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Economía 27 Mar 2013 - 10:29 pm

El paraíso que quiso ser de todos

Si hubiera que barajar las cartas del tarot, el arcano de Chipre sería el de la dominación, un signo trágico, incluso injusto.

Por: Santiago La Rotta Amador
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CON UNA UBICACIÓN PRIVILEGIADA, Chipre ha sido un territorio disputado por asirios, persas, egipcios, otomanos, británicos, turcos y griegos. La joya del Mediterráneo hoy está entregada a las medidas de austeridad para evitar la quiebra de sus bancos. /AFP Y Flickr: BRIAN HARRINGTON SPIER

En cierto sentido, Chipre es un lugar en donde el tiempo parece haberse detenido para instalarse en un presente perpetuo que recuerda algunas de las peores épocas de la política global, si es que de pronto ha habido mejores días en el amplio margen de la historia.

La isla es el hogar de una de las pocas invasiones que aún persisten, catalogada así bajo la perspectiva de la comunidad internacional. El país tiene una de las últimas capitales divididas en el planeta: Nicosia, una ciudad con cruces demarcados para separar los bandos, las banderas de los dos lados volando alto en los puestos militares, la presencia de un contingente de 1.000 soldados de las Naciones Unidas para cuidar una paz frágil, como todas, que no termina de calar en los huesos de personas nacidas bajo el mismo cielo pero que igual no pueden llamarse ni compatriotas ni hermanos.

La tragedia actual de Chipre, aún no muy lejos de las acciones militares y la guerra, es una forma diferente de la dominación, una cara nueva de ese arcano que se presenta ya no bajo el abrigo de los tanques y las bombas, sino que encarna en el sutil poder del capital. Una especie de nueva invasión, de poscolonialismo ejercido con el dinero en el que Rusia, la Comunidad Europea y Grecia, principalmente, han decidido de manera activa o pasiva que la isla está al borde de la quiebra, en el último pedazo de arenoso terreno antes de caer en la miseria.

Apenas hace unos meses el abismo parecía un imposible para una isla entregada a los negocios y al placer, un balneario idílico plagado de buenas playas, arena fina, agua cristalina y más de 300 días de brillo solar por año en un territorio que todavía puede ser llamado Europa.

Rusos, ingleses, checos, polacos y un largo etcétera de ciudadanos del este. Jóvenes persiguiendo algunas de las fiestas más reconocidas del planeta, jubilados buscando un pequeño pedazo de arena, más de 20 de grados de temperatura y tal vez una palmera.

Chipre, una tierra de oportunidades hasta que otros poderes, otras corbatas, decretaron que la fiesta se había acabado y era momento de comenzar el largo suplicio de ajustarse a un destino común: el martirio mediante la austeridad. Y así llegaron las conversaciones con los ministros de Finanzas del resto de Europa, los gerentes de los bancos comunitarios y las resoluciones que decretaron que la meta era la salvación de los bancos, en una economía seis veces más pequeña que sus instituciones financieras, y que el camino era el sacrificio de todos.

El escándalo y las protestas, en Chipre y en Grecia, las consultas, los pronunciamientos, las amenazas y las reuniones. La salida final: gravar los ahorros de los ricos, en su mayoría rusos, y reestructurar los dos bancos más grandes para encontrar 6.000 millones de euros que, sumados a 10 mil millones puestos por la Unión Europea, dibujan el tamaño de la nueva tragedia chipriota.

El último capítulo de un drama que, atravesado por la angustia de encontrar una identidad nacional, un todo para llamarse y reconocerse, es casi tan antiguo como la isla misma.

Después de los primeros habitantes, presumiblemente griegos, la isla ha tenido una amplia lista de amos que va desde los asirios, los persas y los egipcios, hasta llegar a los otomanos, un imperio que retuvo el control de Chipre por casi 300 años y que, en buena medida, es uno de los responsables directos del presente de este lugar.

Las iglesias y los palacios fueron saqueados y sus habitantes sometidos a un nuevo poder encarnado en una autoridad civil, ejercida primordialmente mediante la espada y la pica, y una divisa que se expresaba a través de las palabras del profeta Mahoma. El islam llegó a Chipre en 1571, de la mano de los otomanos, que aprovecharon los templos cristianos de la isla para adecuarlos como mezquitas y así asentar, por los medios de la cultura, el mensaje de la conquista.

El pecado original de Chipre, si se quiere, es su ubicación. El privilegio y la carga de estar casi a mitad de camino entre Europa, África y Oriente Medio: Grecia, Turquía, Siria y Líbano. Un pequeño enclave en medio del Mediterráneo, con una tierra fértil y bella en donde habría nacido Afrodita, diosa griega del amor y la belleza. Parte de los casi tres millones de visitantes que llegan a la isla cada año recorren el camino hasta una roca, en el lugar de nacimiento de la diosa, que otorga belleza eterna a quienes logren nadar a su alrededor tres veces. Mitología del turismo.

Demasiadas cosas buenas para no tomarlas. Y varios las tomaron. Después de los otomanos, que en la práctica retuvieron a Chipre hasta finales del siglo XIX, llegaron los británicos con su claro sentido de la burocracia y su hambre de más. La isla fue un enclave importante para cuidar las rutas marítimas hacia India o derivadas del canal de Suez, en Egipto.

Para este momento el enemigo más importante no era el extranjero, sino el otro, el compatriota, el vecino. Instigados por sentimientos nacionalistas, dos bandos comenzaron a dibujarse con intenciones bien diferentes: de un lado estaban los chipriotas de ascendencia griega y en el otro los chipriotas con raíces turcas. Los primeros comenzaron a albergar la esperanza de unirse a Grecia, un movimiento conocido como Enosis, mientras que los segundos empezaron a orquestar la partición de la isla.

La trampa estaba puesta. Alimentada por años de invasiones y por dos naciones con intereses contrarios, para mediados de la década de 1960 (cuando Chipre ya era una nación independiente), la violencia, de nuevo, hizo su entrada triunfal al escenario. Con maniobras políticas de ambos bandos y una intervención de las Naciones Unidas, la búsqueda de una patria se convirtió en un ejercicio de derrotar, ya no al invasor, sino al otro.

Un golpe de Estado en 1974, orquestado por militares griegos, trató de unir la isla a Grecia. Turquía invadió, tomando casi el 40% del territorio, y el Chipre moderno fue forjado en el calor de la artillería: una nación dividida que, una vez más, sirve a varios amos.

El conflicto dejó al menos 2.000 personas desaparecidas y un amplio número de pobladores que en menos de una semana pasaron de ser ciudadanos a refugiados.

Un país con personalidades múltiples, en el peor sentido del término. El norte y el sur como coordenadas para denominar una división que, más que política, ha entrado hondo en la vida de todos los chipriotas: la República Turca del Norte de Chipre, reconocida únicamente por Turquía, y la República de Chipre, miembro de la Unión Europea y con fuertes lazos con Grecia.

Después del cese al fuego se trazó una línea que separó geográficamente ambos territorios, una suerte de zona de exclusión que convirtió a las tierras dentro de la franja en territorio de nadie. Hubo intercambio de prisioneros y de ciudadanos; antes del comienzo de la guerra había 200.000 chipriotas griegos viviendo en el norte.

Tal vez nadie grite en la calle o se vaya a los golpes por el tema (tan sólo tal vez), pero la división del país, la llamada invasión turca, es el asunto que domina la vida diaria en Chipre.

En los supermercados del sur no suelen encontrarse productos fabricados por empresas del norte, por las dificultades logísticas de cruzar el odio y las fronteras y los puestos militares, pero también por el miedo y las reservas hacia el otro lado, sin importar que el otro lado quede en el mismo país.

Quienes han vivido en la isla saben que la hospitalidad chipriota es un tesoro reservado, un bien escaso para el extranjero, aunque se da pleno una vez se han hecho las introducciones y los contactos necesarios.

De cierta forma, la desconfianza es una especie de moneda común en la isla, un territorio entregado a muchos poderes y dominios a lo largo de los siglos. El paraíso que quiso ser de todos.

 

Una ubicación problemática

La ubicación geográfica de Chipre, una de las islas más grandes del Mediterráneo, la ha puesto en el ojo de varios imperios y conquistadores por ser un punto estratégico entre Europa, África y Oriente Medio. Empleada como puerto y enclave militar, Chipre ha sido punto de vigilancia y cruce de rutas comerciales.

Luego de las acciones militares de 1974, la isla fue dividida en dos mediante la instauración de una especie de zona de exclusión que funciona como la frontera oficial entre la República de Chipre, al sur, Estado miembro de la Unión Europea, y la República Turca del Norte de Chipre, que solamente tiene el reconocimiento de Turquía.

Cifras históricas de Chipre

 

974 fue el año en que Turquía invadió parte de Chipre, luego de un golpe de Estado apoyado por militares griegos.

2.000 personas, por lo menos, han sido catalogadas como desaparecidas luego del conflicto de 1974.

200 mil ciudadanos, en promedio, resultaron desplazados luego de las acciones armadas de 1974.

1960 fue el año en que Chipre se independizó luego de ser colonia británica desde mediados del siglo XIX.

 

 

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