidad y murió ahogado en 1922.

Coincidiendo con la publicación de El viaje del pez —que Seidmann-Freud dedicó a la memoria de su hermano—, el poeta y traductor hebreo Chaim Najman Bialik se interesó por que los niños palestinos pudieran aproximarse a la literatura escrita en lengua hebrea. Quiso asociarse con el matrimonio Seidmann-Freud. Fundaron una editorial llamada Ophir y trabajaron en una recopilación de cuentos de Hans Christian Andersen y de los hermanos Grimm: Diez historias para niños. El libro de clásicos infantiles, traducido al hebreo y publicado en 1923, marcó una nueva etapa en la obra de Seidmann-Freud. A partir de entonces, sus historias experimentaron un cambio de forma y fondo. La diferencia entre los niños y las niñas era menos notoria, mientras que las ideas socialistas en las historias fueron más perceptibles.

El proyecto editorial con Bialik fue un fracaso. La crisis de 1929 extendía sus tentáculos alrededor del mundo. Yankel Seidmann había invertido todos sus ahorros en el proyecto, pero Bialik, que se había mudado a Tel Aviv, eludía sus responsabilidades económicas con la editorial y ni siquiera respondía las cartas desesperadas que Seidmann le enviaba. “Mi esposa y yo no ganamos un centavo de Ophir. ¿Dónde está, pues, tu integridad? Te escribí que teníamos que conseguir un préstamo y ni siquiera respondiste a mi carta. Siempre fui muy paciente con los asuntos de Ophir, y ahora estás inventando historias para retener dinero que no es tuyo. No puedo creer que pudieras estropear nuestra relación”, le escribió Seidmann a Bialik en abril de 1925. No pudo soportar la presión. En octubre de 1929, aprovechando que su esposa y su hija Angela habían salido a dar un paseo, Seidmann rodeó su cuello con una cuerda y se colgó de una viga de la casa.

Después de la tragedia, Seidmann-Freud dejó de comer. Le faltaban el aire y las fuerzas. Se fue desgastando hasta convertirse en una presencia ausente. Habían pasado cuatro meses desde la muerte de su esposo cuando tomó la decisión de acabar con su vida.

A partir de 1933, y como parte de la persecución impulsada por los comités de lucha antisemita en Alemania, los libros de autores alemanes de origen judío, y todos los contrarios al pensamiento nazi, entraron en la categoría de “literatura decadente”. “El espíritu antialemán será eliminado de las bibliotecas”, decía el punto 7 de las “12 tesis contra el espíritu antialemán”. La obra de Seidmann-Freud estaba en la lista negra. Los nazis, que intentaron desaparecer sus libros de la escena pública, se salieron con la suya durante mucho tiempo. Por fortuna, su hermana Lily logró conservar algunos dibujos, bocetos y notas de la artista. Los guardó en una caja hasta el día de su muerte, en 1978. Fue Angela, la única hija del matrimonio Seidmann-Freud, quien rescató del olvido la obra de su madre.

Una selección de dibujos, libros y fotografías de Tom Seidmann-Freud puede verse en la exposición que Documenta 14 le dedica en el museo Grimmwelt (Kassel, Alemania) hasta el 17 de septiembre de 2017.

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