“La familia es un derecho universal”

Dos años después de haber adoptado dos niños colombianos, el periodista homosexual estadounidense Chandler Burr habla sobre la travesía de formar su propia familia.

Chandler Burr junto a su esposo, Noé, y sus hijos adoptivos, José y Ángel, en Nueva Jersey. Esteban Kuriel

“Como pudo haber pasado con mis hijos, son miles de niños en Colombia los que quedarían condenados a una vida sin familia, relegados y sin oportunidades. Es una aberración negarles el derecho fundamental de tener su propia familia”, me dice Chandler Burr al hablar de la importancia de lo que está en juego por estos días en Colombia: la decisión de la Corte Constitucional sobre la adopción igualitaria conjunta, en la cual ninguno de los adoptantes es el padre o la madre biológicos del niño.

Cuando Chandler Burr, un reconocido periodista del New York Times, decidió adoptar un niño corría el año 2009. Soltero y con 45 años, tener su propia familia se había convertido en su obsesión, al igual que la idea de cambiar para siempre la vida de un niño desamparado. “Fueron cientos de niños colombianos de los que supe a través de Kidsave, un programa internacional de adopción en Colombia. La mayoría de estos niños provienen de unas condiciones que uno no se imaginaría. Mis hijos, José y Ángel, vivían en una casa de barro, sin agua potable, completamente desamparados y desnutridos”.

Los padres biológicos de José y Ángel, en ese entonces de 11 y 7 años, eran campesinos oriundos de un municipio a pocos kilómetros al sur de Mogotes, Santander, al cual sólo se podía llegar en burro. Fue allí donde crecieron desprotegidos durante años hasta que pasaron al cuidado del ICBF, luego de que tuvieron que ser llevados al hospital por un caso de desnutrición extrema. “José, el mayor, pasó cerca de un mes hospitalizado, estuvo a punto de morir”, explica Chandler.

Según el último reporte del ICBF, cerca de 80.000 niños en nuestro país están a la espera de ser adoptados y de ellos menos del 1% consigue una familia cada año. “Existen cientos de parejas del mismo sexo que sueñan con tener su propia familia y ayudar a estos niños. No por la orientación sexual de sus miembros se debe juzgar a una familia, sino por el amor y el compromiso de cuidar y respetar a sus hijos, adoptados o no, por parejas heterosexuales o gais. La substancia de la familia es el amor, más nada”, dice Chandler al recordar la batalla que culminó en la adopción de sus dos hijos.

Luego de haber estado por un mes entero con los niños, a través del programa Kidsave, en el verano de 2009 en Nueva York, donde se encariñó con los pequeños, y luego de haber viajado a Colombia para conocer a la familia sustituta de Ángel y José en 2010, todo parecía tener un final feliz. “Al regresar a Nueva York luego de pasar una semana con ellos en San Gil empecé con los papeles. En marzo siguiente viajé a Colombia para oficializar todo. Fue un proceso que tardó cerca de un mes, el cual nos dio tiempo para ir a Santa Marta a que conocieran el mar”.

Sin embargo, y aunque todos los papeles estaban en regla y el juez había firmado la sentencia que oficializaba la adopción de los niños, Chandler cometería una imprudencia de la que no se arrepiente. “Le dije a Ruth Cárdenas, la trabajadora del ICBF que manejó el caso, que yo era homosexual, y le dejé muy clara mi postura y compromiso con mi nueva familia”. No había caído la noche cuando el ICBF detuvo el proceso de adopción de forma irregular obligando a la Embajada estadounidense a no expedir las visas de los niños.

“Se te acaba la vida, piensas tú. Fue terrible, pensé que los perdería para siempre. Para ese entonces ellos ya eran parte de mi vida, hablábamos todos los días por Skype. Fue muy duro regresar a Nueva York sin ellos, un momento muy oscuro de mi vida”. Fue allí cuando unió fuerzas con Dejusticia, en cabeza del exmagistrado Rodrigo Uprimny, quien llevó su caso a los tribunales despertando un debate nacional sobre el tema. “Si no hubiese sido por Rodrigo, Mauricio Noguera, por todo ese equipo, hoy no tendría mi familia”. Luego de un extenso proceso de más de un año en el que estuvo separado de sus hijos, la Corte Constitucional avaló algo que ya estaba consignado en la Constitución colombiana. “Le hicimos sostener al alto tribunal que la orientación sexual de una persona no era un elemento para calificar si era idónea o no para ser adoptante”.

Pero ¿qué pasa hoy en Colombia con todos los demás niños que no tienen una familia porque no se les permite ser adoptados por parejas homosexuales?, se pregunta Burr. “La teoría de que la personalidad del niño se distorsiona en un hogar de personas del mismo sexo está superada hace años. No queda duda que detrás de este debate no existe sino el prejuicio de que la pareja debe ser exclusivamente de hombre y mujer”. El propio ICBF, en el concepto técnico-científico que envió a la Corte Constitucional en el proceso que acaba de fallar a favor de la adopción gay cuando uno de los adoptantes es el padre biológico, dejó claro que no existen diferencias significativas en el desarrollo cognitivo de los niños y niñas criados por parejas del mismo sexo respecto a aquellos criados por heterosexuales.

Para Burr, que en su carrera como periodista ha escrito cuatro libros, uno de ellos sobre identidad sexual, el debate de la adopción universal igualitaria atiende a muchas presiones sociales que derivan fundamentalmente de creencias religiosas y no de hechos factibles, y recuerda cómo en pleno fervor de su caso el obispo colombiano Juan Vicente Córdoba se refirió al tema calificando el homosexualismo como un desorden de la identidad sexual aduciendo que sería un peligro para los niños la tentación que tendría Burr de abusar de ellos una vez fueran sus hijos.

“Ese día entendí que en Colombia el fanatismo religioso es serio y que pareciera que la división del Estado y la Iglesia no existiera. Le explico: ser gay es como ser zurdo, no hay nada malo empíricamente, mientras que el fanatismo religioso sí lo es, sólo basta ver el trato que les dan en la Iglesia a la mujer, el celibato, los anticonceptivos, que podrían salvar millones de vidas, todo por mantener un dogma que en muchas ocasiones, como en el caso de la adopción igualitaria conjunta, viola los derechos de los niños”.

Chandler vive en Nueva Jersey con su esposo, Noé, un mexicano con quien se casó de forma legal en el verano del año pasado. Desde entonces, confiesa con alegría, son una familia de cuatro como cualquier otra, con momentos felices, derrotas y tiempos duros. “Cuando llegué con mis hijos en 2013 lo más duro fue enseñarles a leer y escribir; eran analfabetas. Les costó mucho adaptarse. Es increíble que hoy vayan al colegio, jueguen béisbol y hablen inglés sin problema”. Así me lo confirma el propio José, el mayor de los dos, quien pasó al teléfono para contarme sobre sus planes de ser ingeniero espacial cuando se gradúe del colegio. “Quiero conocer cómo funciona el espacio”.

José y Ángel, de 10 y 13 años, se confiesan hinchas furibundos de la selección de Colombia, Disneyland y la pizza neoyorquina, pero sobre todo de su familia. Ángel, el menor, me asegura que lo mejor de vivir en Estados Unidos es estar con su familia. “Soy muy feliz, muy afortunado”. ¿Qué les diría Chandler Burr a todos aquellos que son escépticos de la capacidad de familias del mismo sexo de criar sus propios hijos? “Que es muy fácil conocer la verdad: sólo basta conocer a una pareja homosexual y compartir tiempo con ellos para entender que tenemos una vida como cualquier otra, con valores y principios, donde criamos a nuestros hijos con el mismo respeto y amor”.

Sin embargo, Burr enfatiza que este no es un problema de los derechos de los homosexuales. “El centro del debate son los derechos fundamentales del niño a tener su propia familia. Este es un derecho universal sin importar si los padres son gais o heterosexuales, solteros o casados. Basta mirar al mundo entero para ver en qué dirección estamos caminando en términos de adopción igualitaria. Sólo es cuestión de tiempo”, concluye Burr, quien espera este diciembre regresar con su familia a Colombia luego del viacrucis que vivió hace dos años en los estrados judiciales de nuestro país.

Entretanto, y luego de la votación en la Corte Constitucional que terminó con un empate de 4-4, se espera que en menos de un mes el exmagistrado Jaime Córdoba Triviño dé su voto decisivo sobre la adopción igualitaria universal amparando o no el derecho de los niños a tener una familia.