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El Mundo 27 Abr 2013 - 9:00 pm

Otra mirada a Siria

Alepo

Publicamos un fragmento de ‘Océanos de arena. Diario de viaje por Medio Oriente’, obra que Mondadori lanza hoy en la Feria del Libro de Bogotá.

Por: Santiago Gamboa / Especial para El Espectador
Una marea humana de refugiados de guerra sirios, en el Campo de refugiados en la localidad fronteriza con Siria de Zaatary (Jordania). / EFE

Creer que hemos llegado a Alepo en una noche especial, llena de fuegos y llamaradas lejanas. Así es el paisaje: árboles, montes y caminos iluminados por el resplandor de pequeños incendios. ¿Qué es?

Una auténtica noche de Valpurgis. 1

Desde la ventanilla del avión vemos (Analía y yo) 2 centenares de hogueras en las parcelas que rodean los terrenos aledaños a la pista. Líneas o triángulos flamígeros que se pierden al fondo. Son los campesinos. Usan el fuego para limpiar la tierra de malezas, algo que en muchos lugares está prohibido hace décadas.

El aeropuerto es una construcción de un solo piso. Apenas una fachada en madera con calados que dejan pasar el viento. Hay poca gente y hace calor. El nuestro parece ser el único avión del día que, tras descargar a unos pocos pasajeros, continúa su vuelo hacia Damasco. Los policías sirios, de uniforme gris y rictus grave, nos disponen en fila delante de sus pupitres de madera y se preparan (sin ninguna prisa) para el ceremonial del sello de entrada y las preguntas. Cada región tiene su prototipo físico y el de aquí parece ser, en el varón, un cuerpo delgado y alto, cara angulosa, bigote espeso. Tres de los que esperan con nosotros tienen estos rasgos, también dos de los policías. Y otros más en el avión. Ese bigote, además, tiene hacia el centro manchas de nicotina. Los sirios son grandes fumadores.

Cuando los uniformados acaban de ordenar sus sellos y cuadernos la fila comienza a moverse. Un hombre obeso y de corbata se suelta el botón del cuello y mira con disgusto las aspas del ventilador, que no se mueven. Dice algo en árabe y manotea hacia ellas. Tiene manchas de sudor en las axilas. Empieza el control de pasaportes y, como es de suponer, acabamos de últimos, requeridos por una larga lista de preguntas. Nuestra nacionalidad no es muy frecuente por estos lares.

Es mi primera visita a Medio Oriente, aunque no a un país árabe. En 1995 estuve en Argel. Un taxi nos lleva a la ciudad. Sobra decir que es un vehículo bastante destartalado, con olor a gases en su interior (debe tener perforado el tubo del exhosto). En lugar de tapicería, el asiento de atrás tiene una rugosa alfombra que pica a través del pantalón y, por el olor, diría que no hace mucho una cabra estuvo aquí durmiendo una siesta. La estructura parece haber sido, en algún momento, un carro japonés, sobre la cual se fueron agregando capas. Si sus amortiguadores pudieran hablar, exclamarían: “¡No más, por favor, no más!”.

Las primeras imágenes recuerdan la entrada a ciudades departamentales colombianas —allá por los años 70—, algo así como Armenia, Pereira o Tunja, sólo que, en este caso, con torreones de mezquitas iluminadas de verde y coronadas por una resplandeciente media luna de neón. Hay bombas de gasolina envejecidas y sucias, el pavimento tapizado de huecos; a ambos lados de la vía se ven automóviles chocados, jóvenes en bicicleta avanzando con peligro al borde del camino y, sobre todo, poca iluminación, lo que cubre el ambiente con un extraño sudario, una mezcla simultánea de soledad y algarabía.

Ya lo había observado en Argel: las ciudades del mundo árabe, dejando de lado los centros históricos y el patrimonio artístico (y obviamente el idioma), son iguales a las latinoamericanas. 3

El carro avanza lento por el tráfico y, a lado y lado, se ven edificios a medio construir que ya están habitados. Un rectángulo de cemento iluminado por un bombillo que cuelga de un cable, tubos esparcidos que anuncian la probable llegada de un tercer piso. Una cuerda de ropa de un lado a otro, en el segundo, y un perro parado al borde, impasible y con mirada lejana. El calor es cada vez más fuerte y se acentúa en nuestro viejo taxi. Afuera, en la oscuridad, hay hombres de chilaba y albornoz parados en las esquinas. Conversan moviendo las manos y por los sonidos guturales del árabe parecen discusiones muy acaloradas, lo que no coincide con los gestos, pues todos sonríen. “El árabe tiene sangre caliente incluso cuando se divierte”, me dirán después, y yo pensaré, ¿“el árabe”?, ¿existe algo concreto que podamos llamar así: el árabe, el latinoamericano, el europeo?

Nuestro hotel es el Diwan Ramsy, en la zona de Al-Baiadah, en el centro histórico, cuyo aire acondicionado lo hace valer oro ya que la temperatura, a pesar de la noche, ronda los treinta y cinco grados (es el mes de julio). Tiene además, desde su terraza en el tercer piso, una vista imponente de la Ciudadela de Alepo, un fuerte medieval elevado sobre un cerro. La ciudad está organizada a su alrededor. Para llegar hasta la puerta del hotel hubo que hacer una parte a pie, pues las calles son peatonales, muy estrechas, encajonadas entre muros almenados que serpentean dando extraños giros. Arrastrando las maletas, en medio de la oscuridad, vemos tiendas con la mercancía colgada de la puerta, como en los mercados del Caribe.

En una esquina nos embriagó el olor a pan recién horneado, emergiendo de un sótano. Cuando uno llega de noche a un lugar desconocido todo parece inquietante. Sobre las paredes sucias de la calle había escritos que intenté descifrar (estudié árabe clásico en la facultad de Filología), pero a pesar de reconocer las consonantes estuve lejos de comprender el sentido.

Ah, los hoteles. Analía va a darse una ducha y yo me siento en la terraza a leer algo de historia. El calor nos obliga a movernos con lentitud, como si temiéramos despertar a alguien o fuésemos ciegos. Los ruidos de la calle entran por el balcón atenuados por la distancia. Un ventilador de aspas se lleva el humo del cigarrillo. 4

Alepo es una de las ciudades más antiguas del mundo.

 

* Océanos de arena será presentado en la sala Porfirio Barba Jacob, en Corferias, hoy a las 3:00 p.m.

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