El guardián del papa

En medio de un mar de intrigas y traiciones, este obispo ha permanecido fiel al lado de Benedicto XVI. Lo llaman ‘El buen Georg’.

El padre Georg Gänswein estuvo durante los últimos diez años al lado de Benedicto XVI.  / Reuters
El padre Georg Gänswein estuvo durante los últimos diez años al lado de Benedicto XVI. / Reuters

Todas las miradas se centran hoy en la audiencia pública que celebra Benedicto XVI en el aula Pablo VI del Vaticano. Será su primera aparición en público tras el anuncio de su renuncia. Aunque tenía planeado ir al monte Aventino de Roma para presidir los ritos del Miércoles de Ceniza, que abren el tiempo de Cuaresma, sus consejeros le recomendaron a última hora hacer todo en la basílica de San Pedro. El domingo se retirará a unos ejercicios espirituales hasta el sábado 23, y el 27 de febrero celebrará la última audiencia pública de su pontificado. Oficialmente se informó que tendrá lugar en la plaza de San Pedro, para permitir que los fieles que quieran hacerlo le digan adiós.

Aparecerá, como lo ha hecho en los últimos diez años, acompañado de Georg Gänswein, su secretario personal y a quien elevó a la dignidad de obispo hace apenas un mes. Dicen que lo hizo como premio a su inquebrantable lealtad, pues, según la prensa vaticana, Gänswein ha sido el único hombre que ha permanecido fiel a su lado en medio de la fiera lucha por el poder, las traiciones y las intrigas que terminaron convirtiendo al papa en un hombre enfermo, débil y solo.

Georg Gänswein se convirtió en el secretario personal de Joseph Ratzinger un año antes de que fuera nombrado papa. Habían trabajado juntos desde 1996, cuando éste era el cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Gänswein era entonces un perfecto desconocido, un excartero que tuvo que trabajar para pagar sus estudios y que llegó al Vaticano en los años 80 para desempeñar todo tipo de funciones. Por designios divinos, siempre al lado de Ratzinger.

Como su secretario personal, Gänswein se convirtió en un verdadero guardián, en el verdadero poder, en el que determinaba quién entraba al apartamento papal, en donde Benedicto XVI se refugió, acorralado por las luchas entre los cardenales. Según los medios vaticanos, fue “un pararrayos en medio de las intrigas y peleas que se desataron durante sus ocho años de pontificado”.

Una lucha de la que no se salvó ni siquiera su mano derecha, Tarcisio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, quien tomó distancia de Benedicto XVI. Otros cardenales lo acusan de ambicioso, de mantener relaciones peligrosas y de hacer pactos con los masones. El papa, sin embargo, quiso conciliar con todos los sectores que dividían al Vaticano, señalan los periodistas. Sin embargo, cada vez que lo intentaba, la lucha se radicalizaba y el pontífice terminaba más débil, más golpeado y más solo. Sus enemigos no descansaron, pero se mantuvieron al margen por la intervención de Gänswein, uno de los pocos que supieron de la renuncia de Benedicto XVI meses antes de que se fuera pública.

“El guapo Georg” —como se le conoce en el Vaticano, por su éxito en las revistas europeas que lo califican como “el hombre más sexy del mundo”— es alemán, tiene 57 años, 1,80 de estatura, pelo rubio, cuerpo atlético y unos ojos azul profundo. Recibe a diario cientos de cartas de amor de fervorosas católicas que le piden dejar los hábitos y aprovechar “todo lo que Dios le dio”. Pero él guarda silencio y sólo deja salir una coqueta sonrisa cuando le preguntan si “ser guapo es un pecado”. Según dijo, antes de cancelar definitivamente las entrevistas, “su misión es estar al lado del papa”.

Algo que ha cumplido a cabalidad. Días antes de que estallaran los “vatileaks” —la filtración de cartas y documentos secretos del Vaticano— al fax del padre Georg llegó una carta muy comprometedora dirigida al papa. Inmediatamente se la entregó a su jefe, quien luego de leerla, la guardó en una pequeña oficina del apartamento papal. Pero algo pasó. Meses después, la misiva, junto a decenas de documentos secretos, fue publicada en un libro. Benedicto XVI y Gänswein supieron que la intriga había atravesado los muros de la intimidad papal, en donde el pontífice solía refugiarse la mayor parte del tiempo.

Los “cuervos” habían penetrado en la familia pontificia, conformada por el padre Georg, el otro secretario, Alfred Xuereb, cuatro laicas consagradas —Carmela, Loredana, Cristina y Rosella—, sor Birgit Wansing y un guardaespaldas, Paolo Gabriele, quien según las investigaciones habría sido el traidor. Dicen que Joseph Ratzinger lo perdonó, pero jamás se recuperó de su falta de lealtad. Entonces, Gänswein se puso más alerta y decidió no dejar solo a Benedicto XVI, que lo nombró jefe de la Casa Pontificia, una muestra más de confianza, pues quien ostenta ese puesto es quien se encarga de cuidar al Pontífice en caso de enfermedad, cansancio o achaques por su avanzada edad.