CONNECTAS en El Espectador

Transexuales sin tierra en Centroamérica

Huyen de Guatemala, El Salvador y Honduras al ser perseguidos por su condición sexual. A diferencia del resto de los migrantes, en su recorrido son víctimas de mayor persecución y acoso. Su “sueño americano” es sólo un lugar donde puedan vivir.

Activistas desfilan en las calles de San Salvador durante la Marcha del orgullo LGBTI.María Cidón Kiernan.

Ser mujer trans en El Salvador, Guatemala y Honduras es sinónimo de discriminación.  Vivir de acuerdo con su identidad de género las enfrenta a ataques por odio que suelen quedar impunes.
Los países del llamado Triángulo Norte en Centroamérica son los que tiene mayor indice de violencia contra transexuales en América Latina. Desde enero de 2008 a diciembre de 2016, un proyecto de la organización Transgender Europe (TGEU), ha contabilizado los crímenes de 159 personas trans en la región, en el cual Honduras encabeza la lista con 89 crímenes, seguido de Guatemala con 40 y El Salvador con 30. Una estadística que es sólo un indicio, pues son muchos los crímenes que quedan sin reportarse.

Policías y fiscales no identifican a las víctimas por su identidad de género, solo por los genitales; así, los asesinatos de las personas trans quedan por fuera de las estadísticas oficiales. Al ocultamiento se suma la falta de investigación, que afecta sobre todo a las mujeres trans, las más vulnerables a los crímenes de odio.
A diferencia de sus coterráneos, en el caso de las mujeres trans, migrar no es sólo un asunto de buscar nuevas oportunidades, o de evitar la violencia generalizada. Se trata de encontrar un lugar en el mundo donde puedan vivir sin discriminación, como lo muestra este reportaje realizado en México, el Salvador y Estados Unidos y publicado por la plataforma de periodismo latinoamericano CONNECTAS.

En la aventura hacia el norte de estos paises, estos migrantes trans están expuestos a mayores vejaciones como las que tuvo que sufrir Rafael Antonio, mejor conocido como “Eléctrica”.

Ella viajó desde Honduras a México y describe la forma cómo ha sido vejada, tanto en un país como en otro.

“En Choluteca (Honduras) lo que existe más es la violación a los gais, golpes y maltratos. Nos agreden primero los mareros porque quieren que uno esté con ellos a la fuerza y creo que no es justo. Yo dije: voy a salir del clóset, voy a aceptarme por lo que soy, yo valgo mucho”.

En cuanto a México, el trato no mejoró. Entrando al país, el 1 de septiembre del año pasado, la apuñalaron y la asaltaron en Tenosique, Tabasco.

Junto a las vías del tren en Tenosique, Tabasco, pueden encontrarse casas donde se rentan cuartos y baños, agua gratuita, o se ofrece intercambio de moneda. La economía cercana a las vías del tren es movida por la migración centroamericana. / Foto: Prometeo Lucero

Y aunque Eléctrica solicitó la visa humanitaria, cuenta que se la negaron, porque le dijeron que no había suficientes pruebas para solicitar refugio.

“Yo pienso que solo con el hecho de que me acuchillaron, ya tengo bastantes derechos, aún siendo inmigrante”, reflexiona Eléctrica.

Mema Perdomo, de El Salvador, es otro caso del sacrificio que hacen estas mujeres para proteger su vida de su propio entorno. Incluso llegó a pensar en el suicidio.

Ella acusa a las “maras” de ser la causa de que haya abandonado a su país.

“Hace 10 años yo me vine de El Salvador, me vine porque una de mis mejores amigas fue quemada viva en Usulután, le echaron gasolina los mareros. Mi amiga se llamaba Juan. Yo conocía a los mareros, entonces ellos me amenazaron. Y por eso, yo con el miedo y el pánico, me vine”, narra Mema Perdomo.

Con el tiempo llegó a Houston (Estados Unidos), donde vivió un tiempo con su hermana. Sin embargo, Mema Perdomo no ha vuelto a recuperar la tranquilidad.

Ya en la primera frontera fuera del Triángulo Norte, en México la situación es muy distante de lo que esperaban. No hay Centros de Refugiados suficientes y allí tambien son discriminados.

Daniela, por ejemplo, tuvo que huir de la Ciudad de México, pues era constantemente acosada por sus compañeros de trabajo.

“En la Ciudad de México fui agredida y por eso decidí seguir adelante. En Tijuana me siento más acogida. Mantenerte ocupada hace que se me olviden las cosas. Se me olvida tanto bullying, tanta discriminación. A la larga tanta violencia que sufres, hace que te vuelvas violenta y no te queda otra que ser violenta cuando te toca serlo”, explica Daniela.

Según un reporte dado a conocer por la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), luego de un triple crimen en El Salvador, 136 personas LGBTI, en su mayoría trans, han huido del país hacia México y Estados Unidos durante los últimos años.

Por eso, huir es una necesidad y solicitar asilo en México o Estados Unidos la forma más rápida de obtener protección, pero ni siquiera ahora esa posibilidad está garantizada.

En México, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) está negando este derecho de forma sistemática e irregular, según han reportado organizaciones de apoyo a migrantes. De hecho, en 2016 ni siquiera una tercera parte de los 752 solicitantes fueron reconocidos como refugiados, es decir, sólo 22.3% de las solicitudes fueron aceptadas (con datos de enero a septiembre).

Mientras las mujeres trans recorren México para cruzar la frontera con Estados Unidos, uno de los pocos espacios que les ofrece una estancia segura y libre de odios es el Hogar Refugio La 72 en Tenosique, Tabasco.

En La 72 se encuentra dibujado un mapa con las distintas rutas migratorias, así como albergues y zonas de riego en México. / Foto: Priscila Hernández Flores

En contraste, en la Ciudad de México, que es considerada como una de las capitales de la diversidad en América Latina, las personas trans han encontrado las mínimas garantías.

Quedó en evidencia cuando Paola, trabajadora sexual trans, fue asesinada a balazos por un cliente dentro de su vehículo. El hombre fue detenido y liberado apenas horas después por “falta de pruebas”.

Kenya y sus compañeras llevaron el ataúd con el cuerpo de Paola de la funeraria a la avenida Insurgentes y lo colocaron en medio de la vía (que atraviesa toda la Ciudad de México de norte a sur) y bloquearon durante horas hasta que llegaron los antimotines. Kenya misma se lanzó contra un metrobús y se colocó debajo de éste, impidiendo su paso.

Al llegar al norte, en los poblados de las fronteras con Estados Unidos, tampoco hay certeza de seguridad.

Yolanda, quien dirige el Jardín de las Mariposas –albergue en Tijuana--, explica que la discriminación en este tipo de centros de recuperación es grave. Hay 90 centros religiosos de recuperación, y ningún albergue diseñado específicamente para las necesidades de personas trans.

Pone como ejemplo un hecho en Tecate, Baja California, al Este de Tijuana, del que Yolanda se enteró por la prensa. Allí hubo un joven trans, salió de un centro de rehabilitación, y al día siguiente amaneció asesinado y quemado en un hoyo.

Perla Hernández dirige la Casa del Deportado Sagrado Corazón. Desde 2012, acoge a personas por igual, personas sin hogar y deportados que deambulan en la línea fronteriza. En la casa caben hasta 40 personas apretadas. Perla es trans y sábados y domingos trabaja checando la presión arterial.

La falta de acceso a servicios de salud, educación o trabajo, responde a que muchas mujeres trans no se consideran dignas de derechos o están divididas, de acuerdo con Rubí Juárez, quien dirige el Centro de Atención Integral a Personas Trans  y quien realizó un censo de mujeres en el área de prostitución y bares de Tijuana.

Las mujeres migrantes trans que no lograron el refugio en México continúan su camino hacia Estados Unidos, allá acuden con las autoridades para pedir asilo. También están las que llegan en avión, pero para todas, los procesos son lentos, se toman años. Mientras, sus vidas quedan suspendidas entre adaptarse a un país nuevo y el temor a ser deportadas a la misma tierra de la que tuvieron que huir.

El cadáver de Elizabeth Castillo, quien fue secuestrada, torturada y asesinada fue encontrado en un camino de Cuyutitán, luego de asistir al funeral de Yasuri Orellana y Daniela Rodríguez, mujeres trans asesinadas dos días antes. / Foto: Archivo FACTUM

En Estados Unidos las políticas migratorias son cada vez más estrictas. Solo desde 2012, las solicitudes de asilo pendientes de ciudadanas de México y los países del Triángulo Norte se han quintuplicado.

Aunque Estados Unidos reconoció desde 1994 a las personas LGBTI como minorías perseguidas, hasta la fecha no se ha dado a la tarea de registrar el número de casos de asilo en función de la orientación sexual ni de la identidad de género.
La organización Center For American Action Fund (CAP) ha tratado de cubrir este vacío estadístico a partir de los casos atendidos por la organización Immigration Equality (IE) y Human Rights First.

Los asilos reconocidos a las personas trans provenientes de México y el resto de países centroamericanos pasaron de ser solo dos casos en el año 2010 a un total de 23 en 2016. Tres de cada 10 casos proceden de estos países, pero es solo una pequeña porción de la población que requiere esta protección o que está en condiciones de solicitarlo.

Muchas de ellas permanecen en situación irregular con el temor a ser deportadas a la misma tierra de la que tuvieron que huir.

Este reportaje fue realizado en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, del International Center for Journalists (ICFJ), en alianza con CONNECTAS. Fue publicado inicialmente por Factum de El Salvador, Animal Político y W Radio de México.

CONNECTAS