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El Mundo 26 Mar 2013 - 8:16 pm

El papa renunció a residir en el lujoso apartamento pontificio

El 'marketing' celestial

Los gestos del papa Francisco han logrado dar un giro a la percepción de la Iglesia: de los escándalos a la coherencia católica con la humildad.

Por: Juan Arias, ESPECIAL DE ‘EL PAÍS’
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El papa Francisco saluda a varios de los feligreses.

Los expertos en marketing están admirados al observar cómo el papa Francisco, en pocos días, con la sola fuerza de un puñado de gestos simbólicos, ha sido capaz de desplazar de la información mundial los graves escándalos de la Iglesia que llevaron a su antecesor Benedicto XVI a tener que renunciar al papado, agobiado por el peso de los mismos.

Es como si, de repente, las acusaciones de pederastia o de ilegalidades en la banca vaticana o de las intrigas palaciegas de los mayores responsables de la curia romana hubiesen desaparecido por arte de magia.

El publicista Paulo de Tarso Santos, que fue jefe de imagen del expresidente Lula da Silva, intenta explicarlo. Mientras, según él, antes del nuevo papa la Iglesia estaba siendo juzgada por “sus defectos y escándalos”, ahora el papa Francisco ha hecho que el juicio se trasladara “hacia sus cualidades”.

Con unos cuantos gestos simbólicos, como el de ir a pagar la cuenta al hotel donde había estado antes del cónclave, abandonar los zapatos rojos de estilista por unos marrones comunes y rechazar la moceta roja que distingue el poder del papa del de los demás obispos, junto con el fuerte acento puesto en la defensa de los más pobres, el papa argentino ha cambiado en pocos días la imagen de la Iglesia, que de estar en el banquillo de los reos, ha pasado a ser considerada cercana a la vida de los simples mortales. En su último gesto, y rechazando los excesos, Francisco se negó a instalarse en el lujoso apartamento pontificio, de diez habitaciones y salones con suelos de mármol, donde han residido sus predecesores desde 1903. Dijo asombrado que allí cabían unas 300 personas y que prefería continuar su vida en la más modesta casa Santa Marta, donde se alojan los cardenales de cara al cónclave.

Bergoglio, que se ha desnudado de los adornados rituales y de las vestiduras doradas del papado fundado en la imagen del poder, ha revestido a la Iglesia del manto de la virtud, haciendo olvidar sus pecados. La ha retrotraído a los tiempos en los que Francisco de Asís surgió como el restaurador, a través de la humildad, la pobreza y del amor a todos los seres vivos, de una Iglesia también hundida entonces en los pecados del poder, de la riqueza y de la falta de moralidad.

Como ha afirmado la argentina Claudia Turis, especialista en historia de la Iglesia, los gestos liberadores de Francisco poseen una fuerza especial porque pertenecen a su forma de actuar antes de llegar al papado, cuando ya era arzobispo cardenal de Buenos Aires. Según Turis, Bergoglio no se quitó los zapatos rojos de Benedicto XVI en el Vaticano, como papa, sino que se los había quitado “cuando iba a pie por las calles de Buenos Aires”.

Para los publicistas, los gestos simbólicos del nuevo papa, orientados todos ellos a presentar a una Iglesia pobre, cuando era vista envuelta en riquezas, o los gestos que lo asemejan más a un simple párroco de periferia que a un pontífice y monarca, van a tener enseguida un efecto dominó en toda la Iglesia jerárquica. La conducta y forma de vida del alto clero, generalmente vistosa y suntuosa, serán confrontadas por los fieles.

Ahora, de repente, ya nadie se pregunta, por ejemplo, si el papa dimisionario ha entregado o no a su sucesor aquellos documentos polémicos, ni se interroga ya sobre la gravedad y el secreto de los mismos. Hace unos días pude ver desfilar en el aeropuerto de Río a un puñado de jóvenes vistiendo un flamante hábito franciscano. Antes de la llegada del papa Francisco, la gente los hubiese mirado con compasión, diciendo: “¡Pobres chicos, vestidos con sayas!”. Esta vez observé la simpatía de la gente que comentaba: “Son los del papa Francisco”, sin saber que Bergoglio es jesuita y no franciscano.

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