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El Mundo 13 Mar 2013 - 11:14 pm

Francisco, el pontífice argentino

El papa del fin del mundo

Francisco, primer pontífice latinoamericano de la historia de la Iglesia católica, comenzó su pontificado pidiendo al mundo que lo bendiga.

Por: Nicolás Cuéllar Ramírez / Buenos Aires /
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El cardenal Jorge Mario Bergoglio, jesuita de 76 años, ocupará la silla de Pedro. / AFP

Hace ocho años el arzobispo argentino Jorge Mario Bergoglio pudo ser papa. Tras la muerte de Juan Pablo II, la reñida votación para elegir a su sucesor lo enfrentó entonces al cardenal Ratzinger. Bergoglio logró obtener 40 de los 77 votos necesarios para ser elegido. Sin embargo, ante la falta de consenso, y después de cuatro votaciones, pidió a los demás cardenales que se abstuvieran de votar por él. Entonces, Ratzinger sería proclamado como Benedicto XVI.

Tras la dimisión del papa, Bergoglio llegaba al Vaticano con una gran influencia, pero según los medios especializados, con pocas posibilidades de ser elegido. Por eso fue sorpresiva la noticia del protodiácono cuando anunció que el nuevo sumo pontífice era el arzobispo de Buenos Aires.

“Soy uno de los cardenales que vino del fin del mundo”, dijo ya usando el nombre con que se le conocerá, Francisco, en sus primeras palabras a los feligreses que esperaban en la plaza de San Pedro. Hincha del club de fútbol San Lorenzo de Almagro, Bergoglio se convierte en el primer papa latinoamericano, el primer jesuita y el primero en usar el nombre Francisco.

Nacido en 1936 en Buenos Aires, hijo de un matrimonio de italianos, decidió convertirse en sacerdote a los 21 años y recibió la orden en 1969. Argentina entonces entraba en una complicada situación política. Entre 1973 y 1979, en plena dictadura militar, fue superior provincial de los jesuitas. Bergoglio despierta posiciones encontradas entre los argentinos. Existen quienes aplauden sus oratorias y sus posturas frente a los temas como el matrimonio igualitario o el aborto. Otros critican sus puntos de vista y le recuerdan su papel en esos años oscuros de la historia.

Al cardenal se le atribuye responsabilidad en el secuestro de dos sacerdotes jesuitas en 1976, dos meses después del golpe militar. También se le critica por su aparente cercanía con la Junta Militar, sobre todo con el general Rafael Videla. Sin embargo, el arzobispo, que no es muy dado a responder a los medios de comunicación, recientemente había aceptado hablar del tema para contar su versión de la historia y relatar cómo protegió a varios sacerdotes durante esos años.

Bergoglio vive solo. En un departamento sencillo, al lado de la catedral de Buenos Aires. Desde su ventana fue testigo de los saqueos y explosiones que dejó la crisis de 2001. Mantiene un bajo perfil y le gusta viajar en metro y en colectivo constantemente. Recorre hospitales y camina la ciudad. En Roma, cuentan fuentes cercanas a Francisco, el cardenal solía caminar bajo un gabán negro para ocultar los llamativos colores de su traje.

Sufre problemas respiratorios desde joven, cuando perdió un pulmón tras una operación. Pero su vida austera lo ha conservado desde entonces con buena salud. En 2011 renunció al arzobispado de Buenos Aires, por alcanzar el límite de edad (75 años), pero el papa Benedicto XVI prorrogó su mandato dos años más. Tras la dimisión de Ratzinger, Bergoglio anotó: “Fue un gesto revolucionario, un cambio en 600 años de historia”.

En Argentina, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner saludó al nuevo papa en una corta misiva. La relación entre el pontífice y los Kirchner, hay que recordar, no ha sido la mejor. Bergoglio fue autor de mensajes fuertes en contra del gobierno. La pobreza, el matrimonio igualitario, las peleas con el campo y las continuas controversias del gobierno con la oposición, eran temática de sus misas y actos oficiales. Ha cuestionado duramente las decisiones tomadas en estas materias tanto por Néstor Kirchner como por la actual presidenta.

Desde la Casa Rosada no dudaron en enfrentar al arzobispo. En uno de los momentos más álgidos de la relación, el presidente Kirchner dijo en alusión a Bergoglio. “Nuestro Dios es de todos, pero cuidado que el diablo también llega a todos, a los que usamos pantalones y a los que usan sotanas”. Pasaron un par de años en que la relación entre el gobierno y el Episcopado fue nula.

Por su parte, los organismos de derechos humanos no recibieron con mucho beneplácito el anuncio del nuevo papa. Conocen bien sus posiciones como acérrimo opositor al matrimonio igualitario y al aborto no punible. “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios”, decía hace un par de años el arzobispo en una carta cuando se discutía en el Senado el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Francisco compartirá la sede del Vaticano con su predecesor y tendrá que responder por los escándalos recientes, como el de los abusos sexuales a menores o el caso de los Vatileaks, por mencionar algunos. Pero, sobre todo, dicen especialistas, tendrá que guiar a la Iglesia en medio de una crisis económica mundial como la actual, para que el Vaticano recupere su poder de influencia.

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