Los errores en la política económica condujeron al mundo a la recesión que siguió a la crisis financiera de 2008. Así mismo, los modelos establecidos no pudieron prevenir ni evitar su propagación por todo el mundo.
Por: César Ferrari*
La Gran Recesión 2008-2009 y sus secuelas: ralentización estadounidense, crisis europea y desaceleración china, no aparecieron del aire. Tampoco son un ciclo más del desarrollo económico con períodos de aceleración y desaceleración. Son consecuencias de graves errores de política económica del gobierno Bush, pero iniciadas en 1981 con Ronald Reagan.
La política monetaria fue sumamente volátil: en 2001 la Fed (Reserva Federal de Estados Unidos) redujo su tasa de interés de 6% a 1,75% para promover el crecimiento, y en 2003 hasta 1%. En 2005-2006 la elevó hasta 5,25%, supuestamente para reducir la inflación, sin éxito, y sin considerar sus efectos sobre prestatarios y productores. En 2007-2008 volvió a reducirla hasta 1%, para evitar la recesión. Ahora está en 0%.
La política fiscal redujo los impuestos a los mayores ingresos y el gasto civil y aumentó el gasto militar, generando un déficit fiscal gigantesco que hoy entorpece la solución final de la crisis. Al mismo tiempo otorgó subsidios a los biocombustibles, lo que redujo la producción de alimentos cuando su demanda aumentaba; esto provocó el aumento de sus precios. Esta inflación, sumada a la de los combustibles y metales y al aumento de las tasas de interés, hizo inviable el pago de las hipotecas inmobiliarias, lo que produjo el derrumbe de los derivados financieros, la iliquidez e insolvencia de los bancos.
La política reguladora, en un evidente contexto de información asimétrica, evitó regular bancos de inversión y derivados financieros: se pregonaba la autorregulación. Tampoco reguló a las calificadoras de riesgo, con evidentes conflictos de intereses en la calificación de derivados emitidos por los bancos que les pagaban. Resulta que muchos mercados importantes, en particular los financieros, no son eficientes y al actuar libremente produjeron una situación global extremadamente ineficiente.
No es difícil entender por qué esas políticas fueran alabadas por los enfoques ideológicos y académicos prevalecientes: respondían a ellos. Hoy, ambos son responsabilizados por la Gran Recesión que, gracias al keynesianismo que cuestionaban, no terminó en una segunda Gran Depresión. No por casualidad Paul Krugman, premio Nobel 2008, sentenció en una conferencia en la London School of Economics que “la mayor parte de los trabajos en macroeconomía en los últimos 30 años han sido inútiles en el mejor de los casos o han hecho mucho daño en el peor”.
¿Por qué falló ese enfoque dominante? En gran medida por los supuestos irreales de sus modelos matemáticamente complejos que sólo sirven para autoexplicarse, modelos formalmente elegantes pero con poco arraigo en la realidad, visiones agregadas que desconocen la existencia de los mercados y sus fallas.
Pareciera que fueron elaborados sólo para justificar la exclusión del Estado de la economía e incluso la inutilidad de la política económica. Teorías como la neutralidad del dinero, la de las expectativas racionales, del ciclo real de los negocios o la cuantitativa del dinero, temas de los textos macroeconómicos actuales, fueron incapaces de prever, analizar y proponer soluciones a la Gran Recesión y sus secuelas.
La neutralidad del dinero supone que cambios en los medios de pago no tienen efectos en las variables reales (PIB, empleo, inversión) y que sólo se trasladan a precios. Esa consideración es irreal: las variaciones de las tasas de interés del banco central, que buscan modificar la masa monetaria, acaban afectando la tasa de cambio y, con ello, la competitividad del sector transable y, por tanto, sus niveles de producción e inversión.
La teoría de las expectativas racionales supone que para decidir su comportamiento, los agentes, en vez de mirar al pasado (expectativas adaptativas), miran al futuro con la información disponible. Así, se supone que hacen predicciones sistemáticamente correctas del futuro y que las desviaciones de la realidad son resultado del azar. La consecuencia de esta teoría es que como los agentes pueden prever lo que el Gobierno hará, acaban contrarrestando sus políticas, de modo que lo mejor es la ‘no política’.
Sin embargo, el futuro es incierto y es imposible predecirlo sistemáticamente, así las expectativas no pueden ser ‘racionales’. A su vez, los equilibrios económicos pueden ser múltiples, lo que contradice su supuesto de equilibrio único. Más aún, es obvio que la crisis no fue prevista racionalmente; si fuera así se habría evitado.
La teoría del ciclo real de los negocios considera los ciclos de crecimiento y recesión como respuestas eficientes a cambios exógenos, reflejando la maximización de utilidades de los agentes económicos. Por esa razón, el Gobierno no debe intervenir pues alejaría a la economía de su trayectoria eficiente. Pero si los gobiernos no hubieran intervenido, la Gran Recesión se habría convertido en depresión. Es obvio que no fue prevista por estos modelos.
Por último, la teoría cuantitativa del dinero, rescatada por los monetaristas, con la cual se justifican casi todas las políticas monetarias restrictivas, establece una relación entre el dinero, la velocidad con que circula y el volumen de transacciones de bienes y servicios a un cierto nivel de precios. Así, si esa velocidad es constante y la cantidad de bienes y servicios está dada, toda expansión monetaria se traduce en un aumento de precios.
Si esta teoría fuera cierta no habría cómo explicar que entre los años 2000 y 2010, mientras que en China los medios de pago aumentaron de 124,1% del PIB a 166,5% y en Colombia de 25,2% a 35,8%, la inflación promedio anual en China fue 2,2% y en Colombia 5,6%, y mientras que China crecía 9,8% per cápita promedio anual, Colombia crecía 2,5%. Sucede que la velocidad no es constante, depende del comportamiento de las tasas internas y externas de interés y de la tasa cambiaria, entre otros factores, y en una economía abierta el volumen de bienes a transarse tampoco es fijo, pues si la oferta doméstica es insuficiente puede completarse con importaciones.
El irrealismo en estas teorías es consecuencia, en gran medida, de lo postulado por Milton Friedman, premio Nobel 1976. Su ensayo sobre la Metodología de la economía positiva (1966) establece que no importan los supuestos del modelo, lo importante es que el mismo tenga capacidad predictiva del comportamiento económico de acuerdo a la teoría.
Tjalling Koopmans, premio Nobel 1975, ha criticado con claridad semejante pretensión: según él, Friedman estaba dispuesto a “predecir la distribución de hojas en un árbol a partir de la hipótesis de que cada hoja busca su posición a fin de maximizar su exposición a la luz, dada la posición de las otras hojas, aunque nadie ha reportado que las hojas cambian su posición en un árbol. Sólo es posible sentirse incómodo ante tanta ingenuidad”.
La ideología, teorías y aplicaciones neoconservadoras están siendo superadas. Los cambios se darán no sólo en la preeminencia de lo que se sabe en economía sino de lo que se enseña.
La revisión de la teoría macroeconómica y de las políticas debería conducir a una visión más pragmática respecto al rol del Estado y a un mejor entendimiento de los mercados principales, su interrelación, la competencia en los mismos, la forma de regular sus fallas cuando no son eliminables, la manera en que responden a las políticas y, consecuentemente, a una mayor desconfianza en los grandes agregados económicos. Ojalá.
*Ph.D. Profesor, Universidad Javeriana