Las bases del constitucionalismo moderno

Calvino y su contribución a la creación del Estado moderno

El reformador siempre se interesó por el problema del gobierno, por eso llegó a ser uno de los más influyentes escritores políticos del siglo XVI y, como tal, uno de los constructores de la democracia constitucional, con base en su idea de una alianza con Dios.

Imagen de Juan Calvino, hoy en el Museo Internacional de la Reforma en Ginebra (Suiza).

En estos 500 años, al enfocarnos en el recuerdo de la reforma del siglo XVI, hay que recurrir a la figura de Juan Calvino, reformador de la segunda generación. Estudiosos de su obra coinciden en señalar el lamentable olvido de muchos historiadores frente a su papel protagónico. El mundo del capitalismo, de la ciencia, del empirismo, de la democracia, del secularismo, de la revolución socialista y del protestantismo posterior olvida que fue él quien planteó muchos temas de las grandes transiciones que fueron la base de múltiples desarrollos del mundo actual.

Según el teólogo Mario Cely, el legado de Juan Calvino impacta de manera particular en disciplinas como la historia, la economía, las leyes y las ciencias políticas, con un peso intelectual que se siente desde el siglo XVII hasta el presente. El teólogo Ernst Troeltsch (1865-1923), connotado profesor de la universidad de Gotinga (Alemania), expresó en su momento que si la Iglesia protestante acogía las enseñanzas de Juan Calvino, “una segunda revolución del pensamiento y de la moral para el progreso de la humanidad se verían” en el mundo. De esa dimensión es la obra del reformador protestante.

Nacido en el norte de Francia, en Noyon, Picardía, 92 kilómetros al noreste de París en 1509, Juan Calvino pasó a la historia como teólogo, pero tuvo disciplina académica y profesional en letras en París y en leyes en Orleans y Bourges. De hecho, su primer trabajo publicado, un comentario del escrito De Clementia de Séneca, fue antes que todo una exposición de ciencia política del Renacimiento, ciencia que a propósito se encargó de oscurecer Nicolás Maquiavelo (1469-1527) a través de su obra El Príncipe, que sigue siendo la favorita de muchos mandatarios y políticos latinoamericanos.

Calvino siempre se interesó por el problema del gobierno, por eso llegó a ser uno de los más importantes escritores políticos del siglo XVI y, como tal, uno de los constructores de la democracia constitucional. Trató en sus escritos cuestiones de orden político más que cualquier otro tema. Sus comentarios bíblicos, sermones, folletos y, sobre todo, su último capítulo sobre instituciones de la religión cristiana de 1536, lo testifican. El catedrático Ford Lewis Battles sostiene que este escrito puede ser entendido como un tratado político. Lo dedicó a Francisco I, rey de Francia, para persuadirlo de que no asesinara más calvinistas franceses, conocidos como hugonotes.

No importa que Calvino haya desarrollado temas de mayor profundidad en sus escritos, el asunto del gobierno político siempre aparece como una de sus preocupaciones. Por eso sus ideas sobre el Estado, a través de diferentes intérpretes, han aportado luces en amplios y divergentes campos de la academia y de la ciencia política. No solamente los calvinistas, sino los católicos romanos, los luteranos, los conservadores, liberales o marxistas, de una u otra manera todos han tenido que ver con las discusiones planteadas por Juan Calvino. Por eso es inexplicable que su filosofía política siga siendo atacada, ridiculizada o malinterpretada a través de los tiempos.

¿Cuál es su verdadero concepto del Estado político? ¿Cuál es su mensaje para el siglo XXI, a fin de no repetir errores del sangriento siglo XX? Cuando Calvino habló del Dios soberano trino y uno, no invocó una eterna abstracción panteísta, al estilo del “Dios de los filósofos”. Calvino exaltó el Dios personal referenciado en sus obras de creación y providencia. Para él, Dios habla directamente al hombre desde las escrituras y todas sus ideas sobre la naturaleza del Estado político aportan una nueva dimensión al pensamiento político occidental.

Contrario a juristas romanos como Quintiliano, Calvino no comienza por la idea de que el Estado crea el derecho o la justicia. Insiste en el concepto de lo justo y lo injusto, del derecho y de la equidad implantados en el corazón del hombre por Dios. Por eso, todas las buenas normas son resultado de leyes naturales grabadas por Dios en la conciencia humana, porque el concepto de justicia tiene raíces en Dios y en la conciencia del hombre iluminada desde las Sagradas Escrituras, que forman la base de todo sistema estatal, legislativo, judicial o gubernamental.

Con una buena nueva para estos días: el concepto calvinista de la alianza, que es el pacto instituido por Dios con los gobernantes y el pueblo como base de toda institución política. Los fundamentos de toda sociedad basados en las tablas de la ley divina. Aunque muchos no lo reconozcan, entre los gobernantes y el pueblo existe la obligación de tratarse unos a otros con justicia, equidad y rectitud. Los magistrados son ley viviente a quienes el pueblo debe tributar honor y obediencia, pero, a su vez, esos gobernantes tienen que obedecer cuidadosamente la ley de Dios.

Un tipo de constitucionalismo no forzado por las manos de un rey, ni dictado por una iglesia absolutista, sino basado en la voluntad creadora y el decreto de Dios. Para Calvino, el verdadero “demócrata” es cristiano, porque ve su situación política en Dios. Esta es su contribución más grande. El teólogo Douglas F. Kelly dice que el deseo de Juan Calvino por un gobierno representativo y elegido por el pueblo mediante el voto representa una idea que fue producto de largos años de estudio y de predicaciones sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Por eso, no se puede negar la influencia de Calvino en los orígenes de Estados Unidos. Los acuerdos para delimitar el ejercicio del poder político derivan de su idea de alianza. Como lo destacó Perry Miller (The New England Mind, 1953, La nueva mentalidad inglesa), Estados Unidos surgió como una alianza de ciudadanos con Dios y entre ellos. Una asociación libre y voluntaria para ejercer justicia y mantener la libertad. Una nación bajo pacto, donde la autoridad no reside en el poder político sino en la constitución, donde se exige respeto por los convenios adquiridos y la moral es cimiento de la política.

Un deber ser que demuestra que el legado de Calvino no fue anarquista, ni absolutista, ni liberal, ni conservador, ni revolucionario, como se entienden hoy estas expresiones. Él creyó en el derecho individual a la libertad y en el gobierno económico, social o político bajo la soberanía de Dios. Por eso enseñó fraternidad; no la proclamada en la Revolución francesa sino la de la Reforma, basada en el amor cristiano. Puntos de vista cercanos a los que hoy se esperan de la democracia. Una idea reconocida por pensadores de la talla intelectual de Doumerge, Troeltsch, Tawney, Weber, McIlwaine y Heer.

Todos ellos, como Juan Calvino, han reconocido los principios básicos de una sociedad que acoge un “pacto divino” de guerra contra el mal y la injusticia. Por eso, sin temor a equivocaciones, se puede afirmar que en el desarrollo de la reforma teológica del siglo XVI, Calvino fue además el hombre que puso las bases del moderno constitucionalismo, de la nueva forma de entender el Estado, sustentada en la comprensión de la justicia como una práctica de fraternidad cristiana, es decir, del Estado equitativo que muchas naciones disfrutan, especialmente aquellas de tradición protestante europea.