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El Mundo 29 Ene 2013 - 9:20 pm

En 2012 fueron asesinadas 761 personas en la ciudad de Torreón

Código rojo en el norte de México

Entre los estados de Durango y Coahuila y sus áreas adyacentes se libra una de las guerras más cruentas del crimen organizado. El cartel de Sinaloa y Los Zetas han convertido a la zona en la más violenta del país.

Por: Luis Prados / Especial de ‘El País’, Torreón
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Las autoridades adelantan operativos en la desértica región norteña de México. Los efectivos no parecen suficientes para enfrentarse al crimen. / EFE

La muerte viaja más deprisa que la información en el norte de México. Dos páginas de Facebook y una cuenta de Twitter advierten constantemente de dónde está ocurriendo la última balacera o en qué calle ha aparecido el último cadáver desmembrado, un código rojo, como se le conoce, que en cualquier momento puede interrumpir una cena de amigos con estas palabras: “Tres fallecidos en la colonia Zaragoza Sur”. La población de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, los tres principales municipios de la Comarca Lagunera, una mancha urbana con más de un millón de habitantes entre los estados de Coahuila y Durango, sobrevive desde hace seis años al fuego cruzado de la guerra entre el cartel de Sinaloa y Los Zetas. Más de 160 homicidios entre el 1º de diciembre, cuando tomó posesión el presidente Enrique Peña Nieto, y el pasado jueves la han convertido en la región más peligrosa del país.

Torreón y su vecina Gómez Palacio, a la que está unida por varios puentes sobre el lecho seco del río Nazas, conforman desde su fundación, hace poco más de un siglo, un gran centro de distribución hacia la frontera con Texas, Estados Unidos. También de drogas: hacia Piedras Negras, Reynosa y Ciudad Juárez. Torreón, cuyo eslogan fue “la ciudad que venció al desierto”, está hoy de rodillas ante el narco.

La violencia estalló en 2007, cuando Los Zetas comenzaron a disputar la plaza a los hombres de Joaquín El Chapo Guzmán Loera, jefe del cartel de Sinaloa. Empezó entonces una orgía de sangre con balaceras indiscriminadas, aparición de cadáveres decapitados y descuartizados, corrupción de policías, extorsión y secuestros. Los asesinatos escalaron de 33 en 2007 a 761 en 2012, sólo en Torreón, según cifras oficiales.

Nadie estaba preparado para una ola de violencia que ha alterado las rutinas de los vecinos —apenas existe vida nocturna, no se toca el claxon, no se mira a los vehículos de los lados...— y hasta el lenguaje de los niños —“anoche hubo un descuarti cerca de mi casa”—. La aplicación del Plan Laguna Segura hace poco más de un año, con la superposición de soldados, marinos y policías federales, estatales y municipales en escaso número —unos 1.500 efectivos para los más de 650.000 habitantes de Torreón— y su falta de coordinación —aunque estén unidas, el hecho de que Torreón pertenezca a Coahuila y Gómez Palacio a Durango impide, por ejemplo, la persecución en caliente de los malandros— ha convertido a la operación en una gigantesca coreografía del fracaso.

La Comarca Lagunera se siente abandonada por las autoridades estatales y federales, atrapada en una guerra que, lejos del supuesto glamour mafioso de novelas y películas, libran con horrenda saña centenares de adolescentes pobres.

“¿Le hago un disparo de advertencia?”, pregunta un agente, armado de casco, chaleco antibalas y pasamontañas, mientras apunta con su rifle desde las alturas del Cristo del Cerro —una estatua colosal rodeada de antenas— a un joven halcón (informante del narco) apostado peñas abajo. “No, que no llevamos silenciador”, responde el teniente Adelaido Flores, jefe de la policía municipal de Torreón.

Desde los cerros de Poniente se domina la ciudad. Es el territorio de los “chapos”, su santuario de miseria y desolación. “Aquí no se empezó a entrar de noche hasta que llegó el Ejército. Nos costó conocer su geografía”, dice el teniente. Buena parte de la estructura criminal ha sido desmantelada y sus cabecillas han huido hacia el este del estado. Desde hace un tiempo Los Zetas parecen estar perdiendo la guerra. Han sido expulsados por los llamados M o Gente Nueva, un grupo criminal extremadamente cruel al servicio del cartel de Sinaloa. Los M llevan meses limpiando la ciudad de colaboradores de sus rivales y las autoridades no ocultan su temor de que llegue el día en que desafíen al propio Chapo.

El Hospital Universitario es el destino final de los heridos y muertos del crimen organizado. “Hace cinco meses vino un hombre interesándose por un herido al que, después de pasar por el quirófano, habíamos bajado a planta. Entró en la habitación y fue preguntando a los enfermos por sus heridas hasta que dio con quien buscaba y lo remató de ocho balazos. Ahora ya tenemos cámaras”, relata su director, Enrique Serna.

La morgue del hospital tiene capacidad para seis cuerpos, pero hay días, como dice su director, que parece “zona de guerra”. “Hemos llegado a tener 20 cadáveres y los tenemos que dejar en el piso. Si alguno llega descompuesto, el mal olor se extiende por el hospital y hasta por las cuadras vecinas”.

En Gómez Palacio apenas quedan policías y la cárcel fue cerrada tras un motín el 19 de diciembre, que se saldó con una veintena de muertos. Unos 400 soldados protegen esta ciudad de más de 300.000 habitantes. Su alcaldesa, Rocío Rebollo, una mujer valiente y popular, se ha quedado sola a los pies de los caballos. Hace dos semanas, la mayoría de los policías municipales y su secretario de Seguridad fueron detenidos por vínculos con la delincuencia organizada. “Me dieron en la madre. Jamás tuve un indicio de que estaban involucrados... Estoy completamente sola en esto”.

Rebollo está agradecida con los soldados, pero ellos no persiguen los delitos comunes, que crecen al amparo de la ola de violencia, y lamenta la descoordinación entre los municipios de la comarca, que lleva a que se arrojen los muertos en el territorio del vecino para bajar las tasas de homicidio propias.

La misma queja comparte Eduardo Olmos, alcalde de Torreón. “Es una torre de Babel. Tenemos dos gobiernos estatales, dos regiones militares, dos destacamentos de policía federal... Los únicos que parecen tener un concepto de región son los carteles”.

Los dos alcaldes suspiran por una policía metropolitana capaz de poner fin a la pesadilla. “Es una impotencia cabrona. Al parecer, sólo Dios me ayuda, tengo a todo el pueblo rezando por mí”, dice con humor Rebollo.

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