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El Mundo 18 Dic 2012 - 10:00 pm

Julián Rodríguez, un colombiano en la Agencia Espacial Europea

Nuestros ojos en Mercurio

En el 2015, el satélite “Bepi” Colombo despegará hacia nuestro planeta. Un joven ingeniero y astrofísico colombiano es una ficha clave en el proyecto, que tendrá una etapa clave en febrero de 2013.

Por: Ricardo Abdahllah / París
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Julián Rodríguez trabaja en el proyecto con la Agencia Espacial Europea. / Ricardo Abdahllah

“Si todavía no podemos llevar el satélite al espacio, tenemos que traer el espacio aquí”. Julián Rodríguez Ferreira usa esta versión de la parábola de Mahoma y la montaña para explicar su labor en el Laboratorio de Astrofísica de la Agencia Espacial Europea en Orsay, 40 kilómetros al sur de París. Viste uno de esos trajes gorra-bata-protectores de zapatos, que uno llamaría “de cirujano”, pero para él son “de científico”. “Aquí también la precisión es quirúrgica”, dice junto a la “cámara Júpiter, 60.000 litros”, que se pueden poner al vacío a temperaturas apenas a unos grados por encima del cero absoluto.

En febrero del próximo año, el sistema de captura de imágenes Symbio-Sys, uno de los instrumentos fundamentales del satélite “Bepi” Colombo entrará en la cámara. Ésta permanecerá herméticamente cerrada durante un mes. Apoyado sobre un soporte que simulará sus movimientos, en el espacio, el Symbio-Sys tendrá dos comunicaciones con el mundo exterior. Por un túnel entrarán las luces del banco óptico que Rodríguez Ferreira ha desarrollado, para que se parezca lo más posible a las fuentes luminosas que el sistema “verá” cuando esté orbitando cerca de 1.000 kilómetros de altura sobre Mercurio. Que las señales de salida representen con toda fidelidad esas fuentes es la otra mitad de su misión.

El proyecto “Bepi” Colombo, llamado así en honor del científico italiano que propuso la primera misión a Mercurio, comenzó a desarrollarse en el 2004. En ese entonces, Julián Rodríguez acababa de graduarse como Ingeniero Electrónico de la Universidad Industrial de Santander. “Estudié Ingeniería Electrónica, porque en Bucaramanga no existía la carrera de Astronomía y me pareció que era lo más cercano”.

Y explica en la cafetería de la agencia: “El Symbio-Sys son tres cámaras fotográficas. Dos ópticas de muy alta resolución y una cámara de espectro. La de espectro toma fotos, pero no de imágenes visibles, sino del infrarrojo. Para eso, descomponemos la luz, como el primas de la portada del Dark Side of the Moon. Como cada elemento tiene su propia huella digital infrarroja, yo puedo fotografiar esta torta y saber de qué está hecha”.

Contrario a lo que podría pensarse, los sistemas que viajan al espacio no son de última tecnología. Hoy en día existen sistemas ópticos y electrónicos más precisos que los que se han usado en el Symbio-Sys, pero estos no funcionarían en el espacio.

“Cada pieza debe tener calidad espacial. Todo. Hasta el más pequeño tornillo”, dice Rodríguez Ferreira. Eso obliga a los científicos a, por ejemplo, evitar las piezas de plástico, que se evaporan, y las móviles, pues no sería fácil enviar un técnico a repararlas. Los sensores no pueden percibir el calor que emite la propia nave, y resistir a la radiación solar, que los inutilizará de todas maneras al cabo de unos años. Con los componentes actuales, la cámara del “Bepi” Colombo puede fotografiar y analizar áreas de cinco metros cuadrados.

“Supongamos que existieran los mercurianos. Y que tuvieran carros. Para que no se pierdan los millones de euros que cuesta poner el satélite en su lugar, la responsabilidad de mi equipo debe calibrar las cámaras al punto que un pixel, un punto de la imagen, debería decirme de qué está hecho ese carro”.

Julián tiene un auto (de segunda, que ha utilizado para ir a ver a Pearl Jam y a los Big Four en conciertos) y vive con dos compañeros de su laboratorio en un apartamento, en un suburbio a medio camino entre París y Orsay. En su escritorio, hay pastelitos que trajo de una visita al sur de Francia, junto con un modelo escala del cohete Arianne. Hay una cafetera en la que prepara té, una bandera de Colombia y una bola de plasma, de esas que se ven en las películas donde hay un científico loco. Se la regalaron cuando cumplió 30 años. Hace dos.

En la época de su cumpleaños 30, vivía en un séptimo piso sin ascensor en una pieza de ocho metros cuadrados en la que era posible cocinar e ir al baño al mismo tiempo. El viaje en metro y luego en tren hasta el laboratorio le tomaba más de dos horas. Era su primer año como doctorante en el laboratorio de la Agencia, luego de obtener su maestría en el Observatorio de París, como el único alumno francoparlante de su promoción.

“Lo del idioma es duro. Uno cree que sabe, yo había hecho cuatro niveles en la Alianza con el profesor José Darío Roncancio. Luego, mientras buscaba trabajo en Bogotá, intenté seguir estudiando, pero allá es imposible”.

Rodríguez Ferreira fue admitido en la maestría de astrofísica del Observatorio de París apenas terminaba sus estudios, sobre todo, a pesar de su carrera de ingeniero para un programa en el que un título de físico es la norma y en el que casi todos los admitidos son egresados de las grandes escuelas, los centros de formación de élite en Francia.

“Que me aceptaran es una prueba de la calidad de la educación en Colombia”, dice, pero en vista de que la carga académica que tendría no dejaría tiempo para trabajar, no le permitían escribirse mientras no tuviera una beca. Se inscribió en todas. Fue segundo puesto en varias. “Pero no hay becas para los segundos puestos”. Rodríguez Ferreira terminó realizando una formación de un año en las Islas Canarias y escribiendo una vez por semana un correo al observatorio para que le guardaran el cupo mientras tanto. La beca no llegó. “Aquí se le hacía rarísimo que el Gobierno no financiara los estudios de alguien ya admitido para esa maestría”. Él terminó pidiendo un crédito que empezará a pagar en el 2015.

Cuando Julián empiece a pagar su crédito, un cohete Arianne como el que tiene en su escritorio, despegará de la Guayana Francesa llevando su satélite. El “Bepi” Colombo entrará en la órbita de la luna, que lo llevará con ella hasta que, en la posición precisa, se encenderán de nuevo sus motores para acercarse a Venus. “Pegado” al campo gravitatorio de Venus, el satélite se dejará llevar hasta que deba corregir su trayectoria para acercarse a Mercurio.

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