Ser enfermera en plena guerra en Siria

El conflicto ha convertido los hospitales en más que centros para curarse: son el refugio de miles que lo han perdido todo. Estas son las palabras de Amira, sanitaria siria que trabaja con Médicos Sin Fronteras (MSF).

Seis años de guerra brutal en Siria han dejado estampas terribles. La gobernación de Alepo, situada en el norte del país junto a la frontera turca, es uno de los lugares donde la población más ha sufrido los estragos del conflicto. Allí hay actualmente varios frentes abiertos y decenas de miles de personas desplazadas que se vieron obligadas a abandonar sus hogares. Médicos Sin Fronteras abrió en 2012 el hospital Al Salamah, en el distrito de Azaz, y con los años la instalación se ha convertido en una referencia para la gente, ante el progresivo deterioro del sistema de salud del país a causa de los bombardeos, los enfrentamientos y porque muchos profesionales médicos se han marchado.

La joven siria Amira* es supervisora en la enfermería y ha trabajado en este proyecto desde el comienzo, cuando los equipos operaban “en una tienda” y llevaban a cabo “únicamente tratamientos ambulatorios”. “Considero el hospital como mi segunda casa. Paso más tiempo aquí que en mi propio hogar”, asegura. La motivación de ayudar a personas necesitadas de todo tipo de atención médica lleva a Amira a querer seguir levantándose cada día a pesar de los múltiples desafíos.

Al hospital de Al Salamah llegan pacientes de muchos lugares distintos, no solo gente originaria de la gobernación de Alepo. Algunos vienen de tan lejos como el extremo oriental del país, de ciudades como Deir ez-Zor, o son refugiados iraquíes que llevan sobre sus espaldas odiseas inenarrables. “Algunos pacientes se vieron obligados a caminar distancias muy largas, incluso mujeres embarazadas tuvieron que hacerlo. Nos cuentan sus historias de sufrimiento. Su principal preocupación es comprobar el estado de salud de sus bebés tras haber caminado tanto tiempo. Las condiciones de vida de los que están en campos de acogida son muy complicadas a lo largo del año. Dependen de ayuda para cubrir sus necesidades más básicas, ya que no tienen muchas oportunidades económicas”, explica.

En invierno, cuenta la sanitaria, las bajas temperaturas y la carencia de sistemas de calefacción hacen que la gente utilice materiales tóxicos para calentarse, por lo que se producen incendios y muchos casos de quemaduras entre los habitantes de los campos. Por otro lado, en verano el agua se contamina con mucha facilidad y la gente que la bebe se enferma.

“Los pacientes más vulnerables son aquellos que no encuentran servicios médicos adecuados para tratar sus enfermedades, como por ejemplo enfermos crónicos de diabetes o pacientes de cáncer y hepatitis”, continúa Amira.

El conflicto ha obligado a los médicos y paramédicos que sostienen el precario sistema de salud a priorizar la atención de aquellos casos más graves. Y también está dejando graves secuelas en el plano psicológico de la población. “La guerra ha afectado a los niños enormemente. Hoy son muy diferentes. Solían jugar y estudiar, ahora tienen que asumir otras responsabilidades. Tienen que ir a buscar agua y otros recursos para sus familias a pesar de que todavía son solo niños. También ha afectado a la gente mayor. Antes las personas ancianas estaban rodeadas de sus parientes y ahora se han quedado solas porque sus familiares están en Turquía o Líbano... Necesitan ayuda, pero están solas”, lamenta Amira.

Es por todo esto que Amira tiene claro que quiere seguir trabajando en Siria y no piensa ni un momento en marcharse. “Estudié en mi país y quiero seguir sirviendo a mi gente”, subraya con un compromiso inquebrantable.

*El nombre de Amira es un pseudónimo utilizado por motivos de seguridad.