El fenómeno del “autoritarismo competitivo”

Venezuela: ¿hacia dónde va el régimen?

El director del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana y su mirada de la crisis política del país vecino.

Maduro se sostiene porque “hay sectores, beneficiarios del modelo del poder actual, que permanecen fieles”. /AFP

La situación que afronta hoy Venezuela, tan dramática y compleja, dificulta cualquier consideración con un mínimo de equilibrio y distancia para responder preguntas básicas. De entrada, si no se condena la dictadura a gritos, resulta uno convertido en un mamerto contradictorio. Ahora bien, como la tarea consiste en entender lo que está pasando y el rumbo que las cosas pueden seguir, si toca cargar con el epíteto, se hace.

Aunque suene a tarea de académico alejado del mundo, cabe preguntarse por la caracterización adecuada del régimen político. En la última oleada de producción académica sobre la región, la noción predominante y sobre la cual se ha venido trabajando es la de “autoritarismos competitivos” o elecciones sin democracia, así como algunas imprecisas derivaciones acerca del populismo o el neopopulismo. Si se acoge tal noción, resulta importante señalar que, a diferencia de quienes señalan el tránsito de una democracia a una dictadura, lo que actualmente se estaría viviendo en Venezuela puede entenderse como el cambio desde un autoritarismo competitivo, al cual se habría llegado desde la adopción de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, con un trasfondo de implementación del llamado “Socialismo del siglo XXI”, a un régimen de corte más autoritario. Respecto a éste, cabe preguntarse acerca de la viabilidad y el alcance de lo electoral, si es que todavía tiene cabida; acerca de los retos enormes por el desgaste, el descrédito, el mal desempeño de la economía, el aumento de la represión y la evidente fragmentación y ruptura de los distintos sectores y fuerzas que todavía permanecen. En ese entorno complejo se dio la elección para la Constituyente y se están viviendo los conflictos y las tensiones de aceptar su puesta en marcha.

Pero, precisamente, el carácter dramático que ha acompañado el proceso vela aún más por una mirada precisa, consistente. De entrada, resulta relevante, inmediatamente relevante, afianzar la pregunta por la legitimidad y la caída del régimen. Más allá de denuncias y cuestionamientos, legítimos, esperables, cabe constatar que el régimen continúa vigente por dos razones básicas, pese a las rupturas y la fragmentación entre chavistas, maduristas y seguidores de Diosdado Cabello. En primer lugar, porque, como se demostró en la jornada electoral, hay todavía una base de apoyo que votó y que respalda al régimen y las decisiones que se han venido tomando. Es verdad que tal base es mucho menor que la que seguía a Chávez y que le permitió en distintas jornadas electorales imponerse. Pero todavía está allí y así responda a condiciones alejadas de lo que en el resto de la región y del mundo se considera democrático, es suficiente para apalancar la permanencia en el poder. En cambio, la oposición, fragmentada, menguada, crecientemente reprimida, enfrenta enormes dificultades para agenciar una tarea consistente. Y el balance entre debilitamiento vía represión y fortalecimiento por desgaste de la situación y reacción ante la arbitrariedad resulta difícil de establecer. La presencia en las calles es indicativa, pero movilización sin objetivos y sin resultados termina por desgastarse.

En segundo lugar, porque en medio de muchas dificultades los sectores que se han apertrechado en torno al poder mantienen sus lealtades y no lo han abandonado. Sin duda, las fuerzas del orden, así se hayan afianzado con arreglos de dudosa legalidad, se mantienen todavía en condición de respaldo y los brotes de insubordinación o ruptura no parecen haber pasado de eventos aislados. Y hay sectores, beneficiarios del modelo y gestores de un apalancamiento social y político del poder actual que permanecen fieles. O al menos es lo que las noticias indican. El respaldo del régimen cubano, advertido por muchos, abre una pregunta grande sobre su verdadero alcance y efectividad. Lo cierto, en todo caso, es un paulatino aislamiento en relación con los vecinos, la región y, obviamente, el actual gobierno norteamericano. Y queda por establecer con más cuidado y menos ideología y ficción, el papel de China y Rusia.

Por lo señalado, el escenario es, sin duda, el de un relativo y creciente agotamiento del régimen en su calidad de autoritarismo competitivo. No obstante, los hechos recientes dan para establecer tanto elementos de crisis, ruptura y transición hacia otras reglas de juego, previo un desmembramiento del arreglo actual, como de cerramiento en un modelo más autoritario, represivo y que logra sostenerse pese a muchas dificultades, agenciado por la actual élite del poder. La conformación y el desarrollo de la Constituyente actual recoge plenamente esta última alternativa, pero no exime aún de la primera posibilidad.

Claramente, un retorno a la democracia o a formas cercanas a éstas no parece viable ni se ven actores o fuerzas capaces de conducir en tal dirección, al menos en un futuro próximo. Pero los regímenes políticos y quienes los conducen y conforman se guían por preceptos, intereses, restricciones que no son los del deber ser que gritan actores políticos, medios, organizaciones desde fuera. El reclamo por la soberanía del pueblo venezolano para encontrar su rumbo, que a muchos les parece descabellado, tiene sin duda un profundo sentido de realidad. La Primavera Árabe y los avatares de aquellos casos objeto de intervención militar reciente deberían considerarse más y mejor antes de los cantos de sirena que no cesan de escucharse.

* Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la Flacso, sede México.

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