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El Mundo 19 Ene 2013 - 9:00 pm

El presidente de EE.UU. juramenta un nuevo mandato

El segundo Obama

Retos como la deuda pública y reforma migratoria aguardan al mandatario. Hoy se posesiona en privado en la Casa Blanca. Mañana lo hará públicamente en el Capitolio.

Por: Juan Miguel Álvarez / Washington /
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Barack Obama inicia su segundo período presidencial con 51 años de edad, mientras el país atraviesa una de las más graves crisis económicas en décadas. / AFP

El día que Barack Obama ganó la reelección presidencial, a comienzos de noviembre de 2012, corrió un aire de optimismo en la mayoría del territorio de los Estados Unidos y en no pocos países de todo el mundo.

El triunfo supuso la confirmación de un ideario político incluyente y participativo, a pesar de la agresiva táctica conservadora de restablecer una nación sectaria. Que la sociedad ‘gringa’, en mayoría, le hubiera dado por segunda vez el voto al primer presidente afroamericano del país, quiso decir que la tal nación blanca y mormona ya no lo es tanto.

Obama ganó seduciendo el voto inmigrante —latinoamericano especialmente—, el voto femenino, el afroamericano y el de los jóvenes que han desdicho de la acción política. Este reconocimiento obliga al presidente reelecto a cumplir las promesas que les hizo a las minorías: la recuperación de la economía, más empleo y reforma migratoria. Ya en su primer mandato Obama debió enfrentar la pérdida de más de cuatro millones de empleos apenas al año de gobierno. Pero en los últimos meses de 2012 las cifras ya estaban con él: el plan de estimulo probó haber generado cerca de 5.5 millones de ocupados durante toda la presidencia y haber mantenido la tasa de desempleo en 8%.

¿Muy alta o muy baja? Para países acostumbrados a tasas de desempleo de dos dígitos, una por debajo del 10 por ciento es solo éxito. Pero para los Estados Unidos, que han llegado a tener tasas del 2 por ciento, una tasa del 8 se traduce en unos 23 millones de personas sin poder ganarse el sustento o dependientes de subempleos, como la mayoría de los 12 millones de indocumentados.

Y allí aparece la otra promesa que Obama debe cumplir: la reforma migratoria. Desde mediados de 2012, el presidente sancionó el Dream Act, una propuesta legislativa que les permitió a los indocumentados que hubieran entrado al país siendo menores de edad acceder a un estatus intermedio que les proveyó de un permiso especial para trabajar y estudiar, entre otros beneficios. Más tarde, en uno de los debates de campaña, realizado en el estado de Florida, Obama propuso no deportar a los jóvenes estudiantes o trabajadores y a las familias que demuestren tener raíces de largo tiempo en el país. Esto mientras logra sacar adelante la reforma migratoria.

En las calles de Washington parece haber consenso en que en este gobierno Obama logrará cumplir esta promesa. Héctor Schamis, politólogo y profesor en la Universidad de Georgetown y del Centro de Estudios Latinoamericanos, le dijo a El Espectador que la reforma migratoria era muy probable: “El debate acerca de la comunidad latina ha cambiado drásticamente respecto a como era hace seis o siete años, cuando era hostil y xenófobo. El propio Partido Republicano y en la misma noche de la derrota de las elecciones elogió el carácter sacrificado y los valores familiares de los latinos, para luego reconocer que esta comunidad le había dado la espalda y eso obligaba a una autocrítica del partido”.

Por su parte, Muni Jensen, analista política del canal NTN24, le dijo a este diario que “de las tareas de Obama en este segundo gobierno, la reforma migratoria puede ser la de mayor consecuencia histórica. Y es un tema doméstico para el presidente, de empleo, seguridad social, oportunidades económicas y bilingüismo. La inmigración es un asunto prioritario. Sin duda”.

Todas las buenas intenciones con los inmigrantes, en cualquier caso, pueden ser aplazadas indefinidamente si el gobierno y el Congreso no logran acordar las formas de gastar el dinero y la capacidad de endeudamiento del país. En los últimos días de 2012 Obama debió suspender sus vacaciones para desplazarse hasta Washington a gestionar la firma en el Congreso de una ley que les subió los impuestos a los millonarios y amplió por dos meses el plazo para comenzar los recortes al sector público.

Con todo y el alza selectiva de los impuestos, el tema que todavía está por discutirse en el Congreso es el cupo de endeudamiento de Estados Unidos. Y es allí donde Obama deberá mostrar su capacidad de negociación política: los republicanos, que controlan la Cámara de Representantes, no se ven muy dispuestos a apoyar al gobierno en elevar el cupo de endeudamiento si Obama no se compromete a ostensibles recortes del gasto público. Y Obama, defensor del estado de bienestar, no está muy dispuesto a bajar el presupuesto en temas de seguridad social, educación, salud y espacio público. El riesgo de no llegar a un acuerdo lo aclaró el propio Obama en rueda de prensa: “Si el Congreso se niega a darle al gobierno la capacidad de pagar sus deudas a tiempo, las consecuencias para toda la economía mundial serán catastróficas”.

Quizás el último de los más apremiantes temas locales que deberá sacar adelante este gobierno en su segundo período sea el de una ley que imponga controles estrictos a la tenencia de armas de fuego. “Esta última tarea no fue una promesa de campaña”, explica Muni Jensen, “sino la consecuencia de la matanza de niños y profesores en la escuela Sandy Hook, en el estado de Connecticut”.

El 16 de enero de 2013 Obama anunció que enviaría al Congreso un proyecto de ley para hacer más estricto el porte de armas y prohibir a los civiles la compra de armamento militar. Esta iniciativa será otro punto de enfrentamiento con un numeroso sector del Partido Republicano por su afinidad ideológica con la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por su sigla en inglés), agremiación que ha defendido la tenencia hasta de fusiles en manos de civiles. Para muchos, esta puede ser una de las más largas y desgastantes batallas políticas que presidente alguno puede emprender: de un lado, la producción de armas es una industria multimillonaria; del otro, el uso de armas es una práctica arraigada en lo más hondo de la cultura estadounidense y está protegido por la Constitución.

Finalmente, están los retos en política internacional. Históricamente, los segundos períodos de un presidente estadounidense han servido para tener una participación más protagónica en los problemas del mundo. En un primer plano, el conflicto Israel-Palestina: “Una buena parte del conflicto en el Medio Oriente se resolvería con la creación de un estado palestino”, dice el profesor Schamis. “Si Obama avanza con firmeza en esa dirección, fortalecerá la imagen de Estados Unidos en esa región. Pero es complicado por la histórica relación entre este país e Israel que ignora, entre otras cosas, la política israelí de expansión de asentamientos en los territorios ocupados, la influencia de los grupos de interés alineados con Israel (PAC) en Estados Unidos y el rol del voto de la comunidad judía en Florida —dado el carácter cambiante de ese estado y su rol central en el colegio electoral—. Sin tener que volver a someterse a elecciones, Obama tal vez se anime a salirse del libreto clásico sobre este tema”.

En un escalón más bajo parecen situarse las preocupaciones estadounidenses por el programa nuclear de Irán y la crisis económica en Europa, los epílogos de las guerras contra el terror y el aparente rezago económico ante el crecimiento de los países BRIC —Brasil, Rusia, India y China—. Mucho más abajo se ubica la preocupación por América Latina: “Mucho se ha hablado de la falta de interés del gobierno de Obama frente a la región”, explica Muni Jensen. “La razón es de prioridades: inestabilidad en Oriente Medio, guerras en Irak y Afganistán, amenaza terrorista de Al Qaeda y crisis económica europea, hacen que América Latina pase al fogón de atrás. Sin embargo, temas más globales, tales como la política antidrogas, el crimen organizado, el comercio regional y los temas de derechos humanos, se continúan tratando, aunque no aparezcan en los titulares”.

El cómo Obama lleve adelante estos temas dependerá, fundamentalmente, de dos instancias: su capacidad de liderazgo y las circunstancias políticas. De esto último, es previsible el toma y dame con el Partido Republicano. De lo primero, su capacidad de liderazgo, no es fácil hacer pronósticos. Un joven neoyorquino de origen puertorriqueño, Henry Castro, le dijo a El Espectador: “Lo único que muchos esperamos de Obama ahora es que sea más agresivo en sus políticas, que deje de ser timorato”.

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