El Mundo |6 Oct 2012 - 10:42 pm
El mandatario no es la figura que fue
La chequera de Chávez
La mala administración, el despilfarro y la corrupción establecidos por el presidente venezolano tienen al borde del colapso al vecino país.
Por: John Paul Rathbone / Financial Times
Aunque la inseguridad y la pobreza reinan en Venezuela, el presidente Hugo Chávez aseguró que se enfocaría en mejorar la calidad de vida de los más desprotegidos. / AFP
Hace varios años, cuando aún no había llegado a la mitad de su presidencia de 14 años, Hugo Chávez compró un nuevo jet presidencial. El Airbus A319 de US$65 millones tenía extravagantes interiores de cuero blanco, pinturas de héroes nacionales en las paredes de la cabina y bandejas con bisagras de oro en la parte anterior de los asientos.
Los críticos de la presidencia venezolana inmediatamente lo llamaron “el avión de la vergüenza”. Chávez igual lo empleó. Era un trotamundos durante el pico de su popularidad y poder, y utilizó sus frecuentes visitas para reunir apoyo internacional para su visión del “socialismo del siglo XXI”. Muamar Gadafi estaba en su círculo de dudosos amigos. Cuánto han cambiado los tiempos. En ese entonces, Chávez disfrutaba de mucha prensa y apoyo. Hoy su brillo se ha opacado en el contexto internacional; el cáncer lo mantuvo entre los hospitales de Caracas y La Habana, y las elecciones de hoy son su reto político más duro.
Las encuestas indican que es una carrera reñida. Henrique Capriles, el líder de 40 años de la coalición opositora, no tiene los recursos estatales y el abundante carisma de Chávez. Sin embargo, el presidente está preocupado. Sea como se juzgue a su revolución radical, el excomandante de tanques y líder del golpe de Estado siempre ha recibido su legitimidad en las urnas.
Ha tomado mucho dinero para que Chávez se convirtiera en uno de los autócratas más controversiales y coloridos del mundo. Cuando llegó al poder, en 1998, sus promesas de cambio radical fueron en su mayoría simbólicas, pero en ese entonces el precio del petróleo rondaba los US$10 el barril y su primer presupuesto fue de tan sólo US$11.000 millones. Para 2006, los precios del petróleo se habían multiplicado por seis, así como el gasto del gobierno. Este año el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que el gasto estatal llegará a casi US$200.000 millones, y eso sin incluir Fonden, un opaco fondo por fuera del presupuesto, que ha recibido US$100.000 millones en ingresos durante los últimos siete años y que Chávez ha invertido como le parece.
La liberalidad del gasto le ha permitido a Chávez presentarse como el campeón de los desposeídos, aunque muchos de los servicios sociales y proyectos que ha lanzado, desde las plantas de una imprenta “socialista” hasta una nueva “Ciudad de Aluminio”, han fracasado. Aun así, el inmenso volumen de gasto aseguró que mejorara la vida de los venezolanos pobres. Al menos hasta ahora. La inflación constante, los apagones recurrentes y la violencia que se acumula (tres miembros de la oposición fueron asesinados el sábado pasado) están debilitando los logros.
Chávez reconoció tácitamente esto el fin de semana pasado durante la campaña. Aceptó que incluso sus partidarios estaban frustrados con los fracasos de su gobierno. “En mi próximo período presidencial prometo más eficiencia”, dijo.
Pero cada vez menos personas le creen. Tan sólo la noche antes había alabado el lanzamiento de un satélite construido por China, pero financiado por Venezuela, que se presentó en la televisión estatal como “la revolución espacial... una vista soberana”. Capriles no es el único venezolano en interpretarlo como otro ejemplo de cómo el quijotesco Chávez perdió el contacto con las preocupaciones cotidianas.
Catorce años en el poder de Chávez han develado que la amenaza más grave contra su gobierno no viene de una conspiración burguesa o “neoliberal” de afuera, como a menudo afirma. En cambio, ha sido la mala administración, la corrupción y el desgaste interno. Estos fracasos son inherentes al sistema que Chávez estableció en Venezuela, donde el poder ha sido centralizado y se mutilaron las supervisiones y los equilibrios institucionales de una democracia normal.
Si Capriles gana el domingo, el mundo pondrá lo ojos sobre el ejército de Venezuela y el resto de América Latina, para que reconozca y mantenga el resultado. Sin embargo, incluso si asumimos que Chávez reconocerá la derrota, será una dura transición para Capriles.
El Congreso, la Corte Suprema de Justicia y la empresa estatal de petróleo Pdvsa siguen en manos chavistas. Si Chávez gana, el futuro sigue siendo igual de incierto. La “Revolución Bolivariana” de Venezuela probablemente se profundice y las instituciones del país terminarán aún más sometidas. Pase lo que pase, ya no es la figura que antes fue, cuando viajaba en su flamante “avión de la vergüenza”.
Por: John Paul Rathbone / Financial Times
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