El Mundo |1 Nov 2012 - 9:30 pm

Así funciona el colegio electoral

La fórmula de la victoria en EE.UU.

Aunque en el voto popular, Barack Obama y Mitt Romney están empatados con un 47,4% cada uno, en el electoral, el presidente lleva la delantera. Se requieren 270 votos para ganar la Casa Blanca.

Por: Óscar Alarcón Núñez / Especial para El Espectador /
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El próximo martes 6 de noviembre, los estadounidenses elegirán a su  presidente. El próximo martes 6 de noviembre, los estadounidenses elegirán a su presidente.

A muchos les parece insólito que un país del primer mundo, como los Estados Unidos, tenga una manera indirecta de elegir a su presidente de la República con un sistema complejo que no entiende ni siquiera la mayoría de su población. La razón principal es que en ese país hay un sistema federal y cuando hace más de doscientos años los padres fundadores diseñaban la Constitución tuvieron que conciliar para llegar a unas fórmulas que dejaran satisfecho al mayor número de delegados.

Algo tan importante como la escogencia del mandatario, que rompía la tradición de los gobernantes en los estados monárquicos —que entonces era lo que existía— con un poder omnímodo que asumía las funciones de los reyes y del Parlamento —era al mismo tiempo jefe del Estado y jefe del Gobierno—, necesitaba ser escogido por un mecanismo que tratara de complacer a la mayoría de los delegados. Fue la misma discusión que se planteó frente al Congreso. Por eso, en este caso se optó por una doble cámara, en donde una representaba a los estados de la unión y otra a la población. De esta manera se determinó que cada uno de los estados eligiera, independientemente de su población, dos miembros en el Senado y que el número de miembros de la Cámara de Representantes dependiera de la población para que aquellos que tuvieran más contaran con más representación, y menos aquellos de población menor.

En cuanto a la elección del presidente, los delegados de los estados pequeños tampoco compartían que se eligiera con voto igual de cada uno de los ciudadanos porque ellos quedaban en condición minoritaria, sobre todo porque, sostenían, el país que estaban diseñando era la unión de varios estados confederados. De esta manera, el presidente no era el representante del pueblo sino el representante de los estados de la unión.

Los padres fundadores —como se llamó a los 39 que suscribieron la Constitución (debieron concurrir 55)— resolvieron finalmente que al presidente de la República lo elegiría un colegio electoral integrado por delegados de cada uno de los estados igual al número de miembros que tienen en el Congreso.

Cada uno de ellos, por el hecho de ser estado, elige dos al Senado y tantos representes según su población. Por ejemplo, si un estado tiene dos senadores por derecho propio y cuatro representantes por su población, le corresponden seis delegados en el colegio electoral. Hay que advertir que son personas distintas de aquellas que tienen curul en el Congreso.

Los que resultan elegidos han tenido que señalar previamente por quién van a votar y no pueden cambiar de parecer. Esta es la razón por la cual el mismo día de las elecciones del colegio electoral, y cuando se conoce su integración, se sabe quién es el candidato presidencial ganador. En cada estado, para la elección de los miembros del organismo, se aplica el principio del “winner takes all” (el vencedor se lleva todo), lo cual significa que no hay proporcionalidad para determinar los puestos en el organismo. Por ejemplo, si en el estado de Georgia, Obama obtiene 3’243.820 votos electorales y Romney 3’115.210, y ese estado elige 12 electores, todos serán para el candidato ganador y ninguno para el perdedor, a pesar de la pequeña la diferencia.

Pero ese colegio electoral es un organismo sui géneris por varias razones: es esencialmente temporal porque deja de existir tan pronto termina la única función que tiene: elegir al presidente de la República, cuyo nombre ya se conoce previamente porque sus miembros salieron elegidos habiéndole informado al electorado nacional por quién iban a votar. Jamás se reúne la totalidad de sus miembros porque simultáneamente se congregan quienes fueron elegidos en sus respectivos estados. Al presidente y al vicepresidente se les elige por una mayoría absoluta del colegio electoral. Como estos son 538, se necesitan 270, pero si por alguna circunstancia ello no es posible, el organismo pierde la competencia y la Cámara de Representantes elige al presidente y el Senado al vicepresidente, con una mayoría de las dos terceras partes, contando los votos por estados.

Esta situación sólo ha ocurrido en dos ocasiones: en 1800, cuando fue escogido Thomas Jefferson, y en 1824, cuando se eligió a John Quincy Adams. En el evento de que ello ocurra en esta ocasión —es posible porque tanto Obama como Romney están empatados en las encuestas—, el candidato demócrata y actual presidente tendría menos posibilidades de ganar porque la Cámara de Representantes en ejercicio es de mayoría republicana.

Las reuniones de los colegios electorales en cada uno de los estados se cumplen el lunes siguiente al segundo miércoles de diciembre, lo que quiere decir que este año será el 17. Si el colegio electoral no pierde la competencia, es decir, si son ellos los que eligen, cada uno envía las actas al Senado con sus respectivos escrutinios y es esta corporación la que anuncia la proclamación del nuevo presidente de los EE.UU. el 5 de enero próximo.

Ha sucedido en tres oportunidades que quien obtiene un mayor número de votos no logra tener los delegados suficientes para ganar la elección presidencial. En 1876, Rutherford B. Haynes (republicano) ganó con 185 delegados contra 181 de Samuel Jones Tilden, a pesar de que éste obtuvo 251.746 votos de más. La victoria se la dieron los estados de Luisiana, Carolina del Sur y la Florida.

En 1888, Grover Cleveland (demócrata) le ganó por 95.096 votos populares a Benjamin Harrison, pero este resultó elegido por haber tenido 233 delegados contra 168. Cleveland era presidente y aspiraba a la reelección, pero en el período siguiente (1893-1897) fue elegido nuevamente presidente por sólo 23.000 votos de diferencia sobre un total de 10 millones. Ha sido el único en la historia que ha sido dos veces presidente sin ser reelegido.

El caso más reciente fue hace doce años, cuando George Bush sacó 543.895 votos menos que el entonces vicepresidente Al Gore, quien perdió a pesar de lograr 50’999.897 votos. Aquél obtuvo la mayoría en el estado de la Florida, razón por la cual consiguió los 25 delegados de ese estado en el colegio electoral. El resultado fue de 271 delegados de Bush contra 266 de Gore.

Una de las elecciones también controvertidas en la historia de los EE.UU. fue la de John Kennedy y Richard Nixon en 1960. La diferencia en todo el país fue de solo 112.000 votos. Al amanecer del miércoles, día siguiente de los comicios, Kennedy se acostó a las 3:33 de la madrugada con la incertidumbre de los resultados y a las 8:45 de la mañana lo levantó su hermano Bobby con la noticia de que era el nuevo presidente.

Por: Óscar Alarcón Núñez / Especial para El Espectador /
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