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El Mundo 27 Mar 2013 - 10:02 pm

La pasión del papa

La pasión del papa

CUANDO FRANCISCO era Jorge Bergoglio, San Lorenzo de Almagro era su gran amor. Esta es parte de la historia del club santo del barrio de Bajo Flores, en Buenos Aires.

Por: Daniel Avellaneda/ Corresponsal, Buenos Aires
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La resurrección de San Lorenzo

Cuando Francisco dejó atrás a esa multitud que lo esperaba en el portón de Santa Ana, muchos se sorprendieron con la frase que el sumo pontífice dejó al pasar: “¡Que gane San Lorenzo!”, dijo en su lengua natal, acompañado por una sonrisa. La imagen fue captada por una cámara de la RAI (Radiotelevisión Italiana).

Y resultó casi un mensaje celestial para los fanáticos de San Lorenzo de Almagro, la pasión terrenal del nuevo papa. Muchos, entonces, empezaron a preguntarse en el mismísimo Vaticano, y también en todos los rincones del mundo, el origen de ese club de fútbol que sedujo al religioso en sus tiempos juveniles y por el que mantiene el amor intacto en el momento cumbre de su vida, al punto de augurar un triunfo en el campeonato argentino de Primera División.

A fin de cuentas, ¿de qué otro equipo podía ser este representante del Señor, si San Lorenzo fue obra y vida de un sacerdote? El padre Lorenzo Bartolomé Massa, nacido el 11 de noviembre de 1882, resultó ser el motor de una de las instituciones más populares de Argentina, reconocida en el selecto grupo de los cinco grandes que encabezan River Plate, Boca Juniors, Racing Club e Independiente. Hijo de inmigrantes italianos, como el mismísimo Jorge Bergoglio, este cura salesiano, filósofo y teólogo, tuvo la brillante idea de sacar de las calles a los “pichones de malevos”, los niños perdidos que solían verse en las barriadas de los primeros años del siglo XX. Y a través de la pelota, ese juego que entonces era una novedad de los ingleses que habían llegado a estas tierras para instalar el sistema de ferrocarriles, reunió a varios chicos, que luego serían catequizados.

Massa armó el primer grupito en Boedo, un barrio proletario del sur de la ciudad de Buenos Aires. Lo hizo después de ver con sus propios ojos que los niños corrían detrás del balón con tanto afán que casi terminan debajo de las ruedas de un tranvía, el transporte de la época. El cura los convenció de jugar en el patio del oratorio San Antonio, que él mismo dirigía y cuya sede estaba en Almagro, otro enclave urbano populoso, con la condición de que los pequeños participaran en las misas. Los jóvenes accedieron. Y decidieron bautizar al equipo que formaban puertas adentro como Los Forzosos de Almagro. A Massa le pareció demasiado rudo el nombre. Y después de varias deliberaciones, los pibes resolvieron denominar San Lorenzo al club, en tributo al hombre que creyó en el futuro de esos chicos callejeros. Humilde, el salesiano lo aceptó con la expresa salvedad de que se honrara al santo mártir de la fe y al primer triunfo de las armas patrióticas conducidas por el general don José de San Martín en el histórico combate de... San Lorenzo.

Desde el 1º de abril de 1908, entonces, San Lorenzo empezó a escribir su historia institucional. Y el apodo de “cuervos” que lo acompaña obedece a la sotana negra del padre Massa, siempre firme junto a los jóvenes que atraían con su fútbol y abarrotaban el patio del oratorio. Pero los colores de la camiseta son azul, símbolo del ideal, y rojo, testimonio de la lucha. Y también, claro, el equipo es conocido como los “santos”. No hace falta aclarar por qué razón. Y con el papa como hincha notorio, refuerza su carácter divino.

“Para nosotros es un orgullo que el papa sea hincha y socio de San Lorenzo y que haya compartido momentos tan especiales para nosotros”, le dijo el presidente del club, Matías Lammens, a El Espectador. Y desde la fumata blanca del miércoles 13, que precedió al nombramiento del cardenal argentino como el primer pontífice latinoamericano, se ha generado una suerte de franciscomanía en el club azulgrana. Para empezar, la empresa italiana que le provee la indumentaria al club diseñó una camiseta con la imagen del papa en el frente y su nombre bajo una aureola en el dorsal. Y aunque las manifestaciones políticas y religiosas no son bien vistas por la Fifa, su presidente, el suizo Joseph Blatter, miró hacia otro costado. Y como si fuera un mandato divino, porque así lo pidió Francisco, San Lorenzo venció 1 a 0 a Colón en Santa Fe. El gol lo hizo Rubén Ramírez, en contra de su arco, después de que la pelota rebotara en su puño. Sí, fue la mano de Dios, dijo más de uno.

El miércoles, durante su primer día de funciones en la Capilla Sixtina, en el que se reunió con la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, el papa recibió la edición especial de la camiseta de San Lorenzo que le envió la comisión directiva. Y su sonrisa fue espontánea y tan grande como esa bandera argentina con el escudo del Casla (Club Atlético San Lorenzo de Almagro) que flameó en la plaza de San Pedro durante su entronización. El modelo no se venderá en las casas de deportes del país, pero se subastará a través de internet. Y todo lo recaudado estará destinado a la reconstrucción del comedor de la Villa 1.11.14, situada en el Bajo Flores, frente al estadio.

No obstante, los dirigentes de San Lorenzo, urgidos por una deuda de US$4’500.000, ya están pensando cómo explotar el efecto Francisco con estrategias de marketing. Su principal ideólogo es Marcelo Tinelli, vicepresidente del club y popular conductor de televisión. Entonces, en medio de una movida que se está llevando a cabo desde hace años para construir el estadio en el barrio de sus orígenes, los hombres que conducen los destinos de la institución agudizan el ingenio. Y en ese sentido ya se establecieron contactos con una agencia de marketing de Londres para instalar el nombre “San Lorenzo” en toda Europa.
El objetivo más ambicioso es lograr que San Lorenzo, un club importante fronteras adentro, aunque sin demasiada proyección internacional, tome relieve a nivel mundial. Hay gestiones para acordar un amistoso en Roma, muy cerca del Vaticano, y sacarle jugo al merchandising de pulseritas de goma con los colores y la insignia, además de poleras con la leyenda: “Que gane San Lorenzo”, a fin de cuentas, el deseo cumplido del papa. El equipo también recibió ofertas para jugar en Francia y España.

Con la idea de sumar socios, un ómnibus bautizado Cuervomóvil recorrió todo el territorio argentino logrando una importante captación. Por eso, en estas horas, el presidente Lammens está evaluando repetir la iniciativa frente a la mismísima Santa Sede para asociar fanáticos en el exterior. La semana de la asunción del papa se afiliaron 400 personas, nada menos, y en Facebook se agregaron 700.000 seguidores, todo en medio de una locura papal que envuelve a San Lorenzo, cuyo hincha más famoso era, hasta la posesión de Francisco, Viggo Mortensen, actor estadounidense con vivencias porteñas, el popular Aragorn de El Señor de los Anillos.

El diablo de los santos

Por: Fernando Araújo Vélez

Después de aquella noche, y durante muchos años, la gente de a pie en Bogotá dejó de insultar con los típicos hijo de puta, malparido, maricón y demás, y comenzó a usar sólo una palabra, que más que una palabra era un nombre: Rufino. En los buses, busetas, taxis y colectivos, los asientos decían “Rufino”, “No sea rufino, no dañe la cojinería”, “Por rufinos como usted este país anda como anda”. En la medida en que pasaban los años, ya muchos habían olvidado quién era Rufino, y los hijos les preguntaban a sus padres por qué rufino, aunque siguieran insultando a diestra y siniestra con la palabra rufino. Entonces ellos hablaban, recordaban.

Recordaban que la noche del 11 de abril de 1973, en un partido de fútbol de la Copa Libertadores de América, jugado en el estadio El Campín, de Bogotá, hubo un árbitro brasileño que tuvo la osadía de anularle un gol a Millonarios que ya había validado, un gol que habría torcido la historia de la Copa y del equipo. El rival: San Lorenzo de Almagro, Argentina. Millonarios había ganado días atrás un juego decisivo contra Independiente de Avellaneda con un tanto de Luis Eduardo Soto. Había sido un disparo mordido, desde muy lejos, que se coló en el arco de Miguel Ángel Santoro porque el fútbol es caprichoso.

El partido tuvo tanta importancia, que la televisión nacional decidió emitirlo en diferido sobre el filo de la medianoche, en tiempos en los que se pasaban dos o tres por año. Y el disparo y el gol de Soto fueron repetidos hasta la saciedad. Con esa victoria, Millonarios lideraba el triangular semifinal de la Copa.

Necesitaba vencer a San Lorenzo y buscar algún punto en Buenos Aires. Por eso, por todo eso, El Campín se llenó la noche del 11 de abril de 1973. Sesenta, setenta mil fanáticos con sus radios al oído, sus ruanas, un boletín extra del plegable Satélite futbolero entre sus manos y la ilusión, toda la ilusión.

El partido era difícil. Los argentinos marcaban, mordían, presionaban e intentaban salir de contragolpe para que Rubén Ayala definiera. Agustín Irusta, el portero, sacaba pelotas a izquierda y derecha, y los defensores, Glariá y Heredia, eliminaban cualquier intento de peligro. Aquel San Lorenzo era un San Lorenzo fiel a su historia, a los “carasucias” de comienzos de los 60, a los “matadores” que llegaron 10 años más tarde. De alguna manera, Ramón Heredia era Rafael Albrecht, uno de los centrales más recordados en el fútbol argentino, quien salía jugando, se imponía por velocidad, pateaba penaltis sin tomar impulso y cabeceaba en las dos áreas, siempre al lugar elegido.

Rubén Ayala era Sanfilippo, José Sanfilippo, recordado para siempre por Roberto Fontanarrosa años más tarde con una descripción entre mil que decía: “Tenía un radio de giro mínimo que le permitía encontrar espacios donde no los había, en los entreveros del área donde 21 jugadores pugnaban por la misma pelota, entreveros que los antiguos comentaristas definían con aquella chirriante palabra: ‘scrimagge’. Sanfilippo tenía la velocidad imprevisible de una laucha”. Veglio era Coco Rossi, elegante, distinguido, claro, preciso, y Luciano Figueroa era o intentaba ser Héctor Veira, imprevisible, fino, genio y loco. “La pelota era mi pasión, la pelota y las mujeres, que me mataron”, decía una semana atrás.

La jugada del horror llegó en la segunda parte. Un tiro libre, el árbitro que señala “indirecto”, Julio Gómez que le pega al balón, Apolinar Paniagua que se lanza y, dicen, dijeron , la toca. Gol, y el diablo que se retuerce, y el diablo que se asoma, y el santo que se vuelve demonio y va a protestar, y recuerda su importancia en el fútbol suramericano, y el tumulto, y las agresiones; Sebastián Rufino que corre, desesperado, y decide que no es gol, que nadie tocó la pelota en segunda jugada. Saca tarjetas rojas y amarillas. Corre. Huye. Las protestas cambian de color. Del azul y rojo de San Lorenzo, al azul y blanco de Millonarios. El público grita y decenas y cientos de enardecidos fanáticos invaden la cancha. Todos gritan, todos insultan. “Millonarios tenía que perder, por lo menos un punto. Esa era la consigna, y todo se cumplió a pedir de boca para... los sanlorencistas”, escribió el 12 de abril Mike Forero Nougués. Millonarios no pudo ganar esa noche, y luego perdió en Buenos Aires ante Independiente y San Lorenzo. Quedó eliminado. El diablo había metido la mano. El diablo de los santos.

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