Los prerreformadores, precursores de la libertad de cultos

Muchos pagaron con su sangre el coraje de criticar los errores de la Iglesia. Erasmo de Rotterdam lo hizo y su obra cumbre pasó a la historia.

 Desde los primeros años de la era cristiana existieron voces discordantes de la visión oficial. Esa fue unas de las razones por las que la Iglesia creó los concilios ecuménicos. Aunque la idea era proclamar un dogma o aportar una organización, también surgieron para condenar lo que se consideraron herejías. Por eso, hacia el siglo IV proliferaron las luchas entre Roma y Constantinopla con los correspondientes cismas o  iglesias. La disputa entre Roma y Aviñón en el siglo XIV también creó discrepancias excomulgaciones y crisis.

En esa brega por disentir o plantear opciones que no estaban alineadas con las voces oficiales existe un largo derrotero de caminos de fe. Como la Iglesia ortodoxa copta, surgida en Egipto en el siglo I, pero activa con sus propios patriarcas desde el siglo IV. O la Iglesia ortodoxa de Constantinopla, que emprendió su propio destino desde el año 1054, con sus patriarcados de Alejandría, Jerusalén y Antioquía. En cada cosmovisión alterna hubo también seres piadosos o desvelados hombres de la Iglesia que formularon reparos para reformarla, no para dividirla, pero que muchas veces terminaron pagando con su vida su enorme valor.

Hoy se le conoce como los prerreformadores. Como Pedro Valdo, un comerciante de Lyon (Francia) que hacia 1173 declinó sus riquezas y se dedicó al evangelio. Su inspiración fue el Evangelio de San Mateo y tanto él como sus seguidores fueron excomulgados y quemados vivos en Estrasburgo en 1211. También cabe mencionar a Juan Wycliff, un clérigo inglés que contradijo a la Iglesia al traducir a su idioma, pero desafió al papa repudiando las indulgencias. Hasta después de muerto fue perseguido y en 1414, en el Concilio de Constanza, fue declarado hereje y desenterrado y quemado sus escritos, como sucedió con Juan Huss o Jerónimo de Praga.

Huss fue un teólogo checo que defendió las obras de Wycliff hasta que fue excomulgado y murió en la hoguera. Su compañero de batalla, Jerónimo de Praga, también fue condenado en el Concilio de Constanza y sufrió la misma suerte. La lista es larga y también Jerónimo de Savonarola, un predicador dominico de origen italiano que nunca se cansó de denunciar la vida escandalosa del papa Alejandro VI, hasta que fue excomulgado y luego ahorcado en 1498. Todos ellos antecedieron a uno de los pensadores más importantes de la historia, que no murió sacrificado y pudo dejar memoria de sus denuncias.

Fue el humanista y teólogo holandés Erasmo de Rotterdam, hijo de un sacerdote y una empleada de servicio que a los 18 años se hizo religioso y llegó a convertirse en el más reputado teólogo de su época. Sin embargo, su principal labor fue la escritura y en 1509 dejó para la posteridad una de las obras más importantes de la historia: El elogio de la locura, una obra que hábilmente denunció la corrupción en la Iglesia. Nunca se conoció con Martín Lutero, pero este siempre dejó constancia de que leerlo fue una de las experiencias que lo llevaron a emprender su reforma.