Lo complejo del caso Snowden

El extécnico de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos pidió asilo en Rusia mientras resuelve cómo llegar a América Latina. Prometió no causar más daño a su país revelando información secreta.

Edward Snowden (centro) ofreció una rueda de prensa en el aeropuerto de Moscú, donde ha vivido tres semanas. / EFE
Edward Snowden (centro) ofreció una rueda de prensa en el aeropuerto de Moscú, donde ha vivido tres semanas. / EFE

El destino de Edward Snowden se ha convertido en un juego diplomático en el que se cruzan importantes intereses estratégicos de varios países, pero sobre todo de las dos grandes potencias nucleares, Estados Unidos y Rusia. La posibilidad creciente de que el exanalista de la NSA acabe en Venezuela, un aliado de Moscú y uno de los más ostentosos rivales de Washington, ha hecho ese juego más evidente y delicado.

Después de un arranque de apariencia inocente y romántica, el caso Snowden ha ido evolucionando hacia un complejo problema político ante el que cada gobierno se está viendo obligado a tomar partido, lo quiera o no. El episodio del avión de Evo Morales, al que cuatro naciones europeas impidieron aterrizar ante la mera sospecha, probablemente trasladada por funcionarios estadounidenses, de que podría transportar al joven espía, demostró que, pese a las declaraciones para la galería, los aliados europeos sabían dónde situarse cuando la situación exigía una clara demostración de lealtad.

Esa reacción fue un ejemplo de hasta qué punto el caso Snowden refleja el mundo tal y como es, sin la retórica que se usa en las conferencias internacionales. Y una de las manifestaciones de esa realidad es la tensión entre EE.UU. y Rusia.

El presidente ruso, Vladimir Putin, puso tales condiciones para conceder el asilo a Snowden —unas hechas públicas, otras quizá no— que éste tuvo que renunciar a esa opción. Se abrieron entonces posibilidades que poco a poco se iban cerrando, por la presión de EE.UU., por dificultades técnicas y, sobre todo, por la escasa voluntad de la mayoría de los países de meterse en problemas con Washington. Al mismo tiempo, experto en los entresijos de la inteligencia como es, Putin sabía que mientras estuviera bajo su jurisdicción, en el aeropuerto de Moscú, Snowden representaba una baza con la que ganar notoriedad e influencia.

La entrada en escena de Venezuela le da esa oportunidad. Rusia ha ido profundizando sus relaciones con Venezuela de forma constante desde la llegada al poder de Hugo Chávez. Bajo la conducción personal de Igor Sechin, un antiguo y estrecho aliado de Putin, experto en América Latina y actual presidente de la empresa estatal de petróleo, Rosneft, ha desarrollado numerosos proyectos de cooperación en Caracas, desde el ámbito militar al energético. Durante muchos años, Sechin ha sido un frecuente visitante de Venezuela; la última vez, en mayo pasado.

El sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, lastrado desde el principio por las dudas sobre su legitimidad, tiene aún hoy serios problemas para estabilizarse en el poder frente a las divisiones internas del régimen y la mala situación económica. Entre las alternativas que el gobierno venezolano ha explorado para superar esa situación está la de un acercamiento a Washington, lanzado en meses recientes por el ministro de Relaciones Exteriores, Elías Jaua, con buena receptividad.

Esa aproximación, que seguramente no despierta muchas simpatías en Moscú, donde Maduro estuvo hace 10 días, se vería completamente arruinada si Snowden desembarca en Caracas. Como ya le ha hecho saber EE.UU., la concesión de asilo provocaría una respuesta norteamericana. Unido eso a la pérdida de influencia en América Latina —ni Brasil ni Colombia acudieron la pasada semana a la cumbre de respaldo a Morales—, con Snowden en Caracas, Rusia elevaría su papel como el socio inevitable de Venezuela. De forma incidental, Putin colocaría al exanalista de la NSA en el patio trasero de EE.UU.

Pueden aún producirse otras combinaciones con otros protagonistas. El partido no está ya jugado. Pero lo cierto es que Snowden parece cada vez más un simple espectador. O un peón, si de ajedrez se trata.