Uno no nace ciudadano, se convierte en ciudadano

La educación y la cultura son parientes cercanos

La educación es como el turismo: cuanto más nos aleje de nuestras raíces para experimentar la enorme diversidad humana, mejor. Entre más exótica la cultura, entre más nos sorprenda, más nos ayuda a adquirir conciencia de contexto.

Ilustración: Fernando Carranza. /El Espectador

“Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales. No porque unos seamos buenos y otros malos, sino porque todos participamos de ambos extremos. Llegado el caso —y Dios nos libre— todos somos capaces de todo”: Gabriel García Márquez.

El conocimiento ya no cabe en el cerebro de una sola persona, ni en un libro, ni en una comunidad que lo mantenga vivo y explore permanentemente su expansión y su aplicación.

Nuestra enorme capacidad para hacer el bien y el mal, nuestro desaforado amor por la familia, nuestra disposición a hacer por ella “lo que sea”, nos obligan a explicitar lo que esperamos de la cultura y la educación. La herencia no biológica que se expresa en el lenguaje, en la permanente creación y conservación de significados, permite que pase, de mano en mano, de cabeza en cabeza y de generación en generación, un gran acervo de valiosas obras del ingenio humano.

Cada vez más, el éxito de las personas es atribuido a su cultura y a su educación. Nos educamos durante un tiempo cada vez más largo y el conocimiento se hace obsoleto tan velozmente que ya se vuelve normal actualizar los conocimientos adquiridos. Los diplomas se vuelven metas volantes y la carrera nunca termina.

La educación contribuye a que la vida se divida en cuatro: la esfera de la producción material, la esfera de la reproducción cultural, el mundo de la familia y el mundo de la escuela. Cada uno con su lenguaje, cada uno con sus prioridades, cada uno con sus tiempos y sus espacios. El acervo de educación y cultura crece vertiginosamente y su oportuna incorporación es un reto para los individuos, para las familias, para las regiones, para las naciones.

Por más amor que haya a la familia, por mejor educados que sean sus miembros, no puede formar ella sola grandes científicos o grandes artistas. Cada vez hay más conciencia sobre las consecuencias que pueden tener las diferencias en materia de calidad de la educación. Hoy en día se reconoce la contribución de variables como el clima escolar, el trabajo en equipo de docentes y estudiantes y, por supuesto, el adecuado uso de las nuevas tecnologías, a la calidad de la educación.

Un rasgo constitutivo de la educación formal es que sus contenidos no reflejan, no toman como su fuente, la vida cotidiana, ni la experiencia en el hogar, ni en el barrio o la vereda. La educación contemporánea está para que uno se familiarice con mundos y culturas muy diferentes. La educación abre el horizonte de la innovación porque enseña a ver con ojos distintos, a escuchar con nuevos oídos. La educación muestra y enseña las caras menos obvias de nuestros mundos. Precisamente por ese desprendimiento, la educación también ayuda a mantener la unidad de la especie humana.

La educación es como el turismo; mejor cuanto más nos aleje de nuestras raíces para experimentar y asimilar la enorme diversidad humana. Entre más exótica la correspondiente cultura, entre más nos sorprenda, más nos ayuda a adquirir conciencia de contexto.

Ahora bien, uno no nace ciudadano. Uno se convierte en ciudadano al ser tratado como tal y verse invitado a tratar como tales a los demás. No hay ningún chance de civismo por generación espontánea. Es necesario que las instituciones impulsen políticas para construir una ciudad pacífica y en convivencia, abordar cuestiones de convivencia en la ciudad: el uso del pito, el manejo de las basuras. Buena parte de nuestros problemas, más allá de normas, requiere transformaciones culturales.

La urbanización crea maravillosas oportunidades de encuentro entre desconocidos que se pueden volver un paraíso de integración, o pueden volverse un infierno por la inseguridad y la agresividad. Sólo si aprendemos a respetarnos mutuamente entre desconocidos, podremos confiar unos en otros y, lo que es equivalente, gobernarnos más por las normas sociales respaldadas por la posibilidad de sentir culpa y hacer sentir vergüenza.

Se ha visto que los incentivos económicos no alineados con la Constitución y las leyes, o no alineados con la cultura, se pervierten y generan efectos negativos porque debilitan las motivaciones históricamente consolidadas. Si por todo hay que pagar o cobrar, las relaciones intrafamiliares o entre vecinos se pueden deteriorar. Donde la solidaridad funciona, hay que tener mucho cuidado con los incentivos económicos. Cultura ciudadana y educación son parientes cercanos. Estoy seguro de que la falta de cultura ciudadana es más grave que la falta de educación en Colombia, en este momento histórico que atraviesa el país. La maravilla es que ya nos estamos dando cuenta de eso.