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El Mundo 22 Jun 2013 - 9:00 pm

Hace 20 años este caso ameritó juicio y películas

El pene cortado de John Wayne Bobbit

Esta es una simple constancia de humor contra el acto depredador y antiecológico cometido desde hace veinte años por Lorena Gallo, luego Lorena Bobbit y después Lorena Gallo.

Por: JOSÉ LUIS GARCÉS GONZÁLEZ * ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR
En Twitter: jlgarces2@yahoo.es
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La ecuatoriana Lorena Gallo, luego Lorena Bobbit, y su entonces esposo el marine del ejército estadounidense John Wayne Bobbit. / AFP

U N O

Dentro de pocos días se van a cumplir veinte años del infausto acontecimiento. El hecho conmovió al mundo y ubicó a sus dos protagonistas como personajes de publicidad universal. En USA, la ecuatoriana Lorena Bobbit, antes Lorena Gallo, nacida en Bucay en 1969, en un arranque de rabia, le cercenó el pene a su marido, un tal John Wayne Bobbit, nacido en Buffalo el 23 de marzo de 1967, bueno para el trago y para darle golpizas y proporcionarle ultrajes a su mujer cada vez que llegaba borracho y se le antojaba practicar artes marciales con ella. Lorena era vendedora de cosméticos y el Bobbit era marine del ejército USA. Cansada de tantas agresiones, Lorena buscó en la cocina un cuchillo bien afilado y, aprovechando que el John Wayne estaba adormitado y no tenía pistolas como el inspirador de su nombre, le agarró el noble adminículo y lo cercenó por debajo del glande, prácticamente, como decía el cochero Jerónimo, lo descabezó. El calendario marcaba el 23 de junio de 1993.

Al darse cuenta de lo que había hecho, la mujer salió en desbandada hacia su carro con el pedazo de miembro en una mano, y como pudo, prendió el vehículo y empezó la huida por las calles del tranquilo pueblo de Manassas. Metros más adelante, al darse cuenta de que lo que llevaba en la diestra que le incomodaba para conducir, botó por la ventanilla, en un descampado, el trozo que iba colgando.

Bobbit se despertó inundado en sangre, armó la barahúnda, llamó a su papá, se contactó con el Ejército, y al poco tiempo Lorena era capturada y presionada para que confesara todos los hechos e indicara dónde había tirado el fragmento restante, miembro cercenado. Ella aceptó todo con los ojos gachos e informó el lugar preciso donde había lanzado el pedazo que llevaba en la mano. Y hacia ese sitio, a toda velocidad, marchó la avanzada del Ejército dispuesta a recuperar lo que hacía falta. Fue encontrado el noble saldo, puesto de inmediato en hielo y traído al hospital, en donde los expertos en microcirugía James T. Sehn y David E. Berman, tras nueve horas de exhausto trabajo, lograron reimplantar el objeto troceado.

Apenas terminó la intervención quirúrgica, las luces de la TV y los reporteros de la prensa convirtieron al marine Bobbit y a Lorena en estrellas mediáticas. No hubo programa ni noticiero donde no aparecieran los dos dando entrevistas. Todo el espectro cognoscitivo fue estremecido: desde la ciencia médica hasta el feminismo y la moral. Como es lógico pensar, en el caldero de la opinión pública hervían las opiniones contradictorias. Y no solo en Estados Unidos. El asunto era de carácter universal. Algunos y algunas justificaron el hecho; otros y otras, lo repudiaron sin titubeos.

El instrumento reimplantado de John Wayne Bobbit cicatrizó a la perfección, y los dictámenes aseguraban que había quedado en óptimas condiciones, para retornar a sus funciones. Sin embargo, el Bobbit no se mostró satisfecho, vendió su historia a varias revistas norteamericanas y europeas y, con ese dinero, meses después, se mandó a hacer otra operación para aumentar el tamaño de su miembro, pues consideraba que el ataque de Lorena le había “menoscabado” algunos centímetros a su porte normal en estado de excitación. Los galenos que hicieron esa cirugía estética de engrosamiento y alargamiento dieron un completo parte de victoria. Entonces, todo quedó listo para empezar a mostrarlo por el mundo.

El divorcio, como era obvio, se produjo pronto, y John Wayne Bobbit se dedicó a dejarse cortejar por los medios y a ganar dinero. Lo mismo hizo Lorena, para pagar los abogados en un juicio que se inició el 5 de agosto de 1993 y que fue transmitido por la televisión a todo el mundo. El jurado declaró a la Bobbit inocente por padecer en el instante de la depredación “trastorno mental transitorio”, pero fue internada durante 45 días en un centro psiquiátrico.

El Bobbit se enrumbó por los caminos del cine porno y de los programas picantes. En 1994, hizo una película con Verónica Brazil, la estrella carioca del cine XXX. Fue presentado en los medios de farándula y alguna vez, en el 2005, lo condujeron frente a su exesposa, y él no tuvo impedimentos para solicitarle que lo perdonara. Ella, muy oronda, dijo que él todavía la amaba, porque le mandaba flores en el día de san Valentín y tarjetas en la fecha de su cumpleaños. El Bobbit participó en distintos documentales, donde mostraba las cicatrices que tenía en su “bonitico”, como lo llamaba el maestro Lucas Caballero, Klim. Terminó casado cuatro veces con actrices y modelos, y divorciado otras tantas. Algo turbio estremecía su vida y las caídas fueron varias. Caía y volvía a caer. En el 2007, le pidió a la Policía que le entregara el cuchillo con el que Lorena le había cercenado una parte de su miembro y argumentó que ese hecho y esos instrumentos ya eran parte de la historia norteamericana, y él necesitaba subastar el arma penicida para conseguir unos dólares que su presupuesto personal requería con suprema urgencia. Es más, juró que el dinero obtenido en la subasta lo compartiría con una entidad de ayuda a jóvenes desamparados. La ley no accedió a la filantrópica solicitud.

Lorena, por su parte, creó una fundación titulada Lorena’s Red Wagon, entidad dedicada a dar protección y ayuda psicológica y social a mujeres maltratadas. ¡Ah!, y se volvió a casar a los dos años, y tiene una hija adolescente llamada Olivia. Su nuevo marido, Dave Bellinger, tuvo que acostumbrarse a las bromas de sus amigos y, en los tiempos iniciales de la relación, aprender a dormir con un ojo abierto. Lorena trabajó, primero, como agente inmobiliaria, y después instaló una aclientelada peluquería. Según parece, su vida retornó a la normalidad.

Como se ha escrito, el caso Lorena Bobbit conmovió a muchos estamentos. En la música, verbigracia, son numerosas las canciones que lo mencionan. Señalemos algunos ejemplos. El grupo ecuatoriano Las vírgenes violadoras creó una canción intitulada Lorena no Bobbit y lo incluyó en su disco Canciones de amor podrido y sin esperanza. La banda de rock española A palo seko compuso una canción llamada Lorena. El cantautor guatemalteco Ricardo Arjona, en su canción Si el norte fuera el sur, hace referencia a los conocidos hechos en sus versos: “Córtaselo a tu marido, y ganarás reputación”.

D O S

Y aunque esta es una democracia sin demócratas, al decir del profesor francés Pierre Gilhodes, aún estos temas se pueden discutir en nuestra sociedad. A algunos les puede parecer insólito, pero en esa época, y doy fe de ello, en distintas ciudades de la costa Caribe colombiana, varios grupos de mujeres, conmovidas por la acción depredadora de Lorena Bobbit, elaboraron un documento de protesta.

Es más: constituyeron, porque el asunto es diciendo y haciendo, un Comité por la Conservación de los Penes, que ellas llamaron por el eufónico acrónimo de Propene. Y de verdad estaban indignadas, pues consideraban que la Bobbit, antes Lorena Gallo, no podía dilapidar, de buenas a primeras, un recurso natural no renovable, más en tiempos de liberalidad sexual cuando, como piensan algunas y pregona la canción: “Se acabaron los hombres, los hombres se acabaron ya”.

Para que no circule el velo de la duda, debidamente autorizado por ellas y bajo mi exclusiva responsabilidad, me permito mencionar algunos nombres de las que lideraron tan simpático empeño: Amelia Augusta Ramos, en Cartagena; Porfiria Rosa Mejía Z., en Montería; Sofía Sierra G., en Barranquilla; Consolación Peñaloza, en Valledupar; Betty Adriana (no quiso dar el apellido), en Sincelejo, y Melania Antibobbit Ariza (que conste: ella misma se puso el apodo una semana después del infausto acontecimiento), en Santa Marta. Todas ciudadanas, respetables damas, casadas o unionlibreadas, con profesión definida y en ejercicio erótico y sexual comprobado.

La ideóloga de Propene, la distinguida y aún bella Sofía Sierra G., quien hizo una gira por todo el país en busca de adeptas, aún sostiene que al bellaco del Bobbit había que castigarlo, pero que la reacción de la ecuatoriana Lorena fue excesiva y poco inteligente. La ingeniera industrial Sofía, que fungió de líder feminista hasta 1985 cuando se encontró con el que hoy es su marido, apodado en buena hora El Matemático Gozón (como tiernamente le dice ella), asegura que si hubiera sido miembro del jurado, hubiera condenado a la “penicida” no por agresión criminal, como sostenía la Fiscalía en Washington, sino por bruta. “Cómo se le ocurre semejante acción. Eso es darle papaya para que algún psiquiatra loco insista en que las mujeres tenemos envidia y nostalgia del pene del hombre”, dijo, evocando el lenguaje que utilizaba cuando era lectora de Freud y partidaria de la señora Freeman.

Melania Antibobit Ariza, quien se retiró de su local del mercado público para atender a sus hijos y a su marido, consideraba que Lorena le prestó un flaco servicio a la causa femenina, pues no se trataba de cercenar, sino de saber gozar, y que la cara de la Gallo no muestra resentimiento, sino arrepentimiento. “Aunque no lo creas: arrepentimiento, mijo, arrepentimiento”, manifestó, muy cerca de mi grabadora, y se le movía en tumulto la papada.

Porfiria Rosa, aindiada, breve y de cara gorda, afirmó rotunda que la mujer del exmarine cometió una pendejada, y que quizá por ser tan joven, no entendió que el verdadero cuchillo no era el que tenía en la mano, sino el que está ubicado entre las piernas. “Ese, el otro, es el verdadero amansabravos. Quien no lo crea que le pregunte a José Carlos (su dócil marido)”. Y agregó: “Vea, señor, Dios nos la puso en el medio, para nuestro remedio. Y si no, ¿para qué?”.
La cartagenera Amelia Augusta, sin titubeos uno de los mejores cuerpos que tiene el litoral Caribe, creía que la solución era el divorcio desde la primera puñera, una demanda penal y la indemnización correspondiente. Con su desparpajo de mulata sandunguera, confesó: “Aunque el nombre de eso, dizque pene, me parece horrible y no tiene sonoridad, no estoy de acuerdo con el corte del aparatejo. Nunca podré estar de acuerdo. Imagínate, si a todas las mujeres se les da por cometer la misma locura, ¿a dónde vamos a llegar? Niño, eso es peor que la bomba atómica”, y echaba para atrás el carbón exuberante de su pelo y para adelante los pimpollos erguidos de sus senos.

Cuando el convaleciente Blas Primero Conde de la Barrera, que ahora anda platónicamente enamorado de una viuda de belleza sugestiva y reposada, me telefoneó y con voz cansada pero alegre me informó que se había constituido en su barrio un Comité de damas para la defensa del noble adminículo, le dije que de inmediato me movilizaría hacia los alrededores de su residencia, entrevistaría a tan valerosas y honestas mujeres, y escribiría una crónica para ver si algún periódico de este país de fiesta y de sangre la publicaba y le daba un poco de oxígeno sonriente a sus lectores. “Sí, como librepensador que eres, es urgente que lo hagas. Hasta yo, que estoy tratando de regresar al training a mis 78 años, me puse nervioso”, concluyó el Conde desde su alto lecho de enfermo.

Vale decir que todas entraron en contacto y este singular movimiento, que envío a su debido tiempo a la autoridad la documentación para obtener la correspondiente personería jurídica, aspiraba, según palabras de la circunspecta Consolación Peñaloza, a crear un eslogan que lanzaría al mundo entero: “Los hombres con pene; las mujeres sin golpes y sin pena”. Por otra parte, informaron que harían campañas por radio, prensa y televisión; editarían una revista mensual que se llamaría Eva con Adán; tendrían sede en cada capital, y, si las circunstancias objetivas y subjetivas lo permitían, elaborarían listas para los cuerpos colegiados.

En ese momento se pusieron de acuerdo en lo fundamental, según palabras que estuvieron de moda, y eso es un buen síntoma. En lo que aún existe discrepancia es en las dimensiones del logotipo. Algunas dicen que es muy largo; otras, que es muy corto. Ahora, para conmemorar el vigésimo aniversario del desgraciado cercenamiento, la próxima semana convocarán en Barranquilla a una reunión ampliada. Como el movimiento se mantiene vigente, invitarán a ecologistas, sexólogos, poetas en acción y economistas alternativos. Seguro que, con tan calificada asesoría, se enriquecerá la polémica y todo se reducirá a sus justas proporciones, como dijo un político refiriéndose a la corrupción en Colombia. Interesante lo de Propene. Costeñas hermosas tenían que ser las de tan loable iniciativa. No sabe Lorena Gallo todo lo que desató cuando en una madrugada de junio utilizó el filo de su cortante cuchillo.

“Simplemente quería librarme de ello”

Transcripción de una parte del juicio en el que Lorena fue absuelta:
DEFENSA: Y lo siguiente que recuerda es estar conduciendo en dirección a casa de su amiga Janice.
LORENA BOBBITT: Sí.
DEFENSA: Se estaba acercando a una señal de stop.
LORENA BOBBITT: Sí.
DEFENSA: Y se dio cuenta de que llevaba algo en la mano izquierda.
LORENA BOBBIT: Sí.
DEFENSA: Y comprendió que era el pene de su marido.
LORENA BOBBITT: Sí.
DEFENSA: ¿Y se sintió horrorizada?
LORENA BOBBITT: Sí.
DEFENSA: Y quiso librarse de ello.
LORENA BOBBITT: Sí, sí, sí.
DEFENSA: Y se libró de ello Sin más.
LORENA BOBBITT: ¡Sí, lo tiré!
DEFENSA: Sin más.
LORENA BOBBITT: No, no recuerdo que lo tirase sin más. ¡Sé que... simplemente quería librarme de ello!
 

* Escritor, coordinador de El Túnel. Catedrático de literatura de la Universidad de Córdoba. En las próximas semanas aparecerá su novela Fuga de caballos.

 

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