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El Mundo 12 Mar 2013 - 8:53 pm

Preocupación en EE.UU. por lenguaje bélico

Corea del Norte acumula sanciones

Que China acompañe a Estados Unidos en las sanciones no implica que deje al país a la deriva, ni mucho menos que se abra a la posibilidad de un ataque preventivo por parte de Washington.

Por: Pío García* / Especial para El Espectador
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El líder norcoreano, Kim Jong-un, inspecciona un cañón de largo alcance en Pyongyang. / AFP

Impedir que Pyongyang se convierta en un nuevo poder atómico se convierte en una carrera contra el tiempo en el Consejo de Seguridad. Entre enero y marzo, el organismo responsable de la paz mundial emitió sendas resoluciones contra Corea del Norte, a raíz del ensayo de misiles de largo alcance en diciembre pasado y con motivo de su última prueba atómica en febrero de este año. Al igual que las sanciones contempladas en las cuatro resoluciones anteriores, la más reciente —la 2094 del 7 de marzo— condena los ensayos nucleares norcoreanos e insta a todos los países a abstenerse de realizar cualquier venta de equipo o materiales susceptibles de ser aprovechados en el mejoramiento de la capacidad atómica de ese gobierno.

Las actividades comerciales civiles no quedan prohibidas, pero el desplazamiento al exterior del personal civil y militar vinculado a los programas atómicos de Pyongyang sigue restringido. La nueva desautorización de la carrera nuclear norcoreana fue promovida por Estados Unidos y logró la aprobación unánime del Consejo, gracias al apoyo de China, el principal aliado del presidente Kim Jong-un.

A primera vista, las gestiones del Consejo de Seguridad para detener a Corea del Norte en su rápido ascenso al club de países dotados de armas atómicas pareciera el resultado de una voluntad de garantizar un mundo con menos medios de destrucción masiva. Frente a esa perspectiva humanitaria se levanta la cruda realidad de un sistema mundial modelado por los intereses de los grandes poderes, por el cual se forma una escala curiosa.

En lo más alto de la misma están las cinco potencias iniciales, a quienes nadie desconoce sus derechos de poseer el armamento nuclear, y son los mismos cinco países con asiento permanente en el Consejo. Luego están los que accedieron después al club atómico, sin recibir mayores reprimendas. Están ahí Israel, India y Pakistán. Luego, aquellos que insisten en entrar pero chocan contra el muro de los impedimentos.

Libia, Siria e Irak lo pretendieron en su momento, pero tuvieron que desistir. Hoy en día, Irán y Corea del Norte persisten en sus programas de defensa con bombas nucleares. Su argumento es muy simple: a falta de mecanismos multilaterales fiables para detener las agresiones militares externas, el único medio probado hasta ahora es la disuasión atómica, como lo confirman las ocupaciones de Afganistán, Irak o Libia. Además, los países con capacidad nuclear están lejos de desmantelar sus arsenales, como para pensar que el mundo avance de verdad hacia la desnuclearización. Sin duda, al apreciar el panorama en su conjunto, el sabotaje a los programas nucleares disuasivos aparece discriminativo y revelador de la doble moral de quienes primero se equiparon con esas armas.

Que China acompañe a Estados Unidos en las sanciones no implica que deje a Corea del Norte a la deriva, ni mucho menos que se abra a la posibilidad de un ataque preventivo por parte de Washington. La coincidencia en la medida se ubica en un punto crucial de la geopolítica regional en donde priman los intereses de las dos primeras potencias globales del momento. Para Estados Unidos se trata de mantener el statu quo en el Pacífico asiático, donde la capacidad militar de Rusia y China es contrarrestada por la alianza estadounidense con Japón y Corea del Sur. Un gobierno norcoreano con poder atómico acentuaría la presión económica y militar para dotar a los aliados estadounidenses de armamento estratégico, en un momento de bajo crecimiento económico y elevada demanda de gasto social. China, en cambio, prefiere seguir protegiendo a una Corea del Norte carente de armamento nuclear, garantizándole la estabilidad regional y la disuasión de la agresión externa.

Con el fin de asegurar ese control militar regional, China eleva su presupuesto de defensa en un 10% cada año, de modo que en un lustro puede llegar a equivaler a la mitad del gasto estadounidense, con el impacto global que eso significa como nuevo gendarme internacional.

Y para mermar la tensión en la península coreana —acentuada por las amenazas de Kim Jong-un en eco a esta sanción y a los ejercicios militares de Estados Unidos y Corea del Sur—, el principal objetivo de Pekín con las sanciones recientes a Pyongyang es reabrir el famoso diálogo a seis bandas, dirigido a canalizar ayuda energética y alimentaria a Corea del Norte, a cambio del abandono de su programa atómico. Participan en ese foro ambas Coreas, Japón, Rusia, China y Estados Unidos. Es probable que esa meta llegue a ser el primer logro diplomático del nuevo gobierno chino, liderado por Xi Jinping.

* Docente e investigador Universidad Externado de Colombia.

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