El oleoducto de la discordia

Economistas y científicos le piden al presidente Barack Obama que vete la construcción del oleoducto Keystone XL. La oposición republicana argumenta que el megaproyecto creará puestos de trabajo y aumentará la seguridad energética.

Protestas en Washington de comunidades indígenas que se oponen a la construcción del oleoducto Keystone, que atravesará seis estados y afectará a 30 comunidades nativas del centro del país. / AFP

La lucha durante estos últimos seis años ha sido feroz en Estados Unidos. Por un lado el sector petrolero, que pretende sacar a como dé lugar 830.000 barriles de crudo diarios desde Alberta, Canadá, hasta las refinerías de Texas en el Golfo de México, prometiendo en el camino una enorme creación de empleo. En la otra orilla los ambientalistas y parte de la sociedad civil que alerta sobre el gran daño ambiental que causaría este megaproyecto. Estamos a escasos días de que el presidente Barack Obama tome una decisión que sin duda marcará el destino ambiental de Estados Unidos.

El centro de la controversia, el oleoducto Keystone XL, un gigantesco proyecto de unos 1.900 kilómetros de largo que transportará arena alquitranada, la forma más contaminante de petróleo por los recursos hídricos, así como de químicos que se necesitan para extraer el crudo de esta mezcla de arena, lodo y petróleo rico en bitumen, conocida en inglés como Tar Sands.

En abril de 2014 la administración Obama pospuso la decisión final del proyecto una vez más, la cual está bajo su potestad, hasta que se resolviera una demanda en Nebraska sobre la ruta del oleoducto, que atravesará seis estados y más de 30 comunidades nativas del centro del país. Sin embargo, el 9 de enero la Corte Suprema de Nebraska dio vía libre al proyecto, al mismo tiempo en que la Cámara de Representantes, de mayoría republicana, aprobara en primer debate un proyecto de ley que obliga a Obama a tomar una decisión, en vez de postergarla más.

Para entender los riesgos que trae consigo el Keystone XL, le preguntamos a Kandi Mossett, nativa americana de la tribu Manden, Hidatsa y Arikara de Dakota del Sur y por donde está trazado el oleoducto para saber por qué su comunidad no se puede dar el lujo de perder esta batalla. “Al producir un barril de crudo proveniente de la arena alquitranada se generan casi tres veces las emisiones de CO2 que al refinar un barril de petróleo convencional. La deforestación, el uso del agua, del gas, así como los residuos de la extracción, son altamente nocivos para el medio ambiente”, explica Mossett, vocera de temas energéticos para la Red Ambiental Indígena de Estados Unidos (IEN), con sede en Minnesota. “Nuestra resistencia, así como de las más de 80 comunidades indígenas en contra del oleoducto XL, está enmarcada en nuestro derecho ancestral como comunidades nativas protectoras de la tierra y generaciones futuras. Sabemos que la fuga y el derrame de esta arena alquitranada llegará tarde que temprano contaminando irreversiblemente las fuentes hídricas y la tierra cultivable de los seis estados por donde pasará: Montana, Dakota del Sur, Nebraska, Kansas, Oklahoma terminando en Texas”.

Aunque Transcanadá, petrolera dueña del proyecto, ha asegurado que las fugas y los derrames son cosa del pasado, una de sus líneas que transporta arena alquitranada se quebró en 2010 derramando cientos de barriles de esta nociva mezcla en el estado de Michigan, la cual cuatro años después y a pesar del billón de dólares que han invertido en reponer los daños ambientales, mantienen a las comunidades aledañas al río Kalamazoo afectadas.

“La arena alquitranada tiene trazos de níquel, vanadio, plomo, cromo, mercurio, arsénico, selenio y la lista sigue. No hay que dudar del potencial del desastre ambiental que se vendría con este proyecto”, concluye Mosset. Y no son sólo las comunidades indígenas en este país, sino los ambientalistas en bloque los que alertan de los peligros para la agricultura y los recursos hídricos del centro del país. Son cerca de 2.500 cuerpos de agua subterráneos, conocidos como acuíferos, que abastecen a millones de personas a lo largo de la ruta del oleoducto los que se verán en peligro, siendo el de Ogallala en Nebraska el que da a beber a más de dos millones de personas, el más vulnerable al estar a escasos metros del oleoducto.

Lo que muchos se preguntan es por qué, a pesar del alto costo ambiental para extraer, refinar y transportar este tipo de petróleo, se quiere llevar a cabo este proyecto. La arena alquitranada que hay en la región de Alberta (Canadá) posee unas reservas comprobadas de 168 billones de barriles de crudo, lo que la convertiría en la tercera reserva más grande del mundo. El problema es que se necesita una red de oleoductos, siendo el XL el principal, mas no el primero, que lleve el producto a bajo costo hasta las refinerías de Texas. Ya que mover esta arena por tren o por tierra, como se ha intentado hasta ahora, lo hace económicamente inviable para las petroleras, más ahora con la caída de los precios del crudo.

“De aprobarse este proyecto se le estaría dando un espaldarazo a la extracción del petróleo más sucio del planeta, perpetuando su práctica hacia el futuro y asegurando de paso el escalamiento de las emisiones de CO2 a la atmósfera”, asegura el analista político Thomas L. Knapp, director del Centro de Prensa William Lloyd Garrison Center con sede en Boston. Sin embargo, las encuestas siguen indicando que la opinión pública en Estados Unidos, 60% según la última encuesta de Usa Today, aprueban la construcción del oleoducto, lo que para Knapp, como para muchos analistas, responde a la gran campaña de propaganda y desinformación que ha impulsado el sector petrolero de la mano del Partido Republicano en Estados Unidos.

Por años se han manejado cifras de que el proyecto traería a la región cerca de 250 mil nuevos empleos, la mitad de ellos temporales. No obstante, una y otra vez ha quedado claro, como en el último informe del Instituto de Estudio Laboral de la Universidad de Cornell en Nueva York, que el número máximo de nuevos empleos estarían entre 2.500-4.650 puestos de trabajos, la mayoría de éstos de una duración de sólo tres años y no permanentes como Transcanadá lo ha promocionado todos estos años. El estudio, el cual fue enviado al presiente Obama a finales de 2014, pudo establecer que sólo 10 al 15% de la mano de obra sería local al igual que la mayoría del acero usado de para el oleoducto sería fabricado fuera del país. Para terminar, concluye que una vez construido el oleoducto sólo quedarían cerca de 50 puestos de trabajo permanentes para mantener una infraestructura mayoritariamente computarizada.

“No hay duda de que este proyecto no creará empleos, como le han hecho creer a la gente, porque la verdadera creación de trabajo no está en los combustibles fósiles, sino en la energía renovable, en la cual está todo por hacer, toda la infraestructura por construir y todo su desarrollo por afianzar”, concluye Knapp.

No obstante, la semana pasada el Senado estadounidense, también de mayoría republicana, aprobó con una votación de 62 contra 35 el segundo debate del proyecto de ley que obliga a Obama a aprobar el oleoducto, quedando a escasos cinco votos de blindarlo del veto que el presidente ha prometido si la decisión proviene del Congreso y no de su administración, como es su potestad por ser un proyecto de infraestructura que cruza las fronteras de Estados Unidos. Esta semana el proyecto volverá a la Cámara de Representantes, donde se da como un hecho su aprobación.

Por su parte y mientras se le acaba el tiempo a Obama, la Agencia para la Protección Ambiental (EPA) acaba de dar un espaldarazo a los ambientalistas al concluir esta semana que el transporte y posterior refinamiento de la arena alquitranada proveniente de Canadá a través del oleoducto generará la misma emisión de CO2 al año que lo que generan 7,8 minas de extracción de carbón. Niveles altísimos de contaminación que llevan a la Agencia a recomendar decirle no al proyecto. Este es el primer informe de los seis más que espera esta semana Obama de otras agencias del gobierno sobre los impactos ambientales del XL como antesala a su decisión final.

Aunque el presidente ha dado indicios de que votaría por el no, de darle el visto bueno al oleoducto, como temen algunos sectores, socavaría el compromiso serio de Estados Unidos por reducir sus emisiones de gases con miras a los acuerdos que viene promoviendo su administración para la Conferencia de Cambio Climático en París a final de año.