Milton Friedman: en el centenario de su nacimiento

Un retrato del influyente intelectual y padre del neoliberalismo.

Milton Friedman, uno de los economistas más influyentes  del siglo anterior. /Internet
Milton Friedman, uno de los economistas más influyentes del siglo anterior. /Internet

Un día como hoy hace 100 años, el 31 de julio de 1912, nació en Nueva York Milton Friedman, uno de los economistas más influyentes y polémicos del siglo anterior. Friedman, un hijo de inmigrantes judíos venidos del este de Europa, fue también un hijo (intelectual digamos) de la gran depresión. Como tantos otros economistas notables, decidió estudiar economía instigado por la centralidad de los asuntos económicos en los años treinta, por la “paradoja de una gran necesidad de un lado y muchos recursos ociosos del otro”.

Friedman estudió las universidades de Chicago y de Columbia. Escribió su tesis doctoral sobre las diferencias de ingreso en las distintas profesiones. Hizo investigación estadística con datos no económicos durante la segunda guerra. En sus memorias cuenta con orgullo que los economistas, acostumbrados a lidiar con cifras incompletas, fueron más útiles que los físicos y los químicos en las investigaciones sobre aleaciones óptimas y otros temas técnicos. La economía, escribió años más tarde, “tiene un componente científico que no difiere en carácter del de la física, la química o cualquiera otra de las ciencias naturales”. Sus afirmaciones, ya lo veremos, siempre fueron polémicas.

Después de la guerra regresó a la Universidad de Chicago. Con el tiempo se convirtió en el símbolo del departamento de economía de esta universidad. En 1976 ganó el premio Nobel de economía (o, para ser estrictos, el premio del banco central sueco en homenaje a Alfred Nobel) “por sus logros en los campos del análisis del consumidor, la historia y la teoría monetaria, y la demostración de la complejidad de las políticas de estabilización”. Cuando fue anunciado el premio, Friedman estaba camino a Detroit donde tendría lugar una rueda de prensa sobre la importancia del equilibrio fiscal y los presupuestos balanceados. Al llegar fue abordado por una nube de periodistas más interesados en las noticias del día (el Nobel) que en las prédicas del economista (el equilibrio fiscal). Uno de ellos le preguntó si este era el momento más importante de su carrera. “No”, dijo. “Estoy más interesado en lo que dirán mis colegas economistas sobre mi trabajo en cincuenta años que en lo que tengan que decir siete suecos ahora mismo”.

Influencia de sus ideas

Treinta y cinco años después, la mayoría de los economistas tratan el trabajo de Friedman con indiferencia respetuosa. Sus investigaciones sobre el consumo, que enfatizan la importancia del ingreso permanente –si uno espera un aumento en el ingreso, consumirá entonces una mayor proporción del ingreso corriente– son consideradas casi triviales. Su ortodoxia monetaria, que enfatizaba obsesivamente el crecimiento de la cantidad de dinero, ha perdido vigencia. Finalmente sus intuiciones sobre las complejidades de la estabilización macroeconómica y la importancia de las expectativas fueron articuladas mecho mejor por otros economistas.

Incluso su estilo, su gusto por los datos, su preferencia por el empirismo escrupuloso, su curiosidad por el mundo ha perdido vigencia en una profesión que decidió darle más importancia a las teorías abstractas que a la realidad económica, en una profesión que “durante los últimos 30 años se ha enfocado en la producción de pornografía estocástica para satisfacer las urgencias matemático-masturbatorias de muchos jóvenes” (la frase es de Arnold Kling). Friedman tenía una aproximación empírica, inductiva a los problemas de la economía, sus sucesores adoptaron una aproximación contraria, que enfatiza la elegancia formal y las abstracciones casi como un fin en si mismo. En este respecto su legado infortunadamente tampoco perduró.

Pero por fuera de la economía, en los debates políticos, la influencia de Friedman no ha disminuido. Friedman ha sido más influyente como intelectual público, que como economista. Sus libros “políticos” (escritos con Rose D. Friedman, su esposa) siguen siendo leídos, citados y odiados con una pasión que no parece tener fin. Un video que muestra un acalorado debate entre Friedman (que acababa de ganar el premio Nobel) y Michael Moore (que era entonces un combativo estudiante universitario) ha sido visto por casi 600 mil personas en Youtube. En su último libro, la activista canadiense Naomi Klein, una exitosa empresaria del anticapitalismo, presenta a Friedman como una especie de super villano intelectual, como el culpable de todos los males del mundo.

Sus ideas sobre la educación (el Estado debe asumir el costo mas no la provisión), sobre la guerra contra las drogas (equivale a un subsidio del gobierno a los narcotraficantes), sobre los impuestos al trabajo (un sistema que cobra impuestos al trabajo y subsidia el no trabajar es perverso) siguen teniendo gran importancia. En Colombia, por ejemplo. Algunas de sus actuaciones como intelectual, su supuesto apoyo a la dictadura de Pinochet, por ejemplo, continúan siendo tema de debate en Estados Unidos y América Latina. Friedman negó siempre que hubiera apoyado a algún gobierno autoritario, en Chile, Brasil y Europa del este, pero aconsejó económicamente a Pinochet al inicio de la dictadura. En el mejor de los casos incurrió en una contradicción intelectual. Defendió con vehemencia la libertad individual, pero pasó por alto los abusos de la dictadura.

Científico o ideólogo

Friedman argumentaban que los economistas usualmente desempeñaban un doble papel, como científicos y como ideólogos. “He tratado de influir en la política pública. He hablado y escrito sobre política. Pero al hacerlo no he actuado en mi capacidad de científico, sino de ciudadano, de ciudadano informado. Creo que mis conocimientos como economista han ayudado a mejorar mis juicios como ciudadano. Pero, fundamentalmente, mi trabajo científico no debería ser juzgado por mis actividades en el debate político”, escribió a mediados de los años noventa.

Friedman creía que era posible separar el científico del ideólogo, que sus publicaciones técnicas eran una cosa y sus prédicas activistas otra muy distinta. Pero esa separación es muchas veces imposible. Friedman no era un ideólogo en la calle y un científico en las aulas (siempre repletas de estudiantes). Era un científico y un ideólogo simultáneamente, una figura contradictoria, compleja. Como lo son hoy Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Jeffrey Sachs y tantos otros. Más que cualquiera de sus contemporáneos o de quienes le sucedieron, Friedman personificó al economista como intelectual público. Combinaba como pocos la curiosidad por el mundo y la urgencia por cambiarlo.

Ese es tal vez su gran legado, mostrar que los economistas, cuando descienden de la torre de marfil y adquieren alguna relevancia práctica, no tienen alternativa distinta a confrontar su doble condición de científicos e ideólogos. Así es este negocio.