Querer morir en Guantánamo

En la cárcel más controvertida de EE. UU., 23 presos permanecen en huelga de hambre, mientras el presidente Obama volvió a hablar de la necesidad de cerrar el penal.

Dos presos vinculados a Al Qaeda fueron fotografiados el pasado mes de enero.  / EFE
Dos presos vinculados a Al Qaeda fueron fotografiados el pasado mes de enero. / EFE

“Estoy muriendo todos los días mental y físicamente, esto nos ocurre a todos. Al parecer seguimos olvidados por el mundo entero en este lugar en medio del océano. Ya van más de diez años. No quiero más. Ni que me obliguen a comer, es mi derecho legal a morir, quiero hacerlo en silencio”.

Estas son las últimas palabras que recibió el abogado de Shaker Aamer, un ciudadano británico de origen árabe cuya historia es sin duda una de las más desgarradoras entre los 166 prisioneros que llevan más de una década en la cárcel naval de Guantánamo. De los cuales, sólo seis tienen un proceso legal en su contra y relación directa con alguna actividad terrorista. Los demás, como algunos los llaman, son otras víctimas de la guerra contra el terrorismo.

Aamer nació en Arabia Saudita y estudió parte de su universidad en los Estados Unidos, incluso llegó a trabajar como traductor para el ejercito americano. Luego viajó a Inglaterra, donde conoció a su esposa, una ciudadana británica. Cuando vivía con ella y sus dos hijos en Afganistán, Shaker corrió la misma suerte que la de muchos hombres que fueron secuestrados por bandas criminales de la región para ser vendidos al ejercito americano como supuestos miembros de Al Qaeda. Después de soportar 11 años de tortura, de los cuales seis los pasó en reclusión solitaria en Guantánamo, su nombre se ha convertido en uno de los símbolos de la injusticia que se vive en este controvertido centro de reclusión.

“No quiero morir, mi religión prohíbe el suicidio. Sin embargo, no comeré ni tomaré nada hasta que muera, para protestar por la injusticia que se vive en este lugar. Queremos salir de aquí, así sea sin vida”, añade en la carta Aamer.

No obstante, lo último que quiere la administración Obama es que uno de estos prisioneros pierda la vida, así lo confirmó el presidente este martes cuando, asediado por la prensa internacional y grupos defensores de derechos humanos, se refirió al tema. “No quiero que ninguno de estos hombres muera”, profirió al referirse sobre la controversia que ha suscitado la alimentación forzada de la que están siendo sujetos algunos de los reclusos.

La decisión de mantener con vida a prisioneros como Shaker Aamer, aun en contra de su voluntad, es, según las Naciones Unidas, un acto de tortura. El propio presidente de la Asociación Americana de Medicina, el doctor Jeremy A. Lazarus, en carta al secretario de Defensa, Chuck Hegel, advirtió que cualquier doctor que participe en estos procedimientos está violentando los códigos éticos que le permiten ejercer la profesión.

Al día de hoy son 23 los prisioneros en condiciones graves de desnutrición que siguen siendo alimentados a través de sondas gastrointestinales, las cuales son introducidas por la nariz deslizándolas completamente hasta el estómago, en donde se vacían complejos alimenticios por el transcurso de dos horas.

“Daré nuevamente la pelea en el Congreso para cerrar Guantánamo. Espero que de una vez por todas se permita el traslado de los prisioneros. Estoy convencido de que esta prisión se tiene que cerrar”, añadió Obama en su rueda de prensa, reiterando que este centro de reclusión, además de ser muy costoso para las finanzas del país, es un bochornoso lunar en su política exterior.

La pregunta que todos se hacen es si es posible creer en las palabras del presidente seis años después de que lo prometiera por primera vez. Es bien sabido que en 2009 presentó un proyecto ante el Congreso con el fin de cerrar Guantánamo, pero que el legislativo, de forma bipartidista, no le aprobó los recursos que costaría transferir a los prisioneros a centros penitenciarios dentro de los Estados Unidos. Sin embargo, sí le dio a Obama la potestad de revisar cada caso en particular con el fin de dar un permiso excepcional para el traslado de prisioneros a sus países de origen, explica Pardiss Kebriaei, abogado del Centro de Derechos Constitucionales con sede en Nueva York.

“Sólo es cuestión de voluntad política, pues Obama desde 2012 está en la capacidad ejecutiva de dar los permisos extraordinarios de traslado y permitir que por lo menos los 86 hombres que han sido declarados inocentes por las distintas agencias de inteligencia de este país recobren la libertad. Sin embargo, no lo ha querido hacer ni una sola vez”, añade Kebriaei.

Diane Fienstein, senadora demócrata por el estado de California y presidenta del comité de inteligencia del Senado, en carta al presidente también reiteró esta semana la necesidad de que el ejecutivo entregue estos permisos que permitan repatriar de una vez por todas a estos hombres.

Sin embargo, concluyen los analistas que para que esto ocurra, la actual administración tiene que dar fin a la prohibición que impuso el año pasado de repatriar reclusos a Yemen, país donde persisten células activas de Al Qaeda. Mismo lugar de donde son originarios 56 de los 166 prisioneros que hoy permanecen en el centro de reclusión naval.

Si bien es claro que en Guantánamo se encuentra recluido Khalid Sheikh Mohammed, el presunto actor intelectual de los atentados del 11 de septiembre junto a cinco de sus cómplices, enfrentando el rigor de un tribunal militar, existe un 90% de los prisioneros que lleva más de una década tras las rejas sin esperanza alguna de ver la libertad, a pesar de haber sido exonerados de todo mal. Quizás esta vez, esta huelga de hambre vuelque los ojos del mundo entero a ese pequeño lugar en medio del océano Atlántico donde se conoce que hombres inocentes siguen siendo privados de su libertad.

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