Brasil: crisis anunciada

La presidenta Dilma Rousseff está en su momento más difícil: no respondió a tiempo al escándalo de corrupción de Petrobras y sus enemigos políticos están al acecho. Análisis.

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, enfrenta por estos días la más baja popularidad. /EFE-Fernando Bizerra Jr.

La semana pasada Brasil estuvo inmerso en el carnaval. Durante algunos días, la mayoría de los brasileños salieron de un círculo vicioso que se inició el año pasado: entre el Mundial y las elecciones, los brasileños estuvieron a la espera de lo que podría venir en el país. Pero se desnudó la corrupción de Petrobras, la empresa estatal más grande y más querida por los brasileños. Se conoció que el esquema implementado benefició a cientos de directivos de varias empresas y que la trama de pago de sobornos, entre otras cosas, seguía creciendo. La presidenta, Dilma Rousseff, se demoró meses en tomar una decisión que le pedía a gritos el país. Finalmente relevó de la dirección de la petrolera a María das Gracas y en su lugar puso a Aldemir Bendine, expresidente del Banco de Brasil, también acusado de corrupción y con fuertes vínculos con la filiación política del Gobierno, el Partido de los Trabajadores (PT).

Esa fue la más reciente decisión de la presidenta, una decisión que hace que se alcen cada vez más voces que le piden reorientar sus políticas. Su forma de gobernar sui géneris, según la califican sus críticos, no deja a nadie indiferente. Aunque decisiones trascendentales, como el nombramiento del ministro de Hacienda, Joaquim Levy, ideal para ministro de un posible gobierno del Partido de la Democracia Social Brasileña, liderado por el ex candidato presidencial Aécio Neves, también la ha hecho ganar algunos aliados.

Parece que Rousseff no supiera qué hacer. Asesorada por un equipo, producto de arreglos políticos, y con una oposición que solo piensa en llegar al Planalto en 2018, Dilma no tiene un escenario fácil. Su política internacional luce opaca y en el plano nacional tampoco brilla, menos con el Partido de los Trabajadores claramente dividido. Los pronósticos son preocupantes: Brasil parece ir directamente a las manos de los buitres del caos, esos que aparecen sin que nadie los perciba, y que en nombre del orden y el progreso hacen que el futuro se escape.

Rousseff, quien se posesionó hace poco más de 50 días, no aparece y cuando lo hace, va en contra de sus promesas de campaña. En las últimas semanas, los resultados de las encuestas señalan una pérdida de apoyo. Desde la época de su primer gobierno, esta vez tiene el peor resultado. Para completar este panorama complejo, el país ha vivido una de las mayores sequías de los últimos tiempos, con muchos apagones. Parece más una letra de un tango: sin agua, sin luz y sin brújula… Y lo peor: nadie sabe, nadie vio nada.

El circo está armado: un gobierno vacilante, un país polarizado, un nuevo Congreso dispuesto a poner más leña al fuego, una prensa que vive de la miseria diaria del país y una población extenuada con las medidas impopulares del gobierno. Se empieza a abrir el camino para el impeachment tan deseado por la oposición. Mientras tanto, el gobierno y el país entran en un proceso de letargo del cual es necesario despertar.

La ausencia de gobernanza en Petrobras es un reflejo de la ineficiencia estatal, anclada en una burocracia conformada por servidores públicos sin vocación, a veces sin alma nacional. El Estado fue convertido en un elefante blanco que no tiene elementos para responder rápido y preciso a la crisis que afronta. El Senado y la Cámara se transformaron en una arena de gladiadores, en donde lo que menos les importa es el país, porque han privilegiado sus intereses políticos, alianzas regionales y elecciones 2018.

Según la diputada Érica Kokay (PT-DF), “con las elecciones cada vez más deformadas por el poder del dinero, lo que más crece en el Congreso es la bancada do BBB: bala, buey y biblia”. Con partidos anacrónicos vacíos en agenda, solo resta saber quién va a liderar la campaña del golpe de cuello blanco en el país, así como lo hicieron en Honduras y en Paraguay. ¿Estarán dispuestos a hacerlo en Brasil, que según el FMI y el Banco Mundial es la “7ª economía del mundo y 5ª en producción industrial, posición alcanzada sin herramientas tradicionales de poder y coerción”?

De tanto conciliar y concertar, el PT le vendió su alma al diablo y ahora es rehén de sus errores imperdonables y de sus “aliados temporales”, con intereses claramente opuestos al interés del pueblo brasileño. Una presidenta sola y un país con coeficiente intelectual y político detenido camina hacia la crónica de una crisis anunciada con impeachment o sin él.

* Analista brasileña.