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El Mundo 26 Mar 2013 - 10:07 pm

La facción británica del Atlántico Sur

El gigante defensor de Malvinas

La base aérea de Mount Pleasant resguarda a cerca de 2.000 hombres prestos a responder a cualquier agresión.

Por: Diego Alarcón Rozo / Puerto Stanley
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Vista de la base aérea de Mount Pleasant, a 32 millas de Puerto Stanley en las islas Malvinas. / EFE

De todos los recuerdos que persisten en las islas Malvinas (Falkland), ninguno es tan patente como el que dejó la guerra. En esos días de 1982, cuando la ofensiva argentina fue replicada por Gran Bretaña, ocurrieron hechos que sus habitantes jamás podrán sacarse de encima, como esos casquillos de metralla que por más de 30 años han permanecido intactos al paso de los días y que ahora se encuentran en el museo de Puerto Stanley o perdidos debajo de alguna de sus rocas blancas, que están allí desde la era de las glaciaciones.

Sin embargo, de todas esas memorias ninguna es más grande —por lo menos en tamaño— que la base aérea de Mount Pleasant, a unos 50 minutos de Puerto Stanley, por una carretera angosta y a tramos empedrada.

Esa es la fortaleza del Reino Unido en la isla. Unas 2.000 personas viven allí, entre operarios y soldados que entrenan a diario. También hay ensayos de vuelo de aviones de combate que no se alcanzan a ver desde la ciudad. Hoy se oye el motor tronando de uno de ellos, girando en el aire, mientras viajamos al sur a conocer la estancia cercana de Goose Green, que no tiene más de 18 casas.

Cuando terminó la guerra, Mount Pleasant fue construida para que cualquier ejército que considere a las islas desprotegidas piense dos veces en la idea de atacar. Desde entonces, la base no ha tenido contratiempos.

Mount Pleasant está compuesta por enormes bodegas color verde militar. Sirve también como el aeropuerto de las islas, pero sólo dos veces a la semana: los sábados, cuando llega y se va el vuelo comercial de Suramérica, y los martes, cuando llega y se va el vuelo comercial de más de 15 horas del Reino Unido. Desde América no puede establecerse un tiempo fijo, porque desde Buenos Aires podrían ser unas cuatro horas que evitarían a los viajeros que vienen de más al norte escalas innecesarias. Pero la política se ha encargado de que Santiago de Chile sea una parada obligada, que sea necesaria una conexión de dos horas hasta Punta Arenas (Chile) y de allí otra por tiempo similar hasta Río Gallegos, en Argentina. Es el único punto habilitado por el gobierno de Buenos Aires para permitir la salida a las Malvinas: un vuelo más, 45 minutos para recorrer los 560 kilómetros que las separan de su costa. Desde que el avión aterriza se repite un mensaje en diversos carteles: “Prohibido tomar fotografías”.

Mount Pleasant es un gigante silencioso en Malvinas. Los isleños no sienten a las tropas, pero saben que están allí para cuando las necesiten. Ese piloto que hoy vuela, practica movimientos que de pronto nunca aplicará, al menos en estas frías islas de pocas zonas verdes y un cielo casi siempre gris, aunque el sol de vez en cuando sorprende. La base es también el más grande centro de entretenimiento que tienen los habitantes, que son cerca de 3.000 en total, 2.600 de ellos en Stanley. En un espacio reservado, hay un campo de paintball, una pista de bolos y la única sala de cine de las islas, que quizá sea la más cercana a la Antártida. Las películas “nuevas”, las que están en cartelera en una ciudad convencional de Suramérica, llegan un par de semanas después, pero llegan: dos funciones al día, por lo general una a mitad de la tarde y otra en la noche.

No es que Puerto Stanley sea un lugar extraño, no es que su comunidad sea un rosario de costumbres exóticas. Son culturalmente occidentales, como América, sólo que lo son al estilo británico: también tienen hora del té, adoran a la reina Isabel, manejan sus carros desde el costado derecho. Tienen el acento de Gran Bretaña y su bandera pegada en casa y en sus camionetas. Desde la guerra no simpatizan con los argentinos; los llaman invasores. Ayer en la noche, Liz estaba un poco borracha en un bar porque se peleó con el padre de su hijo: “Es tan malo que preferiría haberme casado con un argentino”. Luego dijo que era broma.

Liz perdió la cuenta de las cervezas que había bebido en la Globe Tarvern, que es uno de los cinco bares que hay en Puerto Stanley. Sólo están abiertos hasta las 11:00 p.m., pero los isleños son libres de beber hasta la hora que consideren necesaria, siempre y cuando lo hagan en privado y sin generar escándalo. De hecho, el sexto en la lista de diversión nocturna es The Trough, que está abierto hasta las 2:00 a.m. pero no tiene licencia para vender alcohol. El dueño sólo abre sus puertas, cobra una entrada y la gente bebe lo comprado, con música en vivo, si tienen suerte. Al salir en la madrugada, los visitantes encuentran el frío y por lo general la lucidez no los acompaña.

Mientras la gente baila en The Trough a su estilo y choca los vasos con fuerza, sintiéndose más británicos que nunca, en Mount Pleasant los miembros de la Royal Air Force que no duermen están de guardia, custodiando la fiesta a 32 millas de allí.

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