"Ni un peso vale mi finca"

Las historias de Esmedo Hernández y Ovidio Giraldo son reflejo de las de muchos cafeteros que debido a la crisis del sector se mantienen en la incertidumbre.

Los campesinos denunciaron durante toda la semana que sus ingresos no les sirven para subsistir mientras la dirigencia cafetera “nada en millones”.  / Cortesía La Patria
Los campesinos denunciaron durante toda la semana que sus ingresos no les sirven para subsistir mientras la dirigencia cafetera “nada en millones”. / Cortesía La Patria

Es el segundo día del paro y el sol golpea como fuego las frentes de los caficultores en huelga. La Marina es un pequeño terraplén a orillas del río Mapa que los habitantes de Santuario, Apía y Pueblo Rico (Risaralda) tienen como balneario. Hay cantinas, restaurantes para viajeros, inspección de policía, capilla y una veintena de casas. Es paso obligado entre Pereira y el departamento del Chocó. El ánimo permanece alto y aunque no se han enfrentado con la policía, los manifestantes saben que en cualquier momento llegará la tanqueta con los antimotines.

Esmedo Antonio Hernández, de 64 años, es uno de los hombres en huelga y explica: “Los caficultores hemos resistido muchas crisis y ha habido épocas en que hemos perdido plata, como en todos los negocios. Pero nunca habíamos pasado por una crisis como esta. Estamos a un paso de aguantar hambre”.

Su historia es la historia común entre los campesinos de esta zona. Heredero de una finca de cuatro cuadras, durante más de 50 años de trabajo logró sembrarla con 9.000 palos de café. Su esposa e hijos le aprendieron el oficio. Recuerda que en 2011 el grano tenía buen precio: pagaban la arroba a más de $100 mil. Pero su cafetal estaba recuperándose de dos inviernos y de la roya. Por eso no pudo aprovechar el momento.

Confiado en que el precio se mantendría, se endeudó por $10 millones para comprar insumos y pagar la recogida de la cosecha. Vino el verano al que se sumó la caída del dólar, y también la pérdida inevitable de dinero: “La semana pasada recogí diez arrobas de café”, explica. “Para eso necesité unos trabajadores y tuve que pagarles a cada uno el jornal de $25.000. Fueron 18 trabajadores. Y recogí ese café a pérdida porque estaba veraneado y otro ya se había desprendido del palo. Pero si no lo recogía, si lo dejaba en el palo, se volvía alimento para la broca. ¡Peor! El caso es que me pagaron la arroba a $40.000 y a fuerza de lidia. Por las cuatro arrobas me dieron un poquito más de $160.000. Haga cuentas: en solo trabajadores pagué $450.000. Y no estoy sumando lo invertido en insumos. Dígame usted cuánto perdí. Y sólo estoy hablando de la semana pasada. Así estoy, así estamos, hace un año largo”.

Recostado contra el pasamanos de la vía, otro pequeño caficultor asiente la explicación de don Esmedo. Se llama Ovidio Antonio Giraldo y tiene 67 años. Su finca es de tres cuadras, en las que acomodó 8.000 palos de café. En 2011 se endeudó con el banco en $3 millones para terminar de sembrar toda la finca, comprar insumos para dos rondas de abono y comida mientras el café fructificaba.

“Yo cuadré con el banco para pagar así: el primer año tenía que abonar poquito menos de $400.000. El segundo, debía pagar casi un millón y medio. El tercer año, otro millón y medio. El cuarto año tenía que dar otros $400.000 y el quinto año, igual. La deuda me pareció manejable porque sólo tenía dos años duros. Y me dije: ‘En una sola carga que yo recoja durante una semana pago esa cuota de millón y medio’. Pero nada cuajó por el precio tan bajito”.

A esos varios millones adeudados al banco, don Ovidio les suma sus pequeños créditos con los graneros y tiendas de la vereda. En este momento, dice, le debe $108.000 al carnicero y $500.000 a la señora de la tienda. “Le debía millón y medio, pero le pude abonar un millón para que me siguiera fiando el mercado de este año. Y la señora me ha mantenido el crédito: en lo que va de 2013 ya le he fiado dos mercados, tampoco más, porque no quiero aumentar mucho la deuda”.

Ambos me dicen que la crisis del café ha hecho que los productores medianos y grandes estén buscando residenciarse en el exterior, que han abandonado fincas —en Apía, dicen, hay diez fincas dejadas a la maleza— y que los jóvenes que trabajaban recogiendo café están viajando al Chocó en busca de un cupo en la minería.

“Por acá ni los jóvenes quieren recoger café, porque el jornal no sube de $25.000”, dice don Ovidio. “Pero uno no puede pagarles más. Peor aún: como mi finca es pequeña, la mayoría de la cosecha la recojo yo porque tanta deuda no me permite darme el lujo de dar trabajo. Y cuando le he dicho a un muchacho que recoja el café es para que lo recoja y lo venda por su cuenta. Como el clima ha estado tan malo, a veces ni la arroba se logra. El recolector alcanza la media arroba y por eso le dan unos $25.000. Y ahí se hace su día y le ayuda a uno a no dejar café en los palos para evitar las plagas”.

Aunque don Ovidio les tiene temor a las deudas con el banco, se ríe un poco de ello. Por el contrario, con voz grave dice que les tiene pavor a los cobros que no tardan en llegar. “Pavor porque yo no tengo plata para pagar y si la crisis sigue así, nunca voy a poder pagar. El presidente Santos dice que nos van a dar más tiempo para pagar. Pero el problema es que si la crisis del precio sigue y el dólar no sube, nunca vamos a tener plata ni para sembrar. ¿Y qué va a pasar? A mí me dicen que si llego hasta ese punto, que venda la finca. Pero los que dicen eso no saben: es una finca que sólo tiene café y queda bien adentro de la montaña (a 4 kilómetros de Apía) y además, es bien pequeña. Por esa finca darían muy poquito, por no decir que ni un peso. Entonces, mire que esas son todas las razones para este paro. Y yo le pregunto: ¿cuándo se había visto un paro cafetero en la historia de Colombia?”.