Islas Malvinas ¿británicos hasta la médula?

Los habitantes de las Islas Malvinas se preparan para celebrar el resultado del referendo que los ratifica como territorio de ultramar en el Reino Unido a pesar de que el gobierno Argentino no reconozca los resultados.

Los malvinenses acuden a las urnas para votar si quieren continuar bajo soberanía británica, en respuesta a la continua reclamación territorial de Argentina. / EFE
Los malvinenses acuden a las urnas para votar si quieren continuar bajo soberanía británica, en respuesta a la continua reclamación territorial de Argentina. / EFE

El verano de las Islas Falkland es un oxímoron: temperaturas entre cero y cinco grados centígrados, por no hablar del viento que viene cada tanto con un mensaje directo a los huesos. Para los isleños no es un asunto mayor, abrigados por la costumbre de haber vivido por años acá. El frío es un asunto cotidiano, pero no todos los días ellos deciden qué van a hacer con su futuro, no todos los días tienen la oportunidad de decirle a todos los que estén cerca que desean seguir siendo un ‘territorio de ultramar del Reino Unido’. Las Malvinas (en español), dice la Constitución argentina, son argentinas, pero sus habitantes se sienten británicos. Quizá no existe mejor época que el verano para citar a unas votaciones en las que la gente diga “sí” o “no” a continuar con su situación política actual, por eso este referendo comenzó a votarse el domingo y sus resultados se conocerán el lunes en la noche.

Las urnas estarán abiertas hasta las 4:00 p.m. del lunes, pero los votantes parecían tener prisa el domingo, cuando apenas se abrió la urna principal de Puerto Stanley, la única ciudad de Falkland. Asistieron en gran número dentro de lo que 2.600 habitantes en total permiten, la mayoría acudió en el primer día al Town Hall (Ayuntamiento) para depositar su voto en la única urna fija del territorio: había tanta gente que tal vez esa haya sido la primera fila del año para un pueblo acostumbrado a que todo fluya inmediatamente: no hay colas en el los dos mercados que tienen, ni trancones en las calles, ni escasez de taxis. Que alrededor de 30 personas esperaran para entrar a votar al Town Hall no podría ser visto de otra manera que como una concentración multitudinaria.

Si la votación hubiera sido en otra época, aún más fría, muy seguramente Stephen Clifton habría preferido dejar a su hijo de cuatro meses –el pequeño Perry- en casa y venir solo a marcar el “sí” en la tarjeta. “Tranquilo, sientes que está helando, pero si estuvieras adentro del coche te darías cuanta de que está caliente”, dice el padre para responder a uno de los visitantes alarmados. Paulind Hayward vive Stanley, pero unos puestos más atrás de Stephen se abriga con la chaqueta de su esposo Neville, quien asistió vestido de bandera: blazer de Gran Bretaña, pantalón y chaleco de Gran Bretaña, zapatos con la bandera de Gran Bretaña. Paulind también tenía la bandera puesta en forma de vestido, pero el diseñador no pensó en que dejar los hombros descubiertos fuera inapropiado para el verano. Así que con la chaqueta de su esposo encima, la mujer era doblemente británica.

Stephen, Neuville y Paulind votaron por el “sí” y no hay duda de que el “sí” ganará por una diferencia mayor al 90%. Los isleños ya tienen una fiesta de celebración preparada al lado de la iglesia, en la que celebrarán que siguen siendo británicos y territorio de ultramar del Reino Unido. Sin embargo, las buenas maneras inglesas dictan que no pueden festejar hasta tanto la victoria no sea oficial. Las urnas están abiertas en la tarde del lunes porque puede que tan sólo sean carca de 1.650 habitantes en las islas aptos para votar, pero la minoría que no vive en Stanley tienen el mismo derecho a votar que el señorGraham France, el primero en asistir al Town Hall de todo el pueblo: 79 años de vida y un “sí” rotundo en el tarjetón.

Muy temprano, Michael Harris salió del Ayuntamiento manejando su jeep para recorrer los alrededores de Stanley, portando una de las cinco urnas móviles que cubren el resto del territorio, a donde sólo llega el eco de la civilización. Las zonas rurales de las de la isla Este las cubren cuatro camionetas como las de Harris -quien como todos aquí y en el Reino Unido, maneja desde el costado derecho- con un itinerario del que los campesinos ya están informados. Para los pocos que esperan votar en la isla Oeste, una avioneta partió desde el domingo para llevarles una urna, que regresará apenas se cierre la jornada para iniciar el conteo de votos.

En general, más allá de las particularidades en la fila –una mujer vino acompañada de su perro y los vistió con la bandera británica- el discurso de los isleños es el mismo: todos quieren decirle “al mundo, no sólo Argentina” que su voluntad es continuar su vida como hasta ahora: tener un gobierno autónomo conformado por tres de los ocho miembros de la Asamblea Legislativa, que es elegida popularmente. Sólo dependen de Gran Bretaña para su defensa militar y sus relaciones exteriores y gozan de salud y educación gratis. “¿Le puedes pedir algo más a este lugar?”, pregunta el señor France.
También en general, la gente guarda recelo para Argentina, aún 30 años después de la guerra. Stephen Clifton endurece su tono para decir que el gobierno de Buenos Aires es una dictadura, que habla de su soberanía en Falkland, en las Malvinas, para distraer de sus problemas internos. El gobierno de Buenos Aires ha dicho que la consulta es ilegítima, irrelevante, que los isleños deben ser respetados como comunidad, que se debe trabajar por sus “intereses” y no por sus “deseos”. Los habitantes de las isla saben que tiene el apoyo del Reino Unido y tal vez el detalle los haga sentir valientes. En varias de las camisas de los votantes se leía un mensaje decidido: “¿suramericanos? No”. “British to the core”. (Británicos hasta la médula).