¿Entró Venezuela en "período especial"?

El factor Cuba, el petrodólar, la escasez y la “boliburguesía” forman parte del país que dejó Hugo Chávez y ahora lidera Nicolás Maduro.

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, en un homenaje al fallecido presidente Hugo Chávez (1999-2013) el pasado miércoles en el Cuartel de la Montaña, donde reposan los restos de Chávez. / EFE

“Período especial” se llamó la época de penuria que significó para Cuba el colapso de la Unión Soviética y su consiguiente destete. La isla, que había vivido de las dádivas del coloso socialista, vio disminuidos sus ingresos y su PIB se desplomó de US$31,1 mil millones en 1990 a US$ 19,8 mil millones en 1993. La hecatombe se desató cuando Rusia comunicó a Cuba que no estaba dispuesta a seguir manteniéndola y que desconocía los acuerdos suscritos por la ex Unión Soviética. El mismo Fidel comparó el suceso con el hecho de que el Sol hubiese dejado de salir, evidenciando el exuberante fracaso de su reforma agraria, de su modelo estatista que no podía sostenerse sin el subsidio externo y de su revolución. El capitalismo occidental, por la vía del turismo y la inversión española, vino a sacarle las patas del barro, haciendo que el país comenzara —muy tímidamente— a dar pinitos hacia una apertura que hoy sólo espera por el deceso del gran diplodocus.

Ahora Venezuela parece inscribirse en una situación similar, cuando Barclays, la principal plataforma de comercio de su deuda, informó a los mercados financieros que nuestro país va “en cámara lenta a una crisis de balanza de pagos” y el gobierno responde con evasivas ante la imposibilidad de honrar su cuantiosa deuda privada en dólares a sectores que, como consecuencia de la misma, se hallan en franca crisis y a punto de parálisis: el de alimentos y el farmacéutico en primer lugar, los fabricantes de autopartes, equipos médicos, la industria química y las líneas aéreas, entre otros. Estas últimas ya comienzan a cesar operaciones, a reducir vuelos y equipos, a no vender pasajes y a sacarnos de sus itinerarios. El total: US$13.000 millones, el 61,6% de las reservas del Banco Central.

¿Quebraron el país?

Los aprietos económicos del pasado se debieron siempre a la caída de los precios del petróleo. En la era de Chávez, las motivaciones han sido políticas. Se ha usado el petrodólar como premio o como retaliación. Pero ahora, por primera vez en el ciclo rojo-rojito, las razones de la crisis son económico-financieras y estructurales. Todo indica que no hay liquidez para hacer frente a los compromisos. El gobierno de Maduro no tiene caja y a todo el mundo ofrece el mecanismo del trueque por petróleo o gasolina de Citgo, la filial de Pdvsa en EE.UU., para saldar situaciones angustiosas. De haber divisas, como dice un conocido economista, el gobierno se comporta como si no supiera dónde están. El gasto no está equilibrado al ingreso y el flujo de caja de Pdvsa, en cuanto el flujo de caja de la República se deteriora sin capacidad de recuperación. Las llamadas reservas líquidas llegan a límites angustiosos, mientras la otra fuente de ingresos, la actividad privada, es perseguida y satanizada por la obsesión colectivista, empecinada en imponer una fórmula que hoy es historia en los propios países socialistas. Para muestra un botón: el Instituto Nacional de Estadística da cuenta de que en una década la mortalidad de empresas superó el 35% y, para cerrar con broche de oro, el oficialismo acaba de aprobar la Ley Orgánica de Costos y Precios Justos, la cual establece sanciones hasta de 14 años de cárcel, instituye 30 ilícitos y castiga a aquellos empresarios cuya utilidad supere el 30%.

Eso sin contar el asedio a los medios. La mayoría de la red de comunicaciones, prensa, radio y televisión ha sido adquirida por la llamada “boliburguesía” hecha a la sombra del gobierno y, a los pocos independientes que se mantienen sin vender, se les niega reiteradamente el cupo de divisas, como es el caso del diario El Nacional, emblemático impreso al que recientemente el Banco Central de Venezuela negó el acceso a participar en la subasta de divisas del Sistema Complementario de Administración de Divisas, con la idea firme de llevarlo a la quiebra por falta de papel.

Mientras en la región las economías celebran el crecimiento de sus exportaciones tradicionales y no tradicionales, las autoridades venezolanas festejan cada vez que los chinos aceptan concederles otro préstamo. La deuda con el país asiático, al que en su ceguera el gobierno de Caracas considera “un hermano”, se vuelve exponencial. En estos momentos ronda los US$10.500 millones. Algunos dirigentes del PSUV reconocen sotto voce que el esquema no funciona, pero que hay piedras de tranca de orden ideológico que impiden tomar las medidas necesarias para dar un viraje y sanear la economía. Nunca como hoy habíamos dependido de las importaciones para comer. De los US$98.000 millones de renta petrolera anual, el país gasta US$58.000 millones importando y otra parte sustantiva la destina a pagar deuda externa. El año pasado el país rompió un récord al alcanzar el gasto público el 51% del Producto Interno Bruto.

Un gobierno que no hace mantenimiento, al que le explotan las refinerías, se le caen los puentes, tiene la estadística de homicidios más alta del mundo, no consigue regularizar el flujo eléctrico, y todavía culpa de su ineptitud a la oposición, las iguanas y al imperio, no es raro que en cualquier momento amanezca con una declaración de “período especial”.

Una gallina degollada

En su rendición de cuentas a la Asamblea, el presidente Maduro aseguró: “vamos a mantener a 6,30 el dólar de la República durante todo este año y bastante tiempo hacia delante”. Una semana más tarde Rafael Ramírez, vicepresidente del Área Económica, ministro de Petróleo y Minería, y presidente de Pdvsa, anunciaba la temida devaluación, a la que denominó con el eufemístico nombre de “Sistema de bandas”. Según The Economist, “el dólar alcanza los 75-80 bolívares en el mercado negro, hasta siete veces el precio oficial”.

Maduro ostenta no sólo un liderazgo muy débil. También —al decir de Stevenson— una memoria magnífica para olvidar: Venezuela padece un índice de inflación del 56,1% (el más alto del mundo) y una escasez que ya ronda el 30% y sigue su rutilante ascenso, mientras hace ya tiempo el ciudadano de a pie perdió de vista los llamados productos regulados, los cuales no se encuentran ni en los propios establecimientos oficiales: Mercal, Pdval y Bicentenario. Las inmensas filas para adquirir alimentos, cosa que jamás se vio, ya comienzan a generar disturbios callejeros.

Un artículo de Aporrea (publicación de línea dura pro gobierno) da cuenta de que no hay leche, y cuando ésta aparece, estando regulada a Bs. 30, se obtiene en Bs. 100. La pasta, a precios oficiales, no existe. El pollo, después de la marcha Radetzky, se consigue en Bs. 65, mientras su precio lista es de Bs. 18,73. La mantequilla brilla por su ausencia. La carne está sobre los Bs. 100 el kg. El único aceite que a veces aparece es el de soya. El atún está a Bs. 60. Y los productos de aseo personal y de limpieza se suman ahora a la lista de los artículos missing in action.

Por lo pronto, en un país donde la producción está virtualmente paralizada y reina la sensación de colapso y escasean el pan, la leche, el papel toilette y otros productos en lista creciente, tocará a los venezolanos bañarse como los cubanos en el malhadado período de sus años noventa. Con jabón angolano: “echándose un poquito de agua y pasándose la mano”.

En medio de un ambiente depauperado, con la criminalidad desatada y el caos siendo la medida de la vida ciudadana, el primer mandatario sonríe, y en un rapto de frenesí cita al “gigante", como suele evocar en conmovedora nostalgia al extinto presidente Chávez. Y aunque su memoria y cuenta oblitera las 25.000 muertes violentas de 2013 y los 46 secuestros diarios que han hecho de la cotidianidad un horror, el venezolano —rico o pobre— no toma una sola decisión en su vida diaria, que no considere el riesgo de no volver a casa.

¿Por qué mantener anclado —aunque sea en la ficción— el dólar a una tasa tan irreal?, se pregunta el ciudadano que ya no siente apego alguno por el “Bolívar fuerte”. Los economistas lo explican: para esconder el mito de crecimiento sostenido del PIB durante todos estos años. Si el valor de la divisa se sincerara, el PIB caería estrepitosamente, y con éste las variables de salario mínimo, gasto social y todas aquellas con las que la propaganda se llena la boca. El venezolano se pregunta dónde está el dichoso “dólar de la patria” (el dólar a 6,30), como lo llama Maduro. ¿Para qué se usa? ¿Para honrar, acaso, los deseos de los jerarcas de La Habana que son, a los ojos de muchos, los verdaderos autores de las políticas retrógradas que se aplican en Venezuela? ¿Para dilapidar otros US$20.000 millones proveyendo a empresas de maletín, como lo hizo Cadivi (el órgano administrador de este dólar preferencial) en manejos cuya pesquisa no se ha abierto ni se abrirá nunca? ¿O para cubrir los gastos del primer mandatario? Con un presupuesto 570% más alto que el del difunto, según el diario La Verdad, en zapatos, trajes y viajes, no cabe duda de que lo va a necesitar.