¿Para qué se educa en la U privada?

El debate sobre la calidad de la universidad pública ya contagió a las privadas. Un profesor de la Javeriana se pregunta si existe un pacto por la mediocridad entre estudiantes, docentes y directivos.

De pequeño pasaba mi tiempo reciclando los fragmentos que sobraban de jugar con plastilina de diversos colores. Al principio se producía una bola veteada de tantos tonos como trozos, para luego ser amasada hasta terminar en un color casi siempre de tintes escatológicos. En este punto el affaire Jiménez, que tanto ruido ha generado, está a punto de apelmazarse tanto que corre el riesgo de pasar de una variada paleta de colores a una blanda pelota de tono marrón. Por eso considero que hay que “desjimenizar” el asunto, no sin antes decir que cada quien tiene el absoluto derecho de renunciar cuando a bien le plazca. Sin embargo, el paso retórico de las razones a las causas ha degenerado, en algunos casos, en un bullicio de diatribas a propósito de señalar culpabilidades.

Desde la naturalización de la brecha generacional, hasta el carácter vocacional —casi heroico— que se les demanda a los docentes; pasando por cuanta concepción de la lectoescritura y la pedagogía, por el espíritu de apatía de una época o por los efectos de las apropiaciones tecnológicas, las reacciones no se han hecho esperar. Y, en medio de tanto alboroto, no deja de ser sospechoso el silencio de tantos actores conjurados en el debate amparados bajo el aparente diagnóstico de la pública carta de renuncia. El problema parece reducirse a qué hacer con las competencias lectoescritas de los estudiantes, o cómo es deber del docente seducirlos en medio de su apatía, o si se deben buscar alternativas al Milo y la aguadepanela en la dieta de los niños y jóvenes de nuestro país.

Lo que termina silenciado es el rol mismo de la educación. Cualquier debate que introduzca de manera legítima una reflexión crítica sobre la calidad de la educación debería fundarse en una pregunta fundamental: ¿Para qué se educa? Me atrevo a afirmar que en esto se esconde el carácter esencialmente público y político del debate. El asunto de las fuentes de financiación es secundario ante la evidencia de que toda educación es de carácter público en tanto forma individuos en nombre de todos para hacerse cargo de un aspecto de la vida en común. El aula como espacio de encuentro está en crisis en tanto “comunidad”.

¿Para qué se educa en la universidad privada? Enfrentar esta pregunta supone develar una agenda real. O se trata del acceso a un servicio privado, es decir, propio de quien accede a ella en virtud de una contraprestación contractual por el elevado monto que se paga en matrículas; o se trata por el contrario del acceso a una cualificación específica en nombre de lo común. Y esta es una pregunta general que sin embargo se hace crucial en una facultad de comunicación. ¿De qué se va a hacer cargo, en nombre de una comunidad, aquel futuro egresado? Pero de manera más amplia: ¿De qué quiere hacerse cargo la universidad privada? ¿Cómo se comprende el carácter ahora público de la misma?

La denuncia final es la del “pacto de mediocridad” que emerge cuando la circulación de matrículas llena las cuentas de las universidades. El dejar la queja en la voz baja de los pasillos es la complicidad de todos nosotros los actores involucrados. El problema no es que los estudiantes paguen, es que sigan pagando lo que silencia las alarmas más sensibles que pondrían a reflexionar a las universidades privadas. El problema no es el sueldo del docente, sino las concesiones en nombre del siguiente pago. Los primíparos ya pasaron y pagaron, los demás justo ayer y hoy están inscribiendo materias. Es cierto que se convocó de parte de estudiantes un debate con el decano de Comunicación de la Javeriana. Vienen las novenas y veremos si en enero la marea baja aunque la Niña continúe.

*Docente de la Universidad Javeriana (@Alacontra).