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Economía 4 Mayo 2013 - 9:00 pm

El ascenso de China cambia el panorama económico

Las amenazas para el frágil equilibrio del poder en Asia

La región se siente tan estratégicamente insegura como económicamente poderosa. ¿Qué le depara tras las movidas de Japón, Corea del Sur, Corea del Norte e incluso Estados Unidos?

Por: Philip Stephens / Financial Times
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Para muchos analistas políticos, en una evaluación justa, China ha demostrado que su ambición es establecer una primacía política, militar y económica en su propio patio trasero. / AFP

Hay tres situaciones importantes en desarrollo en el oriente de Asia. La más visible y disruptiva es el ascenso de China. La segunda es el regreso, particularmente en Japón, de nacionalismos que se refuerzan y compiten entre sí. La tercera es el retorno de Estados Unidos como un poder asiático residente. Luego está el comodín del naipe: el régimen de Kim Jong-un en Corea del Norte, peligrosamente impredecible.

La dinámica y el choque entre estas tendencias establecerán la diferencia entre la guerra y la paz en una región que es, a la vez, la más vibrante y potencialmente la más combustible del mundo. Luego de pasar algunos días en Seúl escuchando a los administradores públicos y académicos de los diferentes estados, difícilmente puedo decir que estoy desbordando optimismo.

El instituto Asan, el centro de pensamiento sobre política exterior de Corea del Sur, tuvo su conferencia anual esta semana. Su tema fue el “nuevo desorden mundial”. Los organizadores enfatizaron que el título fue elegido luego de las últimas amenazas nucleares de Kim. Incluso sin ellas, la región se siente tan estratégicamente insegura como económicamente poderosa.

Debería decirse que los residentes de Seúl no se comportan como si vivieran bajo la sombra de un ataque inminente. Se han acostumbrado a las demostraciones de retórica, incluso a pesar de que el líder de Corea del Norte parece más inestable que sus predecesores. La preocupación real y profunda es qué sucederá si Pionyang logra colocar una cabeza nuclear a uno de sus misiles.

Dado el riesgo de que cualquier conflicto en la península coreana se convierta en una conflagración mayor, esto debería preocupar a Pekín, Seúl y Washington. Para ser justos, los diplomáticos chinos no esconden su frustración con el indomable Kim. Sin embargo, la influencia de Pekín tiene sus límites. Los occidentales que visitan Pionyang han encontrado una hostilidad tan visceral contra China como contra Estados Unidos.

Por ahora, Pekín ha decidido que vivir con Kim probablemente sea mejor que la alternativa más probable: el colapso entero de su régimen y la reunificación de la península. Según la lógica de China, esto le daría a Estados Unidos un apoyo, quizás militar, en su frontera. Mejor mantener el apoyo a Kim y esperar a que pueda ser controlado de una manera razonable.

No es muy claro si esto tiene un sentido estratégico. Una o dos voces dentro de la élite del Partido Comunista han sugerido recientemente que el régimen de Corea del Norte se ha convertido en un problema. Pero no hacer nada siempre es más fácil que crear un cambio, así que estas opiniones han sido silenciadas. A pesar de las molestias que genere, abandonar al régimen de Corea del Norte se vería como una señal de debilidad.

China nunca ha articulado claramente sus ambiciones más amplias y prefiere insistir en su mantra de un “ascenso pacífico”. Sin embargo, un marcado aumento en el gasto de defensa y una nueva aproximación combativa hacia sus disputas territoriales con los vecinos, en particular en los mares del Japón y de China, señalan hacia otra dirección. Una evaluación justa diría que su ambición es establecer una primacía política y militar, así como económica, en su propio patio trasero.

Nadie debería sorprenderse con esto. Los grandes poderes buscan la hegemonía regional. Sin embargo, la consecuencia de un Pekín más asertivo es la sospecha y resistencia entre sus vecinos. El populismo xenófobo que se manifiesta en la blogosfera de China enciende el nacionalismo en otras partes. Esto hace que sus disputas marítimas parezcan mucho más peligrosas.

Uno de sus efectos ha sido empujar a países como Vietnam y Filipinas más cerca de Estados Unidos. En Japón, el gobierno de Shinzo Abe ha asumido una posición nacionalista que molestó a Estados Unidos y enfureció a Corea del Sur. Las disputas de Tokio con Pekín por las islas Senkaku (que en China se conocen como Diayu) y con Seúl por las islas Dokdo (que en Japón se conocen como Takeshima) se han mezclado con un aparente revisionismo por parte del gobierno de Abe sobre las ocupaciones de China y Corea durante la Segunda Guerra Mundial.

Los Estados Unidos han heredado el problema. El muy repetido giro de Barack Obama hacia Asia debía subrayar la permanencia de Estados Unidos como el poder de equilibrio en Oriente. El objetivo es asegurar a los aliados tradicionales de Washington y detener el expansionismo de China. Hasta ahora ha sido racional, incluso si la estrategia genera molestia en Pekín. Lo que la administración de Obama teme, sin embargo, es que Abe está interpretando las garantías del tratado con Estados Unidos como un escudo detrás del cual puede confrontar a Pekín en el mar de China.

Este es el panorama: una China más asertiva, un Japón revisionista, una pléyade de disputas territoriales, discusiones furiosas sobre la historia y un Estados Unidos comprometido con limitar a China, contener a Corea del Norte y disuadir a Japón de provocar una confrontación innecesaria. He escuchado que los arquitectos de la política exterior de Estados Unidos describen esta situación como un equilibro sostenible. Quizás sea mi imaginación, pero siempre parece que están cruzando los dedos.

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